¿Qué busca Israel con el reconocimiento del genocidio armenio?
julio 08, 2026
El Estado de Israel se ha sumado
con pompa y boato a la selecta lista de 32 países que ya reconocen el genocidio
armenio, esa herida abierta en la memoria colectiva de un pueblo que durante
más de un siglo ha luchado por que el mundo no olvide la matanza perpetrada
bajo el gobierno de los Jóvenes Turcos durante la Primera Guerra Mundial. La
propuesta del ministro de Relaciones Exteriores, Gideon Sa'ar, fue aprobada por
unanimidad en el gabinete, y ahora solo espera la ratificación parlamentaria,
un trámite que huele a formalidad porque la decisión ya está tomada, ya está
lanzada la piedra, ya está encendida la mecha. Como era de esperar, en
Jerusalén, la Iglesia Armenia y la comunidad armenia de la Ciudad Santa
expresaron su agradecimiento, ese gesto automático y casi protocolario ante un
reconocimiento que durante décadas se les había negado, pero que ahora llega
como un regalo envenenado, como un abrazo que aprieta demasiado, porque todo el
mundo sabe, o debería saber, que este no es un acto de justicia histórica, sino
un misil de largo alcance lanzado contra la sensibilidad turca en medio de una
guerra de narrativas que no tiene nada de santa.
Porque la pregunta que nadie se
atreve a formular en voz alta pero que todos susurran en los pasillos de la
diplomacia es: ¿por qué ahora? ¿Por qué precisamente en este momento, cuando el
gobierno de Netanyahu está siendo llevado ante la Corte Internacional de
Justicia bajo la acusación de genocidio en Gaza? ¿Por qué ahora, cuando las
imágenes de niños palestinos desnutridos y hospitales bombardeados dan la
vuelta al mundo y manchan la imagen de Israel con una sangre que no es
metafórica? La respuesta es tan cínica como previsible: Israel ha decidido que
la mejor defensa es un buen ataque, y qué mejor ataque que desenterrar el
cadáver del genocidio armenio para escupirlo en la cara de Erdogan, justo
cuando el presidente turco se ha erigido en el más feroz acusador de la campaña
israelí en Gaza. Durante décadas, los sucesivos gobiernos israelíes mantuvieron
un silencio prudente sobre este tema, un silencio calculado para no tensar la
cuerda con una potencia regional estratégica como Turquía, miembro de la OTAN y
hasta hace no tanto un socio comercial y militar de peso. Pero ese silencio se
ha roto, no por un despertar ético, sino porque la relación con Ankara ya está
tan podrida, tan envenenada por los cruces personales entre Netanyahu y
Erdogan, por las divergencias en Siria, por el apoyo turco a Hamás y por la
competencia por la hegemonía en el Mediterráneo Oriental, que ya no hay nada
que perder. Si Turquía va a tachar a Israel de genocida, Israel responderá
llamando genocida a la propia Turquía, aunque para ello tenga que utilizar el
dolor de los armenios como un simple ariete, como una bala más en su arsenal
diplomático.
La reacción de Ankara no se ha
hecho esperar, y el Ministerio de Relaciones Exteriores turco ha calificado la
decisión de "política" y de un burdo intento de "encubrir sus
propios crímenes", recordando que Israel enfrenta un proceso en la Corte
Internacional de Justicia por la guerra en Gaza. Y no les falta razón, porque
la maniobra israelí es tan transparente como patética: reconocer un genocidio
histórico para desviar la atención del genocidio contemporáneo que se está
cometiendo a solo unos cientos de kilómetros, mientras los hospitales se quedan
sin electricidad y los camiones de ayuda humanitaria esperan en la frontera.
Erdogan, en su papel de azote de Israel, ha declarado en un acto de su partido
que en Gaza "se ha cometido un genocidio" y que "sin dudas les
pediremos cuentas por ello", y Netanyahu, en su papel de martir
incomprendido, responde señalando el apoyo turco a Hamás y el discurso hostil
de Ankara, como si eso justificara el bombardeo de escuelas y la inanición de
una población civil atrapada. Es el combate de los titanes del cinismo, una
pelea de barro donde ambos se arrojan el fango del dolor ajeno, y donde las
víctimas reales, los armenios de 1915 y los palestinos de 2024, son meros
espectadores forzados a ver cómo su sufrimiento se convierte en munición para
la guerra de egos de dos líderes que no tienen nada de estadistas y todo de
matones de patio de colegio.
Pero la hipocresía israelí no se
detiene en Turquía, porque también salpica a Azerbaiyán, ese aliado estratégico
con el que Israel mantiene una relación tan sólida como letal. Bakú, que junto
con Ankara rechaza calificar la matanza de armenios como un genocidio por su
conflicto con Armenia en Nagorno Karabaj, ha manifestado su "profunda
preocupación" por la decisión israelí, y ha pedido a Jerusalén que
reconsidere su postura. Pero, y aquí está la gran contradicción que desnuda la
farsa, a pesar de las palabras de rechazo, la relación estratégica entre Israel
y Azerbaiyán continúa siendo tan sólida como siempre: Tel Aviv sigue siendo uno
de los principales proveedores de armamento de Bakú, y Azerbaiyán sigue
abasteciendo una parte importante del petróleo que consume Israel. Es decir, el
reconocimiento del genocidio armenio no ha movido ni una aguja en el tablero
real del Cáucaso, porque Israel sabe perfectamente que su alianza con Bakú es
mucho más valiosa que cualquier gesto simbólico hacia Ereván, y que puede
permitirse el lujo de ofender a los armenios con una mano mientras con la otra
sigue armando a sus verdugos. Es la esquizofrenia moral hecha política
exterior, la capacidad de sostener dos discursos completamente contradictorios
sin inmutarse, sabiendo que el mundo ya está tan acostumbrado a su doble rasero
que apenas se sorprende.
Y en medio de este lodazal
geopolítico, los armenios, tanto los de la diáspora como los de la República,
se encuentran en una posición tan ridícula como desesperante. La comunidad
armenia en Jerusalén ha agradecido el reconocimiento, como no podía ser de otra
manera, pero el gobierno de Pashinyan ha sido notablemente frío, declarando que
no ve "ninguna necesidad de responder" y negándose a celebrar lo que
debería ser una victoria histórica. Esa frialdad es la respuesta más elocuente:
Ereván sabe que el reconocimiento israelí no va a devolver ni un metro de los
territorios perdidos en Nagorno Karabaj, no va a detener la alianza militar
entre Israel y Azerbaiyán, y no va a garantizar su seguridad frente a la
hostilidad turca. Es un gesto vacío, un fuego de artificio que ilumina por un instante,
pero no calienta nada, y que además llega manchado por la sangre de Gaza, por
las bombas israelíes que siguen cayendo sobre un pueblo que también pide
justicia y reconocimiento por su propio genocidio en curso. Porque, ¿cómo
pueden los armenios abrazar un reconocimiento que viene de un Estado que está
siendo acusado en La Haya de cometer el mismo crimen que ellos sufrieron? ¿Cómo
pueden sentirse honrados cuando el verdugo de Gaza se erige en juez de la
historia turca?
Este movimiento israelí no es, en
el fondo, más que un espejismo geopolítico, una cortina de humo que no engaña a
nadie excepto quizás a los más ingenuos. Al sumarse a los países que reconocen
el genocidio armenio, Israel no está ganando ninguna batalla real, sino
mostrando al mundo su desesperación por cambiar el foco de atención, su
incapacidad para defender su propia conducta en Gaza y su decisión de incendiar
el tablero regional antes de admitir que ha perdido la partida moral. La
decisión puede interpretarse como un punto de inflexión en la política exterior
israelí, sí, pero no hacia una mayor coherencia ética, sino hacia una mayor
beligerancia y cinismo, donde la memoria histórica se convierte en un arma
arrojadiza y los principios en un traje a medida que se pone o se quita según
el enemigo al que se quiera dañar. Y al final, lo único que queda claro es que,
para Israel, el reconocimiento del genocidio armenio no es un acto de justicia,
sino un acto de guerra contra Turquía, y que los armenios, una vez más, son los
grandes perdedores de esta historia, utilizados como peones en un tablero que
no controlan, y obligados a aceptar un reconocimiento que sabe a ceniza porque
viene de una mano manchada de escombros y de sangre contemporánea. Esa es la
gran tragedia, y la gran vergüenza, de esta farsa diplomática que el mundo
aplaude sin entender, o que entiende demasiado bien y prefiere mirar hacia otro
lado.
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