La Vida en el Haití Colonial: Un Infierno de Explotación y Barbarie
julio 20, 2026
A finales del siglo XVIII, la
colonia francesa de Santo Domingo era considerada la joya más preciada del
imperio colonial francés. Representaba las dos terceras partes del comercio
exterior de Francia y era la colonia más rica del mundo. Su prosperidad, sin
embargo, no era el fruto del ingenio o el trabajo libre, sino que se asentaba
sobre una base monstruosa: el sufrimiento y la explotación de medio millón de
seres humanos esclavizados. La vida en el Haití colonial no fue simplemente
dura o injusta; fue un infierno meticulosamente diseñado, un sistema de terror
calculado que combinaba la explotación económica más voraz con una brutalidad
que desafiaba cualquier noción de humanidad.
El tráfico de esclavos que
alimentó la economía de Santo Domingo fue una operación de saqueo y muerte a
escala industrial. Los traficantes europeos saquearon sistemáticamente las
costas del golfo de Guinea, devastando una zona tras otra, desde el Níger hasta
las riberas del Congo, desde Loango y Angola hasta el cabo de Buena Esperanza.
Hacia 1789, habían llegado incluso a Mozambique, en la costa oriental de
África. El golfo de Guinea siguió siendo su principal coto de caza. Desde la
costa, organizaban expediciones tierra adentro, enzarzando a ingenuos
individuos tribales en luchas intestinas con armamento moderno a lo largo de
miles de kilómetros cuadrados. La propaganda de la época sostenía que, por
cruel que fuese el tráfico de esclavos, al esclavo africano le esperaba en
América mayor dicha que en su propia cultura africana. Pero esta era una
mentira calculada. En el siglo XVI, África central era un territorio pacífico y
felizmente civilizado, donde los comerciantes recorrían miles de kilómetros sin
perturbaciones. Las guerras tribales que los piratas europeos afirmaban sofocar
no eran más que meras escaramuzas. Fue sobre un campesinado en muchos sentidos
superior a los siervos de vastas extensiones europeas sobre el que se abatió el
tráfico de esclavos.
El proceso de captura y
transporte era una cadena de sufrimiento meticulosamente diseñada. Los esclavos
eran capturados en el interior, atados los unos a los otros en columnas,
cargados con pesadas piedras de dieciocho o veinte kilos para evitar tentativas
de fuga, y obligados a emprender el largo camino hasta el mar, recorriendo en
ocasiones centenares de kilómetros. Los enfermos y los débiles se desplomaban y
morían en la selva africana. Algunos eran transportados hasta la costa en
canoa, tendidos en el fondo de las embarcaciones durante días interminables,
con las manos atadas, los rostros expuestos al sol y a la lluvia tropicales,
las espaldas sobre el agua que nunca era achicada. Al llegar a los puertos de
embarque, los encerraban en “empalizadas” para ser inspeccionados por los
tratantes. Día y noche, millares de seres humanos se aglomeraban en estos
“antros putrefactos” en los que ningún europeo podía permanecer más de un
cuarto de hora sin desmayarse. Los africanos se desmayaban y se recuperaban, o
se desmayaban y morían; el número de muertos en las “empalizadas” llegó a
rondar el veinte por ciento.
Dentro de los barcos negreros, la
pesadilla se intensificaba. Los esclavos eran comprimidos en galerías
escalonadas unas sobre otras. A cada uno le era concedido un espacio de apenas
un metro y medio de largo por un metro de alto, de manera que no pudieran ni
estirarse a lo largo ni sentarse erguidos. Contrariamente a las mentiras tan
pertinazmente difundidas a propósito de la docilidad de los negros, las
revueltas en el puerto de embarque y a bordo de los navíos eran incesantes. Por
ello, a los esclavos se los encadenaba, la mano derecha a la pierna derecha, la
mano izquierda a la pierna izquierda, enganchándolos en fila a largas vigas de
hierro. En esta posición subsistían durante el viaje, solo irguiéndose una vez
al día para hacer un poco de ejercicio y permitir que los marineros “limpiasen
el cubículo”. Pero cuando el cargamento se rebelaba y el tiempo no era bueno,
permanecían encerrados durante semanas. La estrecha proximidad de tantos
cuerpos desnudos, la carne amoratada y ulcerada, el aire fétido, la disentería
reinante, la basura acumulada, convertía estas guaridas en un infierno. Durante
las tormentas, se cerraban las escotillas, y en la densa, odiosa oscuridad, los
esclavos se precipitaban de un lado a otro dentro del barco que cabeceaba entre
las olas, sujetos por las cadenas sobre su carne sanguinolenta.
Ningún lugar sobre la tierra,
observó un escritor de la época, acumulaba tanta miseria como el compartimento
de carga de un barco negrero. Los esclavos recibían alimento dos veces al día,
a las nueve y a las cuatro. Para los comerciantes, eran mercancía y nada más.
Se sabe de un capitán que, detenido por mar encalmado o vientos desfavorables,
envenenó su cargamento. Otro mató a esclavos para alimentar a los demás con su
carne. Murieron no solo a causa de estas condiciones, sino también de dolor, de
rabia, de desesperación. Emprendieron vastas huelgas de hambre, desataron sus
cadenas y se arrojaron sobre la tripulación en fútiles tentativas de
insurrección. Para elevar su ánimo, se convirtió en hábito subirlos a cubierta
una vez al día y obligarlos a bailar. Algunos aprovechaban la oportunidad para
arrojarse al mar, prorrumpiendo en gritos de júbilo mientras caían y se hundían
bajo la superficie de las aguas. El miedo al cargamento infundía una crueldad
salvaje en la tripulación. Un capitán, para infundir terror a los demás, mató a
un esclavo, dividió el corazón, el hígado y las entrañas en trescientos pedazos
y obligó a cada esclavo a comer uno de esos pedazos, amenazando a los que se
negaban con someterlos a la misma tortura. Tales incidentes no eran infrecuentes.
El sistema tampoco perdonaba a los traficantes: cada año, una quinta parte de
cuantos participaban del comercio africano perdía la vida.
Cuando el barco fondeaba en el
puerto, el cargamento subía a la cubierta y se procedía a la venta. Los
compradores examinaban las deficiencias de los esclavos, inspeccionaban sus
dientes, pinchaban su carne y, en ocasiones, olían su sudor para detectar si la
sangre del esclavo era pura y su salud tan buena como aparentaba. Ciertas
mujeres afectaban una peculiar curiosidad y, en caso de responder a ella, el
esclavo era pateado por un caballo a lo largo de los dieciocho metros de la
cubierta. Pero el esclavo debía resistirlo. A continuación, para recobrar la
dignidad tal vez ofendida por un examen demasiado íntimo, el comprador escupía
a la cara del esclavo. Una vez convertido en propiedad de su dueño, el esclavo
era marcado a ambos lados del pecho con un hierro candente. Un intérprete le
explicaba sus deberes y un sacerdote lo instruía en los primeros principios de
la cristiandad.
Al extranjero en Santo Domingo lo
despertaban el restallido de los latigazos, los gritos sofocados y los
profundos gemidos de los negros que no veían en la salida del sol sino una
razón para maldecir la repetición de sus labores y sus fatigas. El trabajo
empezaba al alba, con una breve pausa para desayunar a las ocho, y continuaba
sin descanso hasta el mediodía. Se reincorporaban al trabajo a las dos y
trabajaban hasta el anochecer, en ocasiones hasta las diez o las once de la
noche. Un viajero suizo dejó una descripción memorable de una partida de
esclavos en plena faena: alrededor de un centenar de hombres y mujeres de
edades diferentes, la mayoría desnudos o cubiertos con harapos, cavando fosas
en un campo de caña bajo un sol abrasador. El sudor resbalaba por todos sus
miembros, el agotamiento estaba impreso en cada rostro, pero aún no había
llegado la hora del descanso. La despiadada mirada del intendente supervisaba
la partida y varios capataces equipados con largos látigos se paseaban
periódicamente entre ellos, impartiendo restallantes latigazos a todos los que,
vencidos por la fatiga, cedían a la necesidad de un descanso.
El trabajo en las plantaciones de
azúcar era particularmente agotador. El sol endurece las tierras tropicales, y
alrededor de cada “extensión” de terreno prevista para la plantación de caña
era necesario excavar una larga fosa que asegurase la circulación del aire. Las
cañas tempranas exigían atención durante los tres o cuatro primeros meses y
tardaban catorce o dieciocho meses en llegar a madurar. La caña podía plantarse
y crecer en cualquier época del año, y la recogida de una cosecha era la señal
para la inminente excavación de fosas y la plantación de una nueva. Una vez
cortada, debía ser transportada rápidamente al molino para evitar que el jugo
fermentase y se volviese ácido. La extracción del jugo y la fabricación del
azúcar en bruto continuaba durante tres semanas al mes, durante dieciséis o
dieciocho horas al día, durante siete u ocho meses al año.
Trabajando como animales, los
esclavos vivían como animales. Sus cabañas, ordenadas en torno de una plaza en
la que se habían plantado vegetales y árboles frutales, tenían alrededor de
seis o siete metros de largo, tres metros de ancho y unos tres metros y medio
de altura, compartimentadas en dos o tres habitaciones. No tenían ventanas y la
luz se filtraba únicamente por la puerta. El suelo era de tierra batida; el
jergón era de paja, de cueros o una tosca amalgama de lianas atadas a los
postes. Allí dormían indiscriminadamente madre, padre e hijos. Indefensos
frente a sus dueños, luchaban contra el exceso de trabajo y su compañera
habitual: la desnutrición. El Código del Negro, un intento de Luis XIV por
asegurarles un tratamiento digno, ordenaba que debía servírseles, cada semana,
dos raciones y media de mandioca, tres casabes, dos libras de salazón de buey o
tres libras de salazón de pescado: más o menos lo que comería un hombre sano en
tres días. En lugar de esto, sus dueños les daban media docena de raciones de
harina basta, arroz o sémola, y una media docena de arenques. Agotados por el
trabajo de toda la jornada y buena parte de la noche, muchos se olvidaban de
cocinar y comían los alimentos crudos. La ración era tan escasa y tan irregular
que a menudo durante la segunda parte de la semana no tenían nada que llevarse
a la boca.
La dificultad fundamental para
los dueños de esclavos residía en que, aunque era posible atraparlos como a
alimañas, transportarlos como bestias, hacerlos trabajar como mulas, golpearlos
con las mismas varas que se utilizaban para estos animales, encerrarlos en
cuadras y matarlos de hambre, seguían siendo, pese a su piel negra y su pelo
rizado, seres invenciblemente humanos, con la inteligencia y el resentimiento
de los seres humanos. Inducir en ellos docilidad y aceptación requería un
régimen de calculada brutalidad y terror. Por la menor de las faltas, los
esclavos recibían el más severo de los castigos. El Código del Negro autorizaba
los latigazos, pero los colonos no prestaron atención a estas directivas y a
menudo se aplicaron latigazos hasta morir. El látigo no siempre era de caña
ordinaria o de cuerda tejida; a veces era sustituido por la rigoise, una espesa
correa de cuero, o por las lianes, un tipo de vara local, flexible y fibrosa
como barba de ballena. A los esclavos se les aplicaba el látigo con más
certidumbre y regularidad que el alimento. Era el incentivo para trabajar y el
custodio de la disciplina.
Pero no había treta ingeniada por
el miedo o una imaginación depravada que no se pusiese en práctica para quebrar
su ánimo: hierros en las manos y en los pies, bloques de madera que los
esclavos debían arrastrar consigo fueran donde fuesen, la máscara de latón
concebida para impedir que los esclavos comiesen la caña de azúcar, el collar
de hierro. Los latigazos se interrumpían para pasar un trozo de madera candente
sobre las nalgas de la víctima; sal, pimienta, limón, carbonilla, acíbar y
cenizas calientes eran vertidos sobre las heridas sangrantes. Las mutilaciones
eran habituales: piernas, orejas, y a veces las partes íntimas. Los dueños
vertían cera hirviendo sobre sus brazos, manos y hombros, vaciaban el azúcar de
caña hirviente sobre sus cabezas, los quemaban vivos, los asaban a fuego lento,
los rociaban con dinamita antes de encenderlos con una cerilla, los enterraban
hasta el cuello y untaban sus cabezas con melaza para que las moscas las
devorasen, los ataban junto a nidos de arañas o de abejas, los obligaban a
comer sus excrementos, a beber su orina, a lamer la saliva de otros esclavos.
Cierto colono se arrojaba sobre sus esclavos cuando la ira lo arrebataba e
hincaba los dientes en su carne.
¿Eran estas torturas algo
habitual o meramente incidentes aislados? Todas las pruebas apuntan a que estas
prácticas bestiales eran algo corriente en la vida del esclavo. La tortura del
látigo disponía de “un millar de refinamientos”, pero existían variantes
regulares dotadas de nombres especiales, hasta ese punto eran comunes. Cuando
las manos y los brazos estaban atados a cuatro postes cavados en el suelo, se
decía que el esclavo sufría “el cuarto poste”. Si el esclavo estaba atado a una
escalera, era la “tortura de la escalera”; si estaba suspendido por las cuatro
extremidades, se denominaba “la hamaca”. Las mujeres embarazadas no estaban
exentas del “cuarto poste”: se excavaba un agujero en la tierra para acomodar
al niño aún no nacido. La tortura del collar estaba especialmente reservada a
las mujeres sospechosas de haber cometido aborto, y no podían liberarse del
collar hasta que no hubiesen dado a luz. Hacer explotar a un esclavo recibía su
propio nombre: “quemar un poquito de dinamita en el culo de un negro”. Era una
práctica admitida.
Siempre ha habido quienes,
avergonzados por el comportamiento de sus antepasados, intentan demostrar que
la esclavitud no fue tan mala al fin y al cabo. Los revisionistas profesionales
disponen de los escritos de algunos observadores contemporáneos que describen
escenas de idílica belleza. Uno de ellos es Vaublanc, que en sus memorias
presenta una plantación en la que no existían prisiones, ni calabozos, ni
castigos de ningún tipo. Si los esclavos iban desnudos, el clima era tan
benigno que no había en ello nada de malo. Los esclavos estaban exentos de
trabajos insanos, fatigosos o peligrosos, no tenían que descender a las
entrañas de la tierra, no trabajaban en fábricas donde respiraban aire inmundo,
no trabajaban en andamios a gran altura, no acarreaban pesos enormes. Los
esclavos, concluía, no tienen demasiado trabajo y son felices con el que
tienen. Este mismo Vaublanc, tan comprensivo en Santo Domingo con los problemas
de la fuerza de trabajo francesa, tuvo que huir de París en agosto de 1792 para
escapar de la ira de los trabajadores franceses. Malouet, un funcionario
colonial, intentó exponer también algunas ideas sobre los “privilegios” de la
esclavitud. Observó que el esclavo, al alcanzar la mayoría de edad, empieza a
disfrutar “los placeres del amor” y su amo no tiene ningún interés en impedirle
que satisfaga sus apetitos. A tales extremos de impertinente irracionalidad
puede arrastrar la defensa de la propiedad, incluso a un hombre inteligente,
famoso en su época por su compasión hacia los negros.
A pesar del terror, los esclavos
mantuvieron su humanidad de formas que sus amos no podían comprender ni
aplastar. Cultivaban pequeños conucos los domingos, criaban pollos y, en
ocasiones, lograban ahorrar lo suficiente para comprar su libertad. Practicaban
el vudú, su culto africano, y bailaban y cantaban su canción favorita: “Eh! Eh!
Bomba! Heu! Heu! Canga, bafio té! Canga, mouné de lé! Canga, do ki la! Canga,
li!” Traducida, esta canción era un juramento de rebelión: “Juramos destruir a
los blancos y todas sus posesiones; mejor morir que faltar a este juramento.”
Los colonos conocían esta canción e intentaron erradicarla, así como el culto
vudú al que estaba ligada. En vano. Durante más de doscientos años, los
esclavos la cantaron en sus lugares de reunión.
El veneno se convirtió en su
método de resistencia más común. Una amante envenenaba a su rival para retener
el apreciado afecto de su inconstante amo. Una amante despechada envenenaba al
amo, a la esposa, a los hijos y a los esclavos. Un esclavo desposeído de su
esposa por uno de sus amos envenenaba a este, lo que constituía una de las
causas más habituales de envenenamiento. Los esclavos envenenaban a los hijos
más pequeños de un amo para asegurarse de que la plantación pasaba a las manos
de un hijo en particular, impidiendo así que la plantación se disgregase y la
cuadrilla de esclavos se dispersase. En determinadas plantaciones, los esclavos
diezmaron con veneno a muchos para mantener reducido el número de esclavos e
impedir que los amos se embarcasen en ambiciosas empresas que incrementarían su
carga de trabajo. Por esta razón, un esclavo podía envenenar a su esposa, otro
a sus hijos, y una niñera negra declaró ante los tribunales que durante años
había estado envenenando a todos los niños que había traído a este mundo. El
más espantoso de estos asesinatos a sangre fría era el mal de mandíbula, una
enfermedad que atacaba únicamente a los niños durante sus primeros días de
existencia. Sus mandíbulas quedaban cerradas hasta tal punto que era imposible
hacerles tragar nada, con el resultado de que morían de hambre. No era una
enfermedad natural y nunca atacaba a los niños de mujeres blancas. Solo las
comadronas negras podían provocarla, y se cree que ejecutaban alguna sencilla
operación en el niño recién nacido que daba origen a la enfermedad. Sea cual
fuese el método, la enfermedad provocó la muerte de casi un tercio de los niños
nacidos en las plantaciones.
Los esclavos también huían a los
bosques y las montañas, donde formaban bandas de hombres libres: los
cimarrones. Durante los cien años previos a 1789, los cimarrones fueron una
fuente de amenaza constante para la colonia. En 1720, mil esclavos huyeron a
las montañas. En 1751, había al menos tres mil. El más importante de estos
jefes fue Mackandal, un esclavo de Guinea que urdió el ambicioso plan de unir a
todos los negros y expulsar a los blancos de la colonia. Era un orador de una
elocuencia comparable a la de los oradores europeos de la época, ignoraba el
miedo y, aunque manco, poseía una fortaleza de espíritu que sabía preservar en
medio de las torturas más crueles. Persuasivo como Mahoma, tenía revelaciones y
ejercía tal influencia sobre sus seguidores que consideraban un honor servirle
de rodillas. Su banda atacó y saqueó las plantaciones desde un extremo a otro
de la isla, y él recorrió plantación tras plantación para atraer conversos,
estimular a sus seguidores y perfeccionar su ambicioso plan de destruir la
civilización blanca en Santo Domingo. Su temeridad fue la causa de su caída: se
emborrachó en una plantación, fue traicionado y quemado vivo.
No todos los esclavos pasaron por
el mismo régimen de terror. Existía una pequeña casta privilegiada: los
capataces de las partidas, arrieros, cocineros, criados, sirvientas, matronas,
doncellas y otros sirvientes domésticos. Estos retribuyeron el trato amable
recibido y la vida comparativamente fácil con una fuerte vinculación a sus
amos. Pero algunos de ellos aprovecharon su posición para instruirse, obtener
cierta educación, aprender cuanto podían. Los líderes de una revolución son
normalmente aquellos que han podido aprovechar las ventajas culturales del
sistema que atacan, y la revolución de Santo Domingo no fue ninguna excepción.
Christophe, posteriormente emperador de Haití, fue un esclavo camarero en una
fonda de Cap François, donde aprovechó sus oportunidades para instruirse sobre
los hombres y el mundo. Toussaint L’Ouverture también pertenecía a esta pequeña
y privilegiada casta. Su padre, hijo de un reyezuelo africano, fue capturado en
una guerra y vendido como esclavo. Fue comprado por un colono de cierta
sensibilidad que le permitió cierta libertad en la plantación y el servicio de
cinco esclavos para cultivar una parcela de terreno. Se convirtió al
catolicismo y se casó con una mujer buena y bonita. Toussaint fue el mayor de
sus ocho hijos. Cerca de la explotación vivía un viejo negro, Pierre Baptiste,
notable por su integridad de carácter y por disponer de algunas nociones
culturales. Pierre Baptiste se convirtió en padrino de Toussaint y enseñó a su
ahijado los rudimentos del francés, instruyéndolo también en los rudimentos del
latín. Toussaint aprendió también a dibujar. Su padre conocía algo sobre
plantas medicinales y le legó a Toussaint todo cuanto sabía. Su educación
elemental, sus conocimientos sobre plantas, su inusual inteligencia lo singularizaban,
y de este modo se convirtió en el cochero de su amo. Finalmente, se convirtió
en administrador de todo el ganado de la finca, un puesto de responsabilidad
normalmente reservado para blancos. Este sería el hombre que, años después,
lideraría la única revolución de esclavos exitosa de la historia.
El caso Le Jeune, ocurrido en
1788, ilustra de manera devastadora las realidades de la ley y la justicia que
se aplicaba a los esclavos en Santo Domingo. Le Jeune era un plantador de café
de Plaisance que, sospechando que la mortalidad entre sus negros estaba causada
por el veneno, asesinó a cuatro e intentó extraer confesión de dos mujeres
recurriendo a la tortura. Les quemó los pies, las piernas y los codos, al
tiempo que simultáneamente las amordazaba para luego retirar la mordaza. No
obtuvo nada y amenazó a todos sus esclavos francófonos con matarlos sin piedad
si se atrevían a denunciarlo. Pero catorce esclavos fueron a Le Cap y
denunciaron a Le Jeune ante el tribunal. Los jueces no pudieron más que aceptar
los cargos. Nombraron una comisión que realizó investigaciones en la plantación
de Le Jeune y confirmó el testimonio de los esclavos. La comisión descubrió de
hecho a dos mujeres maniatadas y encadenadas, con los codos y las piernas en
fase de descomposición, pero todavía vivas; el cuello de una de ellas estaba
tan lacerado por un collar de hierro que ni siquiera podía tragar. Cuando se
abrió la caja que Le Jeune afirmaba contenía veneno, se descubrió que no
contenía más que tabaco ordinario y matarratas. La defensa era imposible, y
cuando las dos mujeres murieron, Le Jeune desapareció justo a tiempo de evitar
la detención.
En la audiencia preliminar, los
catorce negros repitieron las acusaciones palabra por palabra. Pero siete
testigos blancos testificaron a favor de Le Jeune y dos de sus administradores
lo absolvieron formalmente de toda culpa. Los plantadores de Plaisance enviaron
una comisión rogatoria al gobernador y al intendente a favor de Le Jeune, y
solicitaron que a cada uno de sus esclavos se les aplicasen cincuenta latigazos
por haberlo denunciado. El gobernador y el intendente escribieron al ministro:
“Para decirlo en pocas palabras, parece que la seguridad de la colonia depende
de la absolución de Le Jeune”. Y así era, si lo que se pretendía era poner a
los esclavos en su sitio. Los jueces, tras una infinidad de demoras, cursaron
un veredicto negativo, las acusaciones fueron declaradas nulas y sin efecto, y
el caso fue sobreseído. El fiscal presentó una apelación ante el Consejo
Superior de Puerto Príncipe. Todo el Santo Domingo blanco se levantó en armas.
El intendente nombró portavoz al miembro más anciano del consejo, pero el día
del juicio, temiendo que no iba a ser capaz de asegurar la acusación, se
ausentó, y el consejo una vez más absolvió a Le Jeune. El gobierno podía
aprobar las leyes que quisiese. El Santo Domingo blanco no toleraría
interferencia alguna en los métodos empleados para mantener a raya a sus
esclavos.
Santo Domingo era,
paradójicamente, la colonia más próspera del mundo. Hacia 1754, había 599
plantaciones de azúcar y 3.379 de índigo. En 1767, exportó 32.700 toneladas de
azúcar en bruto y 23.200 toneladas de azúcar refinado, 454 toneladas de índigo,
900 toneladas de algodón y grandes cantidades de cuero, melaza, coco y ron.
Cada árbol del café producía unos 450 gramos de una calidad a veces similar a
la moca. El algodón surgía de manera espontánea. El índigo prosperaba también
espontáneamente. La hoja del tabaco era mayor allí que en cualquier otro lugar
de América. Si en ningún lugar sobre la tierra se concentraba tanta miseria
como en un barco negrero, en ningún lugar del globo abundaba tanta riqueza,
proporcionalmente a su superficie y sus dimensiones, como en la colonia de
Santo Domingo. Y sin embargo, fue esta misma prosperidad la que llevó a la
revolución. La riqueza de la colonia, edificada sobre el sufrimiento de medio
millón de esclavos, contenía las semillas de su propia destrucción. Los esclavos,
aunque sometidos a un régimen de terror sin precedentes, nunca perdieron su
humanidad, su inteligencia, su orgullo y su deseo de libertad. Cuando la
Revolución Francesa de 1789 envió ondas de choque a través del Atlántico, estos
esclavos, que habían sido testigos de la violencia y la hipocresía de sus amos,
y que habían mantenido viva su resistencia a través del vudú, el veneno y la
fuga, estaban preparados para el momento histórico que se avecinaba.
Fuente:
- Mémoires pour Servir à l’Histoire de la Révolution de Saint-Domingue por Pamphile de Lacroix (1819).
- Histoire Militaire de la Guerre d’Indépendance de Saint-Domingue por el General A. Nemours (1925 y 1938).
- Histoire de Toussaint L’Ouverture por P. Sannon (1920-1933)
- Vie de Toussaint L’Ouverture por V. Schoelcher (1899).
- Saint-Domingue, 1629-1789. La Société et la Vie Créoles sous l’Ancien Régime por P. de Vaissière (1909).
- Voyage à Saint-Domingue pendant les années 1788, 1789 et 1790 por el Barón F. de Wimpffen (1790).
- Description Topographique, Physique et Politique de Saint-Domingue por Moreau de Saint-Méry (1797).
- History of the British Army por Sir John Fortescue (1906).
- L’Esclavage aux Antilles Françaises avant 1789 por L. Peytraud (1897).
- Études sur l’Histoire d’Haïti por B. Ardouin (1853).
- Rapport sur les Troubles de Saint-Domingue por J. Garran-Coulon (1799).
- Histoire de la Captivité et de la Mort de Toussaint L’Ouverture por A. Nemours (1929).
- Toussaint L’Ouverture por Aimé Césaire (1960).
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