¡NO, ANGLO, NO! NO QUIERO TU «LIBERTAD».
julio 05, 2026
La palabra que más detesto y
desprecio del imaginario colectivo anglosajón es, precisamente, libertad. No
conozco vocablo más prostituido, más envilecido y más putrefacto que ese cuando
pasa por el filtro de la retórica anglosajona. Estoy dispuesto a combatir esa
mal llamada libertad anglosajona, porque he visto los ríos de sangre derramados
en su nombre, igual que en nombre de la democracia y de los derechos humanos
convertidos en coartadas para la intervención, la conquista y la subordinación.
Qué curiosa libertad: siempre llega escoltada por sanciones, bombardeos,
bloqueos o invasiones, y luego exige gratitud a los sobrevivientes.
De modo que la crítica debe
apuntar al corazón mismo del engaño: esa noción de "libertad" que los
anglosajones o gringos, llamémoslos como prefiero, llevan dos siglos exportando
como si fuera el regalo supremo de la civilización. Pues bien, yo no la compro.
La rechazo sin reservas, con una negativa absoluta. Porque una palabra que ha
servido tantas veces para revestir de virtud la rapiña deja de ser un ideal y
pasa a ser un eslogan desechable. Y los eslóganes, por muy solemnes que se
pronuncien, no lavan la sangre que pretenden ocultar.
Porque esa libertad que pregonan
no es la nuestra. La libertad del anglo es la máscara hipócrita del expolio. Es
la libertad del lobo para devorar su propia manada; es la licencia que se toman
para instalar sus bases militares en puntos neurálgicos de nuestra geografía,
sin pedir permiso y sin rendir cuentas; es la soberbia con la que nos dictan
desde Washington los ajustes económicos que empobrecen a nuestros pueblos, bajo
el eufemismo de "estabilidad" y "buen gobierno". Su
libertad de mercado es nuestra condena a la miseria salarial y al despojo de
nuestros recursos naturales. Su libertad de expresión es la imposición cultural
de sus series, su música vacía y su visión del mundo, que nos coloniza el alma
mientras nos venden la idea de que somos "libres" por consumir sus
productos. Esa libertad, la que ellos defienden con bombas y con dólares, no es
más que el derecho del saqueador a seguir saqueando.
Por eso proclamo una ruptura. Una
fractura definitiva, sin vuelta atrás. No queremos integrarnos en su mundo, no
queremos ser sus socios menores ni sus jardineros tropicales. Queremos la
absoluta separación de su órbita. Su idea de "libertad" implica
nuestra subordinación perpetua; su democracia formal elige a sus lacayos
locales; su "orden internacional" legitima el bloqueo, el golpe de
Estado y la intervención encubierta cada vez que un pueblo intenta trazar su
propio destino sin su venia. No, mil veces no. No queremos su libertad,
queremos nuestra liberación, y esa solo puede alcanzarse en contra de ellos y
lejos de ellos.
Y no me vengan con el discurso
facilón de la protesta institucional o del activismo de salón. No me interesa
la coreografía antimperialista que ellos mismos toleran porque no les duele.
Esa falsa contracultura, esas marchas con consignas traducidas del inglés, esas
denuncias que no alteran un solo engranaje del sistema de dominación, son parte
del mismo circo. El ocupante anglo nos ha robado hasta el impulso genuino de la
rebelión; nos ha empaquetado una disidencia light que no inquieta a sus
generales ni a sus corporaciones. Ya basta de gestos. La ruptura que
necesitamos es violenta, es política, es económica y es espiritual. Es la
guerra cultural y material sin cuartel.
Solo existe una vía para salir de
esta telaraña: educarnos en la resistencia activa contra el ocupante y sus
aliados criollos. Asumir el conflicto descarnado, con todo lo que implica,
porque la verdadera liberación nunca ha sido un acto de simple desobediencia
civil, sino de choque frontal. Olvidémonos de las ideologías importadas que nos
dividen en izquierdas y derechas dóciles; lo que hace falta es un frente común
de todos los que, desde el indio, el campesino, el obrero o el soldado, digan
"basta" al dominio anglosajón. Esa convergencia de los excluidos, de
los nacionalistas populares y de los revolucionarios auténticos, que supere
viejos rencores y se una contra el enemigo común, es la única herramienta que
puede romper el cerco.
Un pensador de la resistencia
europea lo entendió mejor que nadie y lo dejó escrito en consignas que
deberíamos grabar a fuego en nuestras conciencias: la guerra revolucionaria
comienza atacando los bienes del imperio, luego aislando a sus representantes,
luego haciéndoles la vida imposible en nuestro propio suelo. Se trata de
expulsarlos de nuestra tierra. Por todos los medios. Y nosotros, en América
Latina, tenemos una deuda histórica con ese principio. Hemos visto cómo sus
bases militares operan impunemente, cómo sus agencias de inteligencia tejen
redes de contrainsurgencia, cómo sus empresas saquean el litio, el agua y el
petróleo mientras nos venden la ficción del "progreso". Pero también
hemos visto cómo, cuando un pueblo se alza sin pedir permiso, el miedo se
apodera de ellos.
Lamentablemente, en nuestra casa,
los círculos supuestamente contestatarios han demostrado una y otra vez su
veleidad. Prefieren el ruido mediático a la acción efectiva; se enredan en
disputas doctrinales mientras el enemigo avanza; desprecian a quienes realmente
empuñaron la lucha armada contra el imperio y, en cambio, reivindican a
personajes y operaciones que, en el fondo, fueron piezas del tablero de la
contrainteligencia yanqui. Esa confusión es imperdonable. Hay que tener el
coraje de distinguir al compañero de trinchera del infiltrado, al luchador real
del agitador de salón. Hay que valorar a quien actúa contra el ocupante, sin
importar su pasado, y señalar como enemigo a quien, aunque hable bonito,
termina haciendo el juego del invasor.
Así que, desde este rincón del
continente, lanzo mi sentencia: rechazo su libertad porque es mi cárcel.
Rechazo su democracia porque es mi opresión. Rechazo su cultura porque es mi
alienación. No quiero negociar, no quiero reformar, no quiero integrarme.
Quiero la ruptura. Quiero la fractura total. Quiero que nuestros hijos se críen
sin la sombra del tío Sam, sin sus bases, sin sus bancos, sin sus series, sin
sus deudas. Quiero que América Latina se convierta en un territorio vedado para
el anglo, en una muralla viva que le diga: "Aquí no pasas, tu libertad no
nos interesa".
Ojalá estas palabras no queden en
el olvido ni en el archivo de las buenas intenciones. La hora es de
definiciones. O seguimos siendo el patio trasero del imperio, bailando al son
de su libertad enlatada, o nos alzamos con la rebeldía de los pueblos que no se
dejan domeñar. Yo elijo la fractura. Yo elijo la guerra contra el gringo y
contra todos sus lacayos. Que suene claro y fuerte: no quiero tu libertad,
anglo. No la quiero, no la necesito, y haré todo lo posible para que tú tampoco
la disfrutes sobre mi tierra.
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