La relación del hondureño con los animales

agosto 09, 2026

 



No, no es una percepción. Es una de esas verdades que se cuelan en la garganta como una espina de róbalo y que no te dejan tragar tranquilo. Ustedes saben, querido lector, que este servidor ha visto pasar demasiados gobiernos democráticos que prometieron el cielo y entregaron un purgatorio con goteras, demasiados paquetes de ajuste que siempre ajustan el bolsillo del de abajo, demasiados políticos creyéndose mesías con turbante, como para sorprenderme todavía por la capacidad de daño del homo sapiens hondureño. Pero el asunto de los animales tiene algo especial; no es solo violencia, es una filosofía de andar por casa que convierte al ser vivo en un mueble viejo. Y no, no es que todos los hondureños sean monstruos; eso sería un chiste fácil de mal gusto, y yo, aunque cansado, todavía tengo buen gusto. Lo que pasa es que la normalidad, en esta tierra, es una señora muy mal educada que llega y se sienta en el sofá de tu casa sin pedir permiso, y esa señora se llama indiferencia crónica.

 

Vamos a empezar por el principio, que es el final, para no aburrir. ¿Recuerdan el caso del guardia de seguridad, ese tal Johnny Javier Mejía Díaz, en San Manuel, Cortés? Para quien no lo sepa, este caballero, en septiembre de 2025, decidió que la mejor manera de resolver su aburrimiento laboral era amarrar a un perro y lanzarlo por encima de una reja a un estanque de cocodrilos. La imagen es digna de una película de Tarantino, pero sin la estética ni la gracia. El perro, al caer, nadó como un condenado, pero los cocodrilos, que son animales honestos y no fingen ser lo que no son, hicieron lo suyo. Lo más deliciosamente grotesco del asunto, lo que a mí me hizo soltar un gesto de incredulidad que se quedó grabado en mi cara por horas, fue el audio: una voz de fondo que dice “Apúrate, tíralo”. ¿Acaso alguien cree que eso fue un arrebato de ira? No, querido lector. Eso fue un acto de planificación logística, un trabajo en equipo, un momento de esparcimiento familiar. La crueldad, en estos lares, es un deporte de equipo. La empresa lo despidió (qué generosos), y la justicia, con su ritmo de caracol anestesiado, emitió una orden de captura en noviembre. Pero la pregunta que me ronda es: ¿cuántos juicios por daños y perjuicios emocionales le haríamos al sistema educativo que parió a ese señor? La respuesta es: ninguno, porque el sistema educativo andaba de vacaciones.

 

Pero no nos vayamos por las ramas, aunque las ramas son más interesantes que el tronco. Hablemos de los caballos, esas criaturas nobles que en cualquier país medianamente civilizado son tratadas como atletas de élite o jubiladas con pensión vitalicia en un prado. En Honduras, el caballo es un tractor de carne y hueso que circula al lado de camionetas del año. La escena es casi surrealista: un Ford Mustang del 2025, con aire acondicionado y pantalla táctil, se detiene en un semáforo al lado de un caballo flaco, sudoroso, arrastrando una carreta llena de chatarra oxidada con una cadena que le desgarra el hocico. ¿Parecemos un país del siglo XVII? No, porque en el siglo XVII al menos se les daba de comer antes de la jornada. En septiembre de 2024, en San Pedro Sula, un video mostró a un caballo que se desplomó en plena calle, muerto, con la carga aún puesta. Los dueños, en lugar de arrodillarse y pedir perdón a la naturaleza, intentaron levantarlo jalándole la cola. ¡La cola! Eso no es ignorancia, eso es una declaración de principios: el animal es un objeto, y si el objeto no funciona, se le da un golpe en la tapa. Y la práctica sigue vigente, como si el tiempo se hubiera detenido y la rueda de la historia solo girara para los que tienen aire acondicionado. Es como intentar vaciar el océano con un vaso de agua; loable, pero patéticamente inútil mientras la cultura del “jalón de cola” siga siendo patrimonio nacional.

 

Volviendo a lo nuestro. El caso del perro Spike, en Choloma, es otro manual de instrucciones de cómo no hacer las cosas. A principios de agosto de 2026, un conductor arrastró a su propio perro amarrado a la camioneta. El pobre animal, que además sufría desnutrición crónica, iba como un trapo sucio por el asfalto. La justicia municipal, en su infinita sabiduría, dictaminó una multa de 5,000 lempiras (unos 186 dólares) por ser “primera infracción”. ¡Cinco mil lempiras! Con eso no pagas ni la factura del veterinario de un canario. Pero celebremos la magnanimidad del sistema, que castiga el arrastre de un ser vivo con el precio de un celular de gama baja. ¿No les parece una metáfora perfecta de nuestra economía? La vida de un perro vale menos que un teléfono chino. Y mientras tanto, los legisladores, esos señores trajeados que parecen salidos de una telenovela de bajo presupuesto, discuten si subir la pena a 6 años. Seis años por matar a un animal con saña; suena a mucho, pero en un país donde la mayoría de los asesinos de humanos están libres, ¿acaso alguien cree que ese proyecto va a ser más que un brindis al sol sin copa? Es como ponerle candado a la puerta del gallinero después de que el zorro ya se comió a las gallinas, la cocinó y se fue de vacaciones.

 

Hablemos de la joya de la corona: la exención legal. La ley de protección animal, aprobada en 2015 con bombo y platillo, excluye explícitamente a las peleas de gallos y las corridas de toros. ¿La razón? “Folklore nacional”. Ah, el folklore. Con esa palabra mágica se justifica todo. Si mis tatarabuelos se entretenían viendo a dos gallos desgarrarse hasta la muerte, ¿por qué voy a ser yo más papista que el Papa? Pero esperen, que aquí viene mi digresión favorita: mis tatarabuelos también se limpiaban las nalgas con hojas de plátano y se curaban la fiebre con sanguijuelas, pero no veo a nadie reivindicando el hojas-plátano como patrimonio intangible de la humanidad. El folklore es la excusa perfecta del vago y del cruel; es la manera elegante de decir “yo no cambio porque me da pereza pensar”. Personifiquemos a la Ley, esa señora bipolar que da penas duras en el papel y multas ridículas en la realidad.

 

¿La raíz de todo esto? La educación. O la falta de ella. Y aquí voy a ser cruel, porque la verdad es cruel, pero no me gusta endulzar el veneno. El hondureño promedio, con su promedio de 6.9 años de escolaridad, no es que sea malo; es que es analfabeto funcional en términos de empatía. No le enseñaron que un perro siente dolor, que un caballo tiene cansancio, que un cocodrilo no es un contenedor de basura orgánica. El sistema educativo falla, la familia falla, la iglesia también falla en su misión de predicar con el ejemplo. Existe una desconexión profunda entre la carne que se mueve y la carne que se come. Y no me vengan con cuentos de que en el campo se necesita usar caballos porque no hay tractores. Eso es un argumento de pobreza, no de ética. Si no hay tractores, no se jode al caballo hasta que revienta; se le da descanso, se le da agua, se le respeta. Pero el capitalismo liberal, esa ideología que algunos defienden con uñas y dientes como si fuera una religión, convierte todo en plusvalía. El caballo no es un compañero de trabajo; es un recurso amortizable. La perra no es una madre; es una fábrica de cachorros para vender en el mercado informal. Es la cosificación perfecta, el triunfo del precio sobre la vida.

 

Y sí, hay gente buena. Hay rescatistas que gastan su sueldo en comida para perros callejeros, hay veterinarias que trabajan gratis, hay activistas que se enfrentan a policías y a dueños iracundos. A ellos les dedico un brindis de agua fresca, de esa que sabe a esfuerzo y a madrugada. Pero son como los que reman en un Titanic que ya se hundió; su labor es heroica, casi divina, pero no detiene la calamidad. Son la excepción que confirma la regla de que la mayoría, la gran mayoría, pasa de largo cuando ve un perro atropellado. Pasan de largo porque van viendo el teléfono, porque el WhatsApp es más importante que la vida.

 

Para cerrar este sermón laico, permítanme una cita de Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”. Pues bien, la circunstancia del animal hondureño es un infierno circular. El maltrato animal no es un accidente; es el síntoma de una sociedad que ha perdido la brújula del asombro y la piedad. Mientras la impunidad sea el pan nuestro de cada día, mientras el “folklore” sea un escudo para la barbarie, y mientras educar en ética sea menos prioritario que educar para pasar un examen, los animales seguirán siendo las víctimas silenciosas de un país que se jacta de ser “civilizado” pero que practica el sacrificio pagano a diario. Que el lector no se olvide: la grandeza de una nación se mide por cómo trata a sus animales, y si medimos a Honduras por esa vara, estamos en el sótano del sótano. La próxima vez que vean a un caballo arrastrar una carreta bajo el sol, no miren para otro lado. Miren, enfréntense a esa imagen, y pregúntense si eso es el país que quieren. Porque si no, la única diferencia entre nosotros y ese guardia que tiró el perro a los cocodrilos es la oportunidad de hacerlo, no las ganas. Y eso, querido lector, es lo que da verdadero miedo.

Fuente:

  • 1. HRN. “¡Qué barbaridad! Guardia de seguridad lanza un perro a cocodrilos; video se vuelve viral”. hrn.hn, 24 de septiembre de 2025.
  • 2. HRN. “Capturan a guardia de seguridad que lanzó un perro a cocodrilos”. hrn.hn, 8 de noviembre de 2025.
  • 3. Infobae. “Honduras: multan a un hombre por arrastrar a su perro amarrado a una camioneta”. infobae.com, 4 de agosto de 2026.
  • 4. Tiempo.hn. “¡Otro caballo muere en San Pedro Sula! Denuncian maltrato animal”. tiempo.hn, 31 de mayo de 2024.
  • 5. La Prensa. “Caballo de carga cae muerto en el centro de San Pedro Sula”. laprensa.hn, 24 de mayo de 2024.
  • 6. Ley de Protección y Bienestar Animal, Decreto No. 82-2015. Congreso Nacional de Honduras. (Exclusión de peleas de gallos y corridas de toros por “folklore nacional”).
  • 7. El Pueblo. “Encuentran a perrita maltratada cerca del Hospital Escuela”. elpueblo.hn, 3 de junio de 2026.
  • 8. Tiempo.hn. “Perra Estrellita es rescatada en Tegucigalpa”. tiempo.hn, 2 de junio de 2026.
  • 9. Dirección Policial de Investigaciones (DPI). Balance de delitos de maltrato animal 2026. (Citado en medios nacionales como El Heraldo y Tiempo.hn).
  • 10. El Heraldo. “Endurecerán penas a maltratadores de animales”. elheraldo.hn, 28 de mayo de 2026.
  • 11. Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Informe de Desarrollo Humano 2020 - Honduras. (Dato de 6.9 años de escolaridad).
  • 12. Instituto Nacional de Estadística (INE). Encuesta Permanente de Hogares de Propósitos Múltiples (EPHPM). (Datos de escolaridad).
  • 13. Código Penal de Honduras. Artículo 341. Decreto No. 130-2014. (Penas de 3 a 5 años de prisión por maltrato animal).


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