Reseña de La Odisea de Christopher Nolan: un rompecabezas sin alma
julio 20, 2026
Hay un momento, al inicio de La
Odisea de Christopher Nolan, en el que Travis Scott recita poesía slam mientras
el espectador es arrojado a un flashback de Elliot Page arrastrándose por una
playa para morir frente al caballo de Troya. En ese instante, algo se quiebra.
No es solo la suspensión de la incredulidad; es la promesa de que estamos ante
una epopeya. Lo que sigue durante casi tres horas es un despropósito
monumental: una adaptación que somete el universo homérico a las obsesiones
formales y morales de su director hasta desfigurar buena parte de su identidad,
entregando paradójicamente una de sus películas más ruidosas y menos épicas. Es
como si un ateo militante decidiera adaptar la Biblia: puede que conozca los
pasajes, pero no cree en ellos, y eso se nota en cada fotograma.
El primer gran obstáculo de la
cinta es su empeño en funcionar como una experiencia puramente visceral. Nolan
impone un ritmo tan acelerado que elimina los silencios necesarios para que la
aventura respire. Este montaje atropellado resulta desconcertante en los
diálogos y fragmenta la acción de forma casi incomprensible. La decisión de
llevar su característico estilo narrativo no lineal al extremo, con saltos
temporales que comienzan incluso antes de que los títulos aparezcan, convierte
una historia que por naturaleza es un viaje lineal de regreso a casa en un
rompecabezas que no pide ser resuelto. La película se siente,
contradictoriamente, apresurada y excesivamente larga al mismo tiempo. Las
escenas buenas, y existen algunas, son tan escasas que podrían contarse con los
dedos de una mano mutilada, y están rodeadas por un mar de exposiciones donde
los personajes dicen cosas obvias con la solemnidad de quien pronuncia un
discurso fúnebre.
Tampoco ayuda la música de Ludwig
Göransson, convertida en una percusión constante que aturde en lugar de
acompañar. La mezcla de sonido, ya problemática en trabajos anteriores del
director, alcanza aquí cotas de ilegibilidad que convierten buena parte de los
diálogos en un murmullo indistinguible. La banda sonora no eleva; aplasta. No
hay un solo tema que se grabe en la memoria, solo un martilleo persistente que
fatiga al espectador como si las olas del Egeo se hubieran convertido en un
taladro neumático. Göransson parece haber confundido la épica con un concierto
de percusión industrial, y Nolan, en su infinita sordera selectiva, lo ha
dejado hacer.
A este ruido se suma el bochorno
de un diseño de vestuario y una dirección de arte que parecen de todo menos
micénicos. Troya se percibe sorprendentemente angosta y despoblada, una ciudad
que en lugar de inspirar grandeza sugiere un decorado de serie de presupuesto
medio. Los muros, en lugar de imponentes, parecen fácilmente escalables, y la
armadura de los troyanos recuerda peligrosamente a lo peor de Los Anillos de
Poder. Pero el verdadero despropósito visual llega con el barco. La elección de
un navío de silueta inequívocamente vikinga introduce una referencia visual tan
reconocible y posterior que rompe la cohesión inmersiva del mundo egeo. No
importa que Nolan argumente que es una fantasía mitológica; esa mitología tiene
el respaldo de eventos reales en lugares reales como Troya. Cuando el barco
parece salido de un fiordo escandinavo, el viaje de Odiseo se convierte en un
desfile de anacronismos que la fotografía granulada y la paleta desaturada no
logran disimular. Es como si alguien hubiera visto Vikingos y Troya en una
noche de borrachera y hubiera decidido mezclarlo todo sin criterio.
Nolan aplica su habitual filtro
apagado a la Antigüedad, borrando de un plumazo la exuberancia cromática que el
registro arqueológico atribuye a esta civilización. En la Grecia antigua, las
estructuras no eran ruinas; eran realmente nuevas y coloridas. Aquí todo es
gris, marrón y sepia, como si el mundo micénico hubiera nacido ya en ruinas.
Sumergir el mar Egeo en un universo grisáceo que quiebra por completo la
credibilidad estética del relato. La odisea no tiene aura. Es un viaje sin luz,
un viaje sin vida, un viaje que parece transcurrir en el interior de una
cripta.
El guion tropieza de bruces al
intentar acercar la mitología a la sensibilidad contemporánea. El empleo de la
palabra “griegos” puede aceptarse como una convención de traducción moderna,
aunque borre de un plumazo la rica pluralidad de aqueos, argivos y dánaos que
conserva Homero. Sin embargo, mucho más difícil de justificar resulta incrustar
en los diálogos del mundo micénico categorías historiográficas modernas como la
“Edad del Bronce” o los “Pueblos del Mar”. Estas inserciones no modernizan
simplemente el idioma: les atribuyen a los personajes una conciencia
arqueológica sobre su propia época que quiebra la suspensión de la
incredulidad. Es como si un personaje de El Señor de los Anillos mencionara de
repente la “Edad Media”. El resultado es desconcertante y rompe cualquier
ilusión de estar en otro tiempo. Nolan, en su afán de ser “relevante”,
convierte a los héroes homéricos en eruditos del siglo XXI.
La reinterpretación conceptual
del viaje también altera profundamente la naturaleza moral de la obra. Nolan no
cristianiza simplemente la epopeya, pero sí reemplaza buena parte de su
universo politeísta por una moralidad psicológica más moderna. Allí donde
Homero presenta dioses autónomos, caprichosos y enfrentados, la película
privilegia la culpa interior, el trauma de guerra y una idea abstracta de
decadencia civilizatoria. Los dioses apenas aparecen; Atenea es una presencia
fría y distante, reducida a una sombra que susurra en lugar de la autoridad
divina que debería encarnar. El resto del panteón es prácticamente inexistente.
Lo que obtenemos a cambio es una historia de PTSD y culpa que, aunque coherente
con las obsesiones narrativas de Nolan, reduce la inquietante distancia que
separa nuestra mentalidad de la cosmología implacable del mundo homérico. La
epopeya se convierte en un drama de cámara; el viaje iniciático, en simple
sesión de terapia. Odiseo ya no es un héroe astuto que se enfrenta a dioses y monstruos;
es un veterano de guerra con problemas de ansiedad.
Esta pérdida de la singularidad
homérica se aprecia especialmente en el tratamiento de las pruebas del viaje.
La secuencia del Cíclope conserva cierta potencia plástica, pero elimina buena
parte de la inteligencia verbal que define a Odiseo: el célebre engaño de
“Nadie” queda reducido y su fanfarronería final, decisiva para provocar la
maldición de Poseidón, pierde su función trágica. Algo similar ocurre con
Calipso, cuya isla deja de ser un paraíso ambiguo de inmortalidad, deseo y
olvido para convertirse en un espacio gris y narcotizado. En ambos casos, Nolan
conserva la superficie del episodio, pero simplifica aquello que lo volvía
moral y simbólicamente inquietante. Y no hablemos de las sirenas, tratadas con
una literalidad que despoja el mito de toda su potencia metafórica. Nolan, el
gran intelectual, convierte el canto de las sirenas en un simple ruido molesto.
El reparto multicultural responde
a una voluntad evidente de universalizar el canon homérico. Zendaya como
Atenea, Lupita Nyong’o como Helena de Troya, Elliot Page como Sinón , un
personaje que ni siquiera aparece en La Ilíada o La Odisea. La operación parte
de una intuición comprensible: la Odisea ya no sería únicamente patrimonio de
la tradición europea y mediterránea, sino una herencia cultural global en la
que cualquier espectador debería poder reconocerse. Sin embargo, esta apertura
encierra una paradoja demoledora. Para integrar el poema en el imaginario de
las sociedades multiculturales contemporáneas, la adaptación termina
proyectando retrospectivamente sobre el mundo micénico la composición
demográfica y las aspiraciones cosmopolitas del presente. No destruye el texto
clásico, sino que intenta liberarlo de su perímetro histórico para convertirlo
en una mitología destinada a todos. El problema es que, en ese movimiento de
expansión, la obra corre el riesgo de perder precisamente la alteridad concreta,
étnica, religiosa y cultural, que la hacía pertenecer a un mundo distinto del
nuestro. Es la vieja táctica de “incluir para diluir”.
La hipocresía de esta operación
quedó ejemplificada en dos publicaciones separadas de Variety en X. En una,
celebraban cómo los creadores de Moana trabajaron estrechamente para honrar la
cultura y tradición polinesia, explicando por qué la representación importa. Un
mes antes, cuando la gente preguntaba genuinamente por qué la representación no
importaba en La Odisea de Nolan, la misma publicación respondía que eran solo
trolls con un argumento ridículo e inexacto. Así, la película se sumergió de
cabeza en la guerra cultural, con críticas que llegaron incluso de Elon Musk, y
ocurrió lo impensable: una película de Christopher Nolan fue vapuleada en
YouTube.
El verdadero problema del plantel
actoral reside en la ausencia de una gramática interpretativa común. Nolan
permite que los intérpretes conserven registros vocales contemporáneos y
acentos muy reconocibles, produciendo un universo sonoro escasamente cohesionado.
Jon Bernthal parece proceder de un áspero drama criminal estadounidense; Tom
Holland arrastra parte de su ligereza de franquicia de acción; y la aparición
sucesiva de rostros célebres convierte a varios personajes en cameos de
prestigio antes que en presencias orgánicas del mundo narrativo. Matt Damon
compone un Odiseo excesivamente hermético y opaco. Es un héroe sin carisma, un
guerrero sin fuego, un hombre que ha visto demasiado y siente demasiado poco.
Cuando Argos, su perro, muere, no sentí nada. ¿Cómo puedes no sentir nada
cuando un perro muere? Porque la edición, frenética y fragmentada, no permite
que nada se asiente. Porque el casting moderno y el vernáculo contemporáneo nos
mantienen a distancia. Porque Nolan nos ha dado un Odiseo que es todo trauma y
nada de astucia. Matt Damon parece estar en piloto automático, recitando líneas
con la misma pasión que quien lee una lista de la compra.
Solo Anne Hathaway, impecable en
su porte y angustia, y Robert Pattinson consiguen imponer una identidad
dramática que trasciende inmediatamente el reconocimiento de la estrella que
hay detrás. Hathaway compone una Penélope que, aunque lastrada por un diálogo
que verbaliza su conciencia feminista con un léxico demasiado explícito, logra
transmitir la desesperación y la inteligencia de la reina de Ítaca. Pattinson,
por su parte, inyecta a su personaje una energía impredecible que recuerda que,
en el fondo, la Odisea también es una historia de engaños y disfraces. El resto
del reparto parece estar haciendo un favor, cobrando un cheque y esperando que
termine el rodaje para irse a casa.
La impericia para rodar la acción
con claridad espacial alcanza su punto más doloroso en el clímax de la cinta.
La ansiada matanza de los pretendientes, un duelo en el palacio que debería
coronar el relato con una catarsis de justicia y sangre, se precipita en una
reyerta sucia y mal resuelta. Nolan recurre a un montaje sincopado que
fragmenta los golpes hasta asimilarse a la cadencia de un torpe videoclip,
arruinando la tensión del enfrentamiento. La secuencia exigía a gritos una
coreografía de movimientos mucho más limpia y un enfoque deudor del cine
clásico, incluso a riesgo de parecer convencional, antes que este caótico
desenlace que desorienta y fatiga al espectador. Vemos a la tripulación escapar
de una cueva para que Odiseo deba regresar inexplicablemente, evidenciando un
fallo de continuidad donde nunca se estableció visualmente que faltaran
hombres. Asistimos a secuencias de infiltración donde los guardias troyanos
aguardan su destino con una pasividad escénica incomprensible mientras se abre
el vientre del caballo de madera. Parece que Nolan ha olvidado que la acción
también tiene que ser legible.
Es de justicia reconocer que,
aisladamente, la película logra momentos de una fisicidad innegable. La
opresiva tensión que se respira aguardando en las entrañas de madera del
caballo, o el asfixiante embate material de la gran tormenta en alta mar, demuestran
que el director no ha perdido su destreza para el impacto sensorial. Hay
algunas tomas hermosas, algunos momentos de poder visual incontestable. Pero
estos destellos quedan sepultados bajo continuos desajustes en la ejecución
escénica y de montaje. Son como estrellas fugaces en un cielo nublado: duran un
instante y no iluminan nada.
La decisión de rodar íntegramente
en película IMAX de 70 milímetros, aunque técnicamente ambiciosa, encierra una
dolorosa trampa de exhibición. La composición máxima ideada por el cineasta
solo puede experimentarse en unas pocas decenas de pantallas a nivel global.
Esto crea una enorme desigualdad entre la obra ideal concebida por el autor y
la película realmente accesible, dejando a la inmensa mayoría del público con
una versión visual necesariamente distinta y menos expansiva. El espectáculo,
entonces, se convierte en un privilegio; la epopeya, en simple exclusiva.
En definitiva, La Odisea de
Christopher Nolan es un mastodonte cinematográfico que confunde la acumulación
de ruido con la épica y el anacronismo con la reflexión profunda. Es una
película muy estrecha, seca, competente en sus mejores momentos, pero despojada
de toda épica. No es la Odisea de Homero; es la Odisea de Christopher Nolan. Y
en este viaje, encontramos a Christopher Nolan en su talón de Aquiles. Este es
un filme muy sombrío, analítico y serio. Y para tomar un género como este,
necesitas corazón, imaginación y un sentido de maravilla. ¿Y te haría daño
divertirte un poco? Nolan es un director que piensa la épica, pero no la
siente. Y la Odisea, quizás más que cualquier otra historia, es un relato que
exige ser sentido. Pero Nolan, en su arrogancia, decide que su intelecto es
suficiente. Y no lo es.
No es el peor filme jamás hecho.
No es ni siquiera la peor película de Nolan (Tenet sigue ostentando ese dudoso
honor). Pero es, posiblemente, su película más olvidable. La que llegó con el
ruido de mil tambores y se va con el susurro de quien no dejó huella. Si la
disfrutas, ve con todo. Yo espero nunca verla de nuevo.
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