No le vuelvan a dar un Mundial a los yanquis

julio 20, 2026

 



No es novedad para nadie que el Mundial de la FIFA es un negocio. Desde hace décadas está ligado a intereses económicos, polémicas y escándalos de corrupción. Pero lo ocurrido en 2026 alcanzó una dimensión distinta. El torneo celebrado en Estados Unidos, Canadá y México, con la mayor parte de la organización concentrada en territorio estadounidense, terminó convirtiéndose en uno de los capítulos más cuestionables de la historia del fútbol. El razonamiento del espectáculo corporativo, el mercantilismo extremo y la obsesión por convertir cada aspecto del deporte en una oportunidad de lucro terminaron asfixiando la esencia del juego. El Mundial dejó de sentirse como una fiesta popular y empezó a parecer un producto exclusivo para quienes podían pagarlo; un evento donde un aficionado común necesitaba casi hipotecar la casa, vender el auto y empeñar hasta el alma para poder estar presente.

 

El Mundial de Fútbol 2026 debía ser la epopeya definitiva del deporte rey. Por primera vez, tres naciones, Estados Unidos, Canadá y México, se repartían el escenario para albergar a cuarenta y ocho selecciones en ciento cuatro partidos. La promesa era una fiesta de integración hemisférica. Lo que ocurrió, sin embargo, fue un festival de errores, discriminación, corrupción descarada y favoritismo de tal calibre que dejó a millones de aficionados en todo el planeta con una única pregunta ardiendo en la garganta: ¿por qué, en nombre del balón, se nos ocurrió confiarle el mayor espectáculo del mundo a una potencia anglosajona, y especialmente a los Estados Unidos?

 

La primera estocada llegó antes de que el balón rodara, y fue tan torpe como reveladora. La FIFA, ese ente presidido por un tal Gianni Infantino que baila al son de quien le pague, decidió prohibir el español en las ruedas de prensa oficiales. El español, uno de los siete idiomas oficiales de la FIFA, la lengua de quinientos millones de personas, la lengua del país anfitrión más poblado, México. Pero no, señores. Aquí solo se habla inglés, y si acaso, el idioma que cada selección solicite. El resultado fue una humillación en directo: Achraf Hakimi, nacido en España, tuvo que ser silenciado por un coordinador de prensa cuando un periodista mexicano intentó hablarle en su idioma. Vinícius Júnior, estrella brasileña, se vio reducido a usar auriculares para una traducción en un acto de sumisión ridícula. Frenkie de Jong, siete años en el Barcelona, fue instruido para que contestara en la lengua de Shakespeare aunque su fútbol hablara en la de Cervantes. La FIFA, tras cuatro días de presión viral, rectificó. Pero el daño ya estaba hecho: habían demostrado que el español, y por extensión México y toda Hispanoamérica, eran ciudadanos de segunda en su propio torneo. Una metedura de pata que resume la arrogancia de unos tipos que confunden el fútbol con un club de campo anglosajón.

 

Pero la cosa se pone fea cuando la arrogancia se convierte en xenofobia reglamentada. El Mundial 2026 será recordado como el torneo en el que el país anfitrión principal trató a los participantes como delincuentes potenciales. Las políticas migratorias de la segunda administración Trump convirtieron el campeonato en un campo de pruebas para la exclusión racial. Irán, cuyo equipo ya venía con el alma encogida por el ataque de Estados Unidos e Israel, tuvo que trasladar su base de Tucson a Tijuana, como si fueran refugiados. Les denegaron parte del cuerpo técnico, les dieron las visas diez días antes del primer partido y les revocaron las entradas a sus propios aficionados. Y cuando fueron eliminados, el secretario de Seguridad de Estados Unidos, Markwayne Mullin, se atrevió a decir públicamente que estaba feliz de que se fueran, que incluso bailó y cantó celebrando su salida. ¿Se imaginan a un funcionario alemán bailando tras eliminar a Argentina en el ‘74? Es inédito. Es ruin. Es el colmo de la falta de deportividad.

 

Y no fue un caso aislado. Omar Artan, un árbitro somalí con visa y pasaporte diplomático, fue devuelto a Estambul desde Miami porque la CBP, en su infinita sabiduría, lo asoció con terroristas sin presentar una sola prueba. Aymen Hussein, delantero iraquí, fue detenido e interrogado durante siete horas en el aeropuerto de Chicago, con el teléfono registrado como si fuera un espía. Los jugadores senegaleses fueron sometidos a registros individuales nada más bajar del avión; la delegación de Uzbekistán fue olfateada por perros policía antes de un amistoso. El mensaje era cristalino: si tu pasaporte no es azul oscuro o tu piel no es lo suficientemente clara, no eres bienvenido. Canadá, por su parte, no se quedó atrás: rechazó más de la mitad de las solicitudes de visa para el Mundial, y a los aficionados ghaneses les aprobaron menos del once por ciento. El fútbol, ese invento que supuestamente une a las naciones, fue utilizado como un ariete para segregarlas.

 

Luego vino la estocada económica, la confirmación de que, bajo gestión anglosajona, el fútbol no es un deporte, es un producto de lujo al alcance de unos pocos. La FIFA implementó por primera vez los precios dinámicos, esa patraña neoliberal que sube el costo de las entradas según la demanda. El resultado fue apocalíptico: el boleto más barato para la final alcanzó los cinco mil setecientos ochenta y cinco dólares, y los más caros rozaron los once mil. En reventa, se ofrecieron por treinta y tres mil. Recordemos que, cuando presentaron la candidatura, prometieron que un asiento para la final costaría mil quinientos cincuenta dólares. Mienten a mansalva. El resultado fue que miles de asientos quedaron vacíos en los partidos inaugurales, y la FIFA tuvo que llenar las butacas de lujo con voluntarios para disimular el fracaso. Pep Guardiola, con esa lucidez que a veces tiene, lo resumió perfecto: “Antes era una celebración asequible. Ahora, son tiempos modernos, ¿verdad? Es tan caro”. Tan caro que hasta el propio Trump dijo que no pagaría mil dólares por ver a su país. Pero bueno, todo sea por llenarle los bolsillos a Infantino, que ofreció llevarle un hot dog personalmente a quien pagara dos millones trescientos mil dólares por un boleto. Genial. Así se construye un legado.

 

Si la exclusión económica y migratoria ya era bastante, todavía nos faltaba el esperpento arbitral: Argentina, la campeona defensora, terminó convertida en el villano de la historia no por su juego, sino porque el sistema se encargó de allanarle el camino hasta el trofeo, y las pruebas saltan a la vista , Messi comete una entrada peligrosa sobre un jugador argelino y el VAR ni se inmuta, mientras que Folarin Balogun hace exactamente la misma falta contra Bosnia y ve la roja directa (más tarde restituido por orden de Trump, claro acto de corrupción y otra de las polémicas de este Mundial), porque la diferencia es clara: Messi es la vaca sagrada que vende millones de camisetas, mientras Balogun es solo un jugador más; en octavos, Egipto marca un golazo y Messi exige revisar una falta ocurrida diez jugadas antes, el árbitro obedece, anula el tanto y luego niega un penalti indiscutible a los egipcios permitiendo la remontada argentina, hasta el punto de que su entrenador no se anda con rodeos al afirmar que quizás lo que querían era que Messi siguiera en carrera; en cuartos, expulsan a Breel Embolo por una simulación que, aunque se ajusta a la letra de la norma, se aplicó con un rigor escandaloso que nadie usa en partidos decisivos, y Suiza aguantó cincuenta minutos con uno menos hasta acabar cayendo; por redes circulan memes de IA que muestran a Messi vestido de princesa y acusan directamente a Infantino de eliminar uno a uno a los rivales incómodos, y aunque Scaloni lo descarta y Collina lo niega, los hechos son tozudos.

 

¿Y la corrupción? Ah, la corrupción, el alma mater de todo esto. Mientras Argentina avanzaba, el FBI y el Departamento de Justicia de Estados Unidos investigaban a la AFA de Chiqui Tapia por mover más de trescientos millones de dólares a través de cuentas en Citibank y Bank of America. Pero aquí viene el chiste cruel: el gobierno de Trump, que es el anfitrión, decidió desestimar los cargos contra ejecutivos condenados por corrupción en los derechos de TV. ¿El motivo? “Está en los intereses de la justicia”, dijeron. Claro, porque Trump es amiguito de Infantino, le regaló un Premio de la Paz, y mientras tanto, la administración recortó la sección del DOJ que persigue la corrupción de funcionarios extranjeros. Cuando Folarin Balogun fue expulsado, la Casa Blanca intervino directamente; Trump llamó a Infantino y la sanción se levantó por la mano de un tal Mohammad Al Kamali de Emiratos Árabes, el mismo país que le había comprado quinientos millones en criptomonedas a Trump y le regaló un avión. No hace falta ser un genio para ver el hilo de humo. Es el mercado de influencias más descarado que ha visto el fútbol.

 

Para rematar la Macdonalización del desastre, convirtieron la final en un show de medio tiempo estilo Super Bowl con Madonna, Shakira y BTS, alargando el descanso a veintisiete minutos y rompiendo el ritmo del partido, mientras la BBC se negaba a transmitirlo. Pero el punto más grotesco fueron los llamados “descansos de hidratación”: una excusa convertida en escaparate publicitario. La pausa del juego fue secuestrada por la Fox Network para vender comerciales, transformando una final de fútbol en una tanda interminable de anuncios. Los aficionados abucheaban bajo estos abusos a los limites humanos, mientras el partido se detenía no por el espectáculo deportivo, sino para alimentar la máquina de consumo. El Mundial dejó de parecer una competición y empezó a comportarse como un gigantesco centro comercial con balón. Se robaron botas de Harry Kane y Bellingham en los traslados, los trabajadores del SoFi votaron ir a la huelga por miedo a las redadas de ICE, y el tren al MetLife subió a ciento cincuenta dólares. México, por su parte, desplegó cien mil tropas por la violencia del narco mientras el gobernador de Nuevo León se declaraba en “modo fiesta” y se negaba a atender los problemas sociales. Un circo romano de tres países.

 

Cuando España ganó la final contra Argentina, muchos no celebraron solo el triunfo deportivo; celebraron la derrota simbólica de todo este contubernio. Porque el Mundial 2026 no fue un torneo de fútbol. Fue un experimento terminal de cómo el neoliberalismo anglosajón, con su arrogancia, su racismo y su codicia, puede destrozar la esencia del deporte más popular del planeta. Los precios excluyeron al pueblo, las visas excluyeron a las naciones, el VAR se doblegó a la estrella comercial y la corrupción se sentó en la mesa de la Casa Blanca.

 

Por eso, el mensaje debe ser claro y contundente, sin medias tintas: no le vuelvan a dar un Mundial a los anglos. Ni a Estados Unidos, ni a Inglaterra, ni a Australia, ni a ninguna nación que ponga el más rancio extractivismo por encima del acceso a este espíritu deportivo. El fútbol pertenece al mundo, no a Wall Street. Pertenece a las calles de Buenos Aires, Dakar y Bangkok, no a los suites corporativos de Nueva York. Pertenece a los niños que sueñan con jugar, no a los especuladores que pagan dos millones por un asiento.

 

El Mundial 2026 debe ser recordado como la advertencia definitiva. Cuando el fútbol se entrega a quienes solo ven dólares, visas y ratings, deja de ser fútbol. Se convierte en un espectáculo vacío, una farsa comercial, una traición a los millones que lo hicieron grande. Que nunca más se repita.

Fuente:

  • As.com, La FIFA rectifica y permite el español en todas las ruedas de prensa del Mundial (2026).
  • BBC Sport, El jefe de seguridad de EE. UU. bailó de felicidad tras la eliminación de Irán del Mundial (2026).
  • The Independent, Por qué la polémica de los precios dinámicos en el Mundial 2026 no deja de empeorar (2026).
  • Franceinfo, El seleccionador de Egipto denuncia favoritismo arbitral para Argentina en el Mundial (2026).
  • UPI (United Press International), El FBI investiga a la Asociación Argentina de Fútbol por presunto lavado de 300 millones de dólares (2026).
  • Miami Herald, Lujosos jets, yates y empresas fantasma en Miami: el FBI profundiza en los fondos de la AFA (2026).
  • Nieman Reports (Universidad de Harvard), Excluidos: periodistas iraníes denegados por primera vez para cubrir un Mundial en suelo estadounidense (2026).


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