¿QUÉ ENSEÑÓ LA CAÍDA DE LA URSS AL PARTIDO COMUNISTA CHINO?
agosto 09, 2026
Confiesen lo que les voy a
contar: la Historia, esa dama caprichosa, bebedora y con querencia por las
ironías baratas, casi nunca viene sola. Llega siempre acompañada de su hermana
gemela, la Memoria, y de un primo lejano, el Olvido, que es, con diferencia, el
más trabajador de los tres. Ustedes saben de qué hablo: de esos relatos que nos
cuentan los vencedores, los académicos y los manuales escolares, y que uno
repite durante décadas sin preguntarse demasiado por qué. Pues bien. Hablemos
de China y de la Unión Soviética, pero no para repetir la vieja película de
buenos contra malos, ni para convertir la historia en un concurso de virtudes
ideológicas. Hablemos de algo bastante más interesante: de cómo una potencia
observó la desintegración de otra y convirtió aquella experiencia en una
lección estratégica. De cómo Pekín estudió el derrumbe soviético no como quien
contempla un cadáver ajeno, sino como quien examina una enfermedad que podría
aparecer algún día en su propia casa. Y aquí comienza la historia.
A comienzos del siglo XX, China
era técnicamente un imperio, pero un imperio con las costuras abiertas. La
Revolución Xinhai de 1911 puso fin a la dinastía Qing y abrió el camino a la
República, proclamada en 1912. El problema fue que derribar una estructura
política resulta bastante más sencillo que construir otra. La monarquía
desapareció, pero el Estado no adquirió de repente la capacidad de gobernar un
territorio gigantesco, fragmentado y sometido a presiones internas y externas.
El vacío fue ocupado por señores de la guerra, facciones militares, intereses
regionales, potencias extranjeras y toda clase de actores que entendieron
rápidamente que, cuando el centro pierde fuerza, la periferia empieza a
escribir sus propias reglas. ¿Acaso alguien cree que la caída de un régimen se
resuelve como quien cierra una tienda de campaña? Quien piense eso, que levante
la mano y le explico con calma dónde está el error. La realidad suele ser
bastante menos elegante: cae una estructura, pero permanecen las instituciones
rotas, las rivalidades, las desigualdades, las memorias y las ambiciones que
aquella estructura contenía. La República china nació, por tanto, con un
problema fundamental: tenía territorio, población y una historia milenaria,
pero carecía todavía de un centro político suficientemente fuerte para ordenar
todo aquello.
Y cuando el desorden se vuelve
crónico, siempre aparece alguien dispuesto a ofrecer una explicación. La
Revolución rusa de 1917 tuvo precisamente ese efecto. Sus ideas llegaron a
China en un momento en que buena parte de la intelectualidad buscaba respuestas
para una pregunta mucho más profunda: cómo reconstruir un país que había
sufrido décadas de intervención extranjera, fragmentación política y pérdida de
soberanía. El marxismo encontró allí un terreno fértil, pero reducir el
fenómeno a una simple importación ideológica sería demasiado fácil. Para muchos
intelectuales chinos de la época, aquello no era únicamente una doctrina
económica o una teoría sobre la lucha de clases. Era también una propuesta de
modernización, organización y recuperación de la capacidad estatal. En 1919, el
Movimiento del Cuatro de Mayo convirtió esa búsqueda en movilización política.
Estudiantes, intelectuales y otros sectores urbanos salieron a las calles
después de que las decisiones de la Conferencia de Paz de París confirmaran que
los intereses chinos podían ser negociados por las grandes potencias sin
demasiado interés por la voluntad china. Aquello produjo una mezcla
particularmente poderosa: nacionalismo, modernización y búsqueda de justicia
social. Y esa combinación sería decisiva.
En 1921 se fundó el Partido
Comunista de China. Su historia posterior suele contarse como una sucesión de
batallas entre doctrinas y ejércitos, pero debajo de las guerras había una
cuestión mucho más elemental: quién sería capaz de construir un Estado chino
suficientemente fuerte para sobrevivir a la fragmentación interna y a la
presión exterior. Ahí está una de las claves que suelen perderse cuando la
historia se convierte en propaganda. Mao Zedong comprendió que la estructura
social china no era la de la Europa industrial que habían imaginado buena parte
de los primeros teóricos marxistas. China era fundamentalmente rural. El
campesinado no era un elemento secundario: era la mayoría del país. Mao
convirtió esa realidad en estrategia. La guerra revolucionaria dejó entonces de
ser únicamente una disputa por el control de las ciudades y pasó a convertirse
en una lucha prolongada por construir autoridad política en el campo, organizar
comunidades, crear estructuras administrativas y, sobre todo, demostrar que el
movimiento podía ejercer funciones que el Estado existente no era capaz de
ejercer. Cuando Japón invadió China, el conflicto adquirió otra dimensión. La
guerra obligó a diferentes fuerzas políticas a coexistir frente a un enemigo
externo. Y cuando Japón finalmente fue derrotado, el Partido Comunista había
acumulado algo más importante que territorio: había construido organización,
disciplina, cuadros políticos y una narrativa nacional que vinculaba su
proyecto con la supervivencia del país. En 1949, Mao proclamó la República
Popular China. Y entonces comenzó otra historia: la historia de cómo conservar
el poder una vez conquistado.
Durante los primeros años, China
mantuvo una relación estrecha con la Unión Soviética. Moscú proporcionó
asistencia técnica, formación, asesoramiento industrial y modelos
institucionales. Pekín observaba a la URSS como una referencia de modernización
acelerada y construcción estatal. Pero la relación nunca fue completamente
simétrica. Moscú quería influencia; Pekín quería autonomía. Y esa diferencia
terminaría siendo fundamental. Después de la muerte de Stalin en 1953, Nikita
Jrushchov impulsó una revisión de algunas de las políticas soviéticas
anteriores y promovió una coexistencia más estable con las potencias
occidentales. Para Mao, aquello no representaba simplemente una modificación
doctrinal. Era también una cuestión estratégica: ¿hasta qué punto podía China
aceptar que otra potencia definiera el ritmo y los límites de su propio
proyecto? La ruptura sino-soviética no fue, por tanto, únicamente una discusión
sobre Marx, Stalin o Jrushchov. Fue también una disputa entre dos centros de
poder que compartían determinadas ideas, pero que tenían intereses nacionales
cada vez más diferentes. Y aquí aparece una de las características más
interesantes de la experiencia china: su capacidad para convertir los
conflictos externos en instrumentos de aprendizaje interno.
Tras la etapa de Mao, China entró
en una nueva fase de transformación. Con Deng Xiaoping apareció una idea que
terminaría modificando el rumbo del país durante las décadas siguientes: «No
importa si el gato es blanco o negro, mientras cace ratones». La frase resumía
una nueva lógica política: el debate dejó de girar exclusivamente alrededor de
la pureza ideológica y comenzó a concentrarse en algo mucho más pragmático, qué
políticas funcionaban y cuáles no. China no abandonó el monopolio político del
Partido Comunista, pero comenzó a introducir mecanismos de mercado, inversión
extranjera, apertura comercial, experimentación regional y nuevas formas de
producción. Primero fueron determinadas zonas. Después, determinadas
provincias. Luego, sectores enteros de la economía. No fue una revolución
instantánea ni una ruptura completa con el modelo anterior. Fue una sucesión de
experimentos. Y esa palabra, experimento, resulta mucho más importante de lo
que parece. China comenzó a gestionar su transformación como un enorme
laboratorio político y económico: se probaba una reforma, se observaban sus
resultados, se corregían los errores y, cuando funcionaba, se ampliaba a una
escala mayor. El objetivo no era importar mecánicamente un modelo extranjero,
sino descubrir qué combinación de mercado, planificación, inversión y control
estatal podía producir crecimiento sin poner en cuestión la estructura política
del Estado. No era liberalización política. Tampoco era planificación económica
clásica. Era algo mucho más peculiar: una economía que incorporaba mecanismos
de mercado dentro de un sistema políticamente controlado.
Y entonces llegó 1989. Mientras
Mijaíl Gorbachov intentaba reformar la Unión Soviética mediante la apertura
política y económica, China observaba con enorme atención. Tiananmén fue una
tragedia y también un punto de inflexión. La dirigencia china interpretó los
acontecimientos no únicamente como una protesta interna, sino como una
advertencia sobre lo que podía ocurrir cuando la apertura política avanzaba más
rápido que la capacidad del Estado para controlar las fuerzas que ella misma
liberaba. Después llegó diciembre de 1991. La Unión Soviética desapareció. Y
para Pekín aquello fue mucho más que el final de una superpotencia. Fue un caso
de estudio. China comenzó a preguntarse una cuestión brutalmente sencilla:
¿cómo puede un Estado evitar terminar como terminó la URSS? La respuesta china
fue construyéndose durante décadas. No abrir simultáneamente todos los frentes.
No desmontar el aparato político mientras se transforma la economía. No
permitir que las élites económicas se independicen completamente del Estado. No
perder el control territorial. No permitir que las identidades regionales
sustituyan a la identidad nacional. Y, sobre todo, no permitir que el Partido
deje de considerarse a sí mismo como el núcleo organizador del Estado.
Aquí es donde la experiencia
soviética se convierte en una especie de espejo para China. No porque Pekín
considere que la URSS fuera simplemente un fracaso, sino porque reconoce que
fue una experiencia histórica extraordinaria: una potencia continental, industrial,
militar y científica que consiguió construir un sistema político capaz de
sobrevivir durante décadas y que, sin embargo, terminó desintegrándose con una
velocidad sorprendente. La pregunta china nunca fue solamente «¿por qué cayó la
Unión Soviética?». La pregunta verdaderamente importante fue: «¿qué debemos
evitar para que nosotros no terminemos igual?». Y ahí comienza el verdadero
interés de Xi Jinping. Cuando Xi llegó al poder en 2012, la experiencia
soviética ya formaba parte del archivo estratégico del Partido. La corrupción,
la pérdida de disciplina interna, el envejecimiento de las estructuras
políticas, la desconexión entre las élites y la sociedad y la pérdida de
cohesión territorial eran observados como posibles vulnerabilidades. La frase «nadie
salió en su defensa» resume una preocupación profunda: un sistema político
puede tener instituciones, edificios, funcionarios y fuerzas de seguridad, pero
si pierde completamente la capacidad de generar identificación y legitimidad
social, su resistencia puede ser mucho menor de lo que aparenta.
Por eso Xi combinó varias cosas
que a primera vista parecen contradictorias: centralización política,
disciplina partidaria, campaña anticorrupción, fortalecimiento ideológico,
nacionalismo, desarrollo tecnológico y continuidad de la apertura económica bajo
supervisión estatal. Y aquí aparece quizá la transformación más interesante.
China ya no necesita presentarse únicamente mediante categorías importadas.
Puede recurrir simultáneamente a Marx, a Mao, a Deng y a Confucio. Eso, más que
una contradicción, revela una característica esencial del modelo chino
contemporáneo: su capacidad para construir continuidad utilizando materiales
procedentes de épocas diferentes. Confucio proporciona tradición. Mao
proporciona revolución y soberanía. Deng proporciona pragmatismo económico. El
Partido proporciona continuidad institucional. Y el nacionalismo proporciona el
elemento emocional que une todas esas piezas. Es una arquitectura política
bastante más sofisticada que la simple etiqueta de «comunismo». Y quizá ahí reside
una de las claves para entender por qué China no siguió el mismo camino que la
Unión Soviética.
No se trata de decir que un
modelo fue bueno y el otro malo. Se trata de entender que ambos enfrentaron
problemas diferentes y tomaron decisiones diferentes. La URSS intentó reformar
simultáneamente su economía y su sistema político en un momento de enorme
fragilidad institucional. China hizo prácticamente lo contrario: reformó
primero la economía, experimentó territorialmente, mantuvo el núcleo político y
amplió gradualmente aquello que consideraba exitoso. La diferencia de secuencia
fue decisiva. Pero aquí debemos tener cuidado, porque sería un error convertir
la experiencia soviética en una explicación total de la China contemporánea.
China no es simplemente una URSS que aprendió de sus errores. Es el resultado
de una historia mucho más larga. Está la tradición administrativa imperial,
está la experiencia de las guerras del opio, está el llamado «siglo de las
humillaciones», está la invasión japonesa, está la guerra civil, está la
memoria de la fragmentación territorial, está el enorme proceso de industrialización,
está la transformación de cientos de millones de personas de una economía rural
a una sociedad urbana y está, sobre todo, una concepción histórica del Estado
que no puede explicarse únicamente desde las categorías políticas europeas.
Por eso quizá la pregunta
correcta no sea por qué China «sigue siendo comunista». Esa pregunta ya
contiene la respuesta que pretende encontrar. La pregunta más interesante es
otra: ¿qué tipo de sistema político ha construido China a partir de la combinación
entre tradición estatal, revolución, nacionalismo, mercado y control político?
Esa pregunta es bastante más incómoda, porque obliga a abandonar las etiquetas
fáciles. Y también obliga a reconocer algo que suele resultar difícil tanto
para admiradores como para detractores de China: los sistemas políticos no
sobreviven simplemente porque sean fuertes. Sobreviven cuando consiguen
adaptarse. La Unión Soviética dejó de adaptarse en determinados aspectos y,
cuando intentó hacerlo de manera acelerada, descubrió que algunas estructuras
podían ser más frágiles de lo que parecían. China aprendió de aquello. Pero
también ha creado su propio problema. Porque un sistema construido alrededor de
la continuidad política puede volverse extraordinariamente resistente y, precisamente
por eso, puede desarrollar una dificultad igualmente extraordinaria para
reconocer cuándo necesita cambiar.
Ese es el verdadero interrogante.
No si China será «comunista» dentro de cincuenta años. Eso es casi irrelevante.
La pregunta es si el sistema chino será capaz de seguir adaptándose sin
destruir las mismas estructuras que le han permitido sobrevivir. Porque la
historia tiene una costumbre desagradable: nunca repite exactamente sus
tragedias. Las recicla. Y las devuelve con otro nombre. La Unión Soviética
pensó que podía reformarse sin perder el control. China ha construido buena
parte de su estrategia precisamente para evitar ese escenario. Pero China
también corre el riesgo inverso: creer que un sistema que ha demostrado una
extraordinaria capacidad de adaptación puede continuar adaptándose
indefinidamente sin modificar sus fundamentos. Ahí está la incógnita. Y quizá
esa sea la verdadera lección de la autopsia soviética: no que un sistema haya
vencido a otro, no que una ideología haya derrotado a otra, sino algo mucho más
elemental y mucho más incómodo: los Estados que sobreviven son aquellos capaces
de aprender de la historia antes de convertirse ellos mismos en historia. Lo
demás, señores, es literatura. Y la literatura, como sabemos, suele empezar
precisamente donde terminan los archivos.
Fuente:
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