Reseña de la obra de Michel Foucault: «Nacimiento de la biopolítica»
mayo 23, 2026
Aunque el título dice
"biopolítica", el curso que Foucault dio en el Collège de France
entre enero y abril de 1979 es en realidad una investigación sobre el
liberalismo y, más específicamente, sobre sus cambios más radicales en el siglo
XX. Ya en la primera clase Foucault anuncia un tema engañosamente modesto: la
biopolítica, es decir, cómo desde el siglo XVIII se ha intentado organizar
racionalmente los problemas que plantea a los gobernantes un grupo de seres
vivos llamados población: salud, higiene, natalidad, longevidad, razas. Pero a
lo largo de las clases el foco se mueve casi por completo hacia lo que Foucault
llama el "marco general" de la biopolítica: el liberalismo entendido
como una forma particular de cuestionar el arte de gobernar.
Foucault parte de una decisión de
método que ya había funcionado bien en sus trabajos anteriores: renunciar a los
universales dados. No se trata de interrogar a la historia usando conceptos
como Estado, sociedad civil, soberano o súbditos, más bien se debe suponer que
esos universales no existen y ver, a partir de ahí, qué historia se puede
contar sobre las prácticas concretas. El Estado, por tanto, no es un
"monstruo frío" que crece por sí solo, más bien es el resultado de
una manera determinada de gobernar. Esta opción nominalista permite a Foucault
mover el centro del análisis desde la institución estatal hacia la
"gubernamentalidad", es decir, el conjunto de procedimientos,
análisis y reflexiones mediante los cuales se dirige la conducta de las
personas.
Frente a la razón de Estado que
dominó la forma de gobernar en Europa entre los siglos XVI y XVII, una razón
que daba objetivos ilimitados a la política interior y limitados a la exterior,
el liberalismo del siglo XVIII introduce una ruptura fundamental: la
posibilidad y la necesidad de que el gobierno se limite a sí mismo. Mientras
que la razón de Estado partía de la idea de que se gobernaba demasiado poco y
había que intensificar la intervención (el famoso Estado de policía), el
liberalismo invierte la perspectiva y plantea que "siempre se gobierna
demasiado". Esta sospecha metódica ante el exceso de gobierno es, para
Foucault, el núcleo mismo de la racionalidad liberal.
El instrumento que hace posible
esta autolimitación no es el derecho, como ocurría en siglos anteriores, cuando
los juristas oponían derechos fundamentales a la razón de Estado; se trata, más
bien, de la economía política. Esto no sucede porque los economistas hayan
logrado imponer sus recetas a los gobernantes, por el contrario porque el
mercado mismo se convierte en un lugar de "veridicción": un espacio
que produce verdad sobre la práctica gubernamental. En el siglo XVIII, el
mercado deja de ser un simple lugar de jurisdicción (reglamentado, sometido a
la idea de "precio justo") para transformarse en una instancia que
dice la verdad. Los precios, cuando se ajustan a los mecanismos naturales de la
competencia, constituyen un patrón que permite distinguir las políticas
correctas de las erróneas. Este cambio es decisivo: el gobierno ya no se mide
por su conformidad con la justicia, más bien se evalúa por su capacidad de
actuar según la verdad que el mercado revela.
Ahora bien, esa verdad no es un
dato que se impone desde fuera al gobierno. Foucault insiste en que la libertad
que invoca el liberalismo no es un universal que existía antes ni una zona
intangible que haya que respetar pasivamente. Por el contrario, la libertad es
algo que la práctica liberal no deja de producir, organizar y administrar. El
liberalismo no dice "sé libre", más bien funciona como un dispositivo
que crea las condiciones para que se pueda ser libre. Y esa producción de
libertad es también, inevitablemente, una producción de peligros, riesgos y
efectos negativos que hay que conducir mediante mecanismos de seguridad. No hay
liberalismo sin una cultura del peligro y sin una expansión de los
procedimientos de control.
Estos planteamientos, que podrían
quedarse como una simple historia de las ideas económicas, adquieren su
verdadera densidad cuando Foucault da un salto de dos siglos y se enfrenta al
neoliberalismo de la posguerra. El curso analiza con detalle dos variantes: el
ordoliberalismo alemán y el anarcoliberalismo norteamericano de la Escuela de
Chicago. La elección de estos dos no es inocente. En 1948, Alemania tenía que
resolver un problema exactamente opuesto al que se planteó el liberalismo del
siglo XVIII. No se trataba de limitar un Estado ya existente, más bien se
trataba de fundar uno cuya legitimidad estaba en duda después del
nacionalsocialismo. La fórmula que encontraron los ordoliberales, Eucken,
Röpke, Böhm, Müller-Armack, fue audaz: hacer de la libertad económica el
principio que legitima al Estado. En lugar de un Estado que vigila el mercado,
propusieron un mercado que vigila al Estado. Pero esa inversión no significaba
laissez-faire. Muy al contrario, los ordoliberales sostenían que la competencia
no es un dato natural, más bien es una configuración formal frágil que solo
puede existir si se produce artificialmente mediante una política activa del
"marco" institucional y jurídico. De ahí la noción de "economía
social de mercado": una economía de mercado que, para poder funcionar,
exige una Gesellschaftspolitik, una política de sociedad que intervenga sobre
la población, la técnica, el régimen de propiedad, la distribución territorial,
el medio ambiente e incluso el clima.
El neoliberalismo norteamericano
lleva este razonamiento aún más lejos. Ya no se trata de enmarcar el mercado,
más bien se trata de extender la racionalidad económica a ámbitos que
tradicionalmente se consideraban ajenos a ella. Foucault se fija en la teoría
del "capital humano" desarrollada por Schultz y Becker, que redefine
el trabajo no como una simple fuerza que se vende en el mercado, más bien lo
redefine como una inversión que cada persona hace en sí misma. El trabajador
deja de ser un socio del intercambio para convertirse en un empresario de sí
mismo, una máquina de habilidades que genera ingresos. Este cambio
epistemológico es enorme: el objeto del análisis económico ya no son los
procesos de producción y circulación, más bien es la racionalidad interna de
los comportamientos humanos, ya sea en la formación, la salud, la migración o
incluso en la formación de la pareja. El matrimonio se convierte en un contrato
a largo plazo que permite ahorrar costos de transacción; la relación entre
padres e hijos se analiza como una inversión en capital humano; el delincuente
deja de ser un sujeto patológico para ser un agente racional que responde a las
variaciones de las ganancias y las pérdidas esperadas.
El ejemplo de la política penal
es particularmente revelador. La criminología tradicional había construido toda
una antropología del criminal para justificar la individualización de la pena.
Foucault muestra cómo los economistas de Chicago, Becker, Stigler, Ehrlich,
disuelven esa antropología y sustituyen la pregunta clásica ("¿quién
eres?") por una estimación de costes y beneficios. El crimen es una
actividad como cualquier otra, que se ejerce cuando la ganancia esperada supera
el riesgo de castigo. La política penal no debe perseguir la desaparición total
del delito, un objetivo infinitamente costoso, más bien debe encontrar el nivel
óptimo de "enforcement" que reduzca la oferta de crimen a un umbral
socialmente tolerable. Este enfoque, que Foucault expone con una fascinación
que no oculta su inquietud, convierte al derecho penal en una tecnología de
manejo de riesgos y transforma al juez en un responsable de efectos negativos.
El último tramo del curso es,
quizás, el más brillante. Foucault vuelve al siglo XVIII para mostrar que la
figura del homo economicus es radicalmente distinta del sujeto de derecho que
había dominado la filosofía política anterior. Mientras que el sujeto jurídico
se construye mediante una dinámica de renuncia y transferencia de derechos, el
sujeto económico obedece a una dinámica de multiplicación espontánea. El
interés no es una voluntad que se limita a sí misma, más bien es un principio
de expansión que, sin que nadie lo planifique, produce efectos beneficiosos
para el conjunto. La famosa "mano invisible" de Adam Smith no es,
para Foucault, un residuo teológico que apela a una providencia oculta, más
bien es el reconocimiento de que la totalidad del proceso económico es
esencialmente imposible de abarcar para cualquier observador, incluido el
soberano. El gobierno no puede tener una mirada total sobre la economía; debe
resignarse a gobernar a ciegas y confiar en los mecanismos espontáneos del mercado.
Esta limitación de base del poder político es, a los ojos de Foucault, el
verdadero legado del liberalismo: no la afirmación de derechos naturales, más
bien es la constatación de que el soberano no sabe y no puede saber.
Frente a esta imposibilidad de
una soberanía económica, la noción de "sociedad civil" aparece como
el concepto que permite articular la diferencia entre lo económico y lo
jurídico. Foucault toma como ejemplo el análisis de Ferguson en su Ensayo sobre
la historia de la sociedad civil. La sociedad civil no es un dato previo al
derecho que se opone al Estado, más bien es el correlato de la tecnología
liberal de gobierno. Es el principio en cuyo nombre el gobierno se autolimita,
pero también el blanco de sus intervenciones constantes. El gobierno liberal,
escribe Foucault, debe administrar la sociedad civil, y esa administración no
es la negación de la libertad, más bien es su condición de posibilidad. De ahí
la paradoja central que recorre todo el curso: el liberalismo produce la
libertad que dice respetar, y la produce mediante mecanismos que no son menos
coercitivos por ser más sutiles.
A medio camino entre la historia
de conceptos y el diagnóstico del presente, Nacimiento de la biopolítica se lee
hoy como una caja de herramientas más que como un sistema cerrado. Foucault no
ofrece una teoría del Estado ni una filosofía política terminada, más bien
ofrece una grilla de inteligibilidad para pensar las transformaciones de la
gubernamentalidad contemporánea. Su análisis del ordoliberalismo y del
neoliberalismo norteamericano anticipó debates que estallarían con toda su
fuerza en las décadas siguientes: la financiarización de la economía, la
extensión de la dinámica de mercado a esferas no económicas, la
gubernamentalización de la empresa y la subjetivación del trabajador como
capital humano. No se trata, sin embargo, de una profecía, ni tampoco de una
denuncia. Foucault se mantiene en el lugar que le es propio: el del
genealogista que muestra que lo que nos parece natural es, en realidad, el
resultado contingente de luchas, decisiones y racionalidades históricas.
El curso termina con una pregunta
abierta que todavía resuena hoy. Si el liberalismo es el arte de gobernar que
se autolimita en nombre de la verdad económica, y si el neoliberalismo es la
radicalización de ese programa hasta convertir al mercado en el principio de
inteligibilidad de toda conducta humana, ¿qué espacio queda para la política
entendida como una forma específica de acción colectiva? El propio Foucault no
responde, pero nos deja un aviso implícito: la cuestión no es elegir entre el
mercado o el Estado, más bien es cuestionar continuamente las racionalidades
que nos gobiernan y el precio que pagamos por ello. En ese sentido, Nacimiento
de la biopolítica es, ante todo, una invitación a no dejarse gobernar así, por
ese precio y en nombre de esas verdades.
Fuente:
- Foucault, Michel, The Birth of Biopolitics (1979).
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