No, no y no: Honduras no fue la víctima de la guerra de las 100 horas

agosto 25, 2026

 



Mire, usted y yo sabemos que la historia la escriben los vencedores, pero también la escriben los que tienen mejores relaciones públicas. Y en este caso, la propaganda funcionó tan bien que todavía hoy, más de cincuenta años después, hay quien se cree que aquello fue una pelea de bar por un partido de fútbol. Como si dos países se mataran porque un árbitro pitó un penal dudoso. Por favor. Pero bueno, ya se sabe: la verdad es la primera víctima de la guerra, y la segunda es el sentido común.

 

Vamos a ver. Ustedes saben que El Salvador es el país más pequeño de Centroamérica, un huevo en una canasta, con una densidad de población que haría palidecer a una colonia de hormigas. Y Honduras, al lado, era un gigante dormido, con montañas, selvas y un montón de tierra que ni siquiera pisaban los dueños. Pues bien, durante décadas, los campesinos salvadoreños hicieron lo que hace la gente cuando no tiene dónde caerse muerta: emigrar. Cruzaron la frontera, se pusieron a trabajar, a sembrar, a construir casas, a formar familias. Y no fue cosa de unos pocos. Hablamos de trescientas mil personas. Trescientos mil brazos, trescientas mil espaldas que sudaron para levantar la producción bananera y el comercio local. Y no llegaron ayer, no: llevaban generaciones. Los abuelos de esos campesinos ya estaban allí, y los bisabuelos también. Eran hondureños de hecho, aunque el papel dijera otra cosa.

 

Pero claro, la memoria es un lujo que no se pueden permitir los poderosos. Porque un buen día, a finales de los sesenta, el gobierno hondureño se dio cuenta de que tenía un problema. Los campesinos hondureños empezaban a protestar por la tierra, por el hambre, por el desempleo. Y el gobierno, ese gobierno del general López Arellano, en lugar de mirar a los latifundios o a la United Fruit Company, que se llevaban el mejor pastel, hizo lo más fácil y lo más ruin: señalar al extranjero. Ah, claro, la culpa es de los salvadoreños. Ellos vienen, nos quitan el trabajo, nos bajan los salarios, nos ensucian las calles. Ya saben el discurso, el mismo de siempre, el del chivo expiatorio. Es un clásico de la humanidad, como el amor o el hambre.

 

Y entonces empezó la fiesta. No la del fútbol, sino la del odio. Los periódicos, la radio, todo el aparato propagandístico del Estado se puso a escupir veneno. ¿Que cómo llamaban a los salvadoreños? Pues “guanacos”, que en origen significa algo así como “hermanos” en lengua lenca, pero claro, en boca de un nacionalista se convierte en el peor insulto. Y no se quedaron ahí. Circularon volantes, carteles, consignas. Uno de ellos decía: “Salvadoreño, si te crees decente, por decencia abandona Honduras. Guanaco, si eres como la mayoría: ladrón, borracho, vividor, maleante o rufián, no te queremos en Honduras. Márchate o espera tu castigo”. Y luego, para rematar: “Y si por súplicas de la OEA el gobierno acepta guanacos, el pueblo debe rechazarlos”. ¿Se dan cuenta? No era una simple bravuconada de borrachos en un bar. Era una campaña orquestada, con financiación, con medios, con la bendición del palacio presidencial. Era el preludio de algo peor.

 

Porque, claro, las palabras tienen consecuencias. Y si usted llama “rata” a su vecino durante semanas, no se extrañe si un día aparece un tipo con un palo dispuesto a matar ratas. Así funcionó. Apareció “La Mancha Brava”. Un grupo paramilitar, medio escuadrón de la muerte, medio pandilla de matones, que con la cobertura del gobierno se dedicó a perseguir, aterrorizar, mutilar y asesinar a salvadoreños. No eran soldados enemigos, eran civiles, familias enteras, con sus hijos y sus viejos. Los sacaban de sus casas, los golpeaban, los arrastraban, los mataban. ¿Y qué hacía el gobierno? Mirar para otro lado, o peor, alentar la cacería. Porque esa era la idea: limpiar el país de “guanacos”. Y para que no quedaran dudas, en el ejército y en la policía había oficiales que colaboraban con los paramilitares. Y el que no colaboraba, callaba.

 

Y luego, la joya de la corona: la reforma agraria. ¿Sabe lo que hizo Honduras? En lugar de tocar los latifundios de los oligarcas criollos o las bananeras gringas, decidió expropiar las tierras que trabajaban los salvadoreños. Sí, esas tierras que ellos mismos habían desbrozado, sembrado y hecho productivas durante generaciones. Las confiscaron, y ¿a quién se las dieron? ¿A los campesinos hondureños sin tierra? No, no, no seamos ingenuos. Se las dieron a los amigos del régimen, a la oligarquía criolla, a los que llamaban “los turcos”, a los banqueros, a los especuladores. Fue un latrocinio perfecto: echaron a los dueños legítimos, se quedaron con la propiedad, y encima quedaron como los héroes nacionales. Usted me dirá que eso es de cine, pero es más viejo que la mentira. Es el cuento de siempre: la tierra se la queda el que tiene el poder, no el que la trabaja. Y los campesinos hondureños, los que supuestamente iban a ser beneficiados, se quedaron con las manos vacías. La reforma agraria fue una pantalla, un truco de magia para que el público aplaudiera mientras el prestidigitador le robaba la cartera.

 

Pero el asunto no quedó en el robo. Hubo campos de concentración. Sí, como lo oye. La OEA documentó que para finales de agosto de 1969 había más de diez mil salvadoreños hacinados en estadios y recintos deportivos, convertidos en prisiones improvisadas. Ahí estaban, sin cargos, sin juicio, solo por el delito de haber nacido al otro lado de la frontera. Los sacaron de sus casas, los despojaron de todo, los metieron en esos campos y los tuvieron allí, a merced del hambre, la enfermedad y la violencia de los guardias. ¿Sabe qué les decían? “Aquí se quedan hasta que su gobierno nos pague los daños”. Una barbaridad, pero una barbaridad con su razonamiento: la misma lógica del que roba y exige rescate por el botín.

 

Y mientras tanto, en El Salvador, la indignación crecía. ¿Cómo no iba a crecer? Las noticias llegaban de familiares, de refugiados que huían con lo puesto, contando historias de asesinatos, de torturas, de humillaciones. ¿Acaso alguien cree que un gobierno puede mirar impasible cómo su propia gente es masacrada al otro lado de la frontera? Claro que no. Y no es que el gobierno salvadoreño fuera un santuario que imaginan los democratas liberales, que tampoco. Pero cuando el vecino te está pateando el gallinero, uno saca el machete, aunque sea un machete oxidado. Así que compraron armas en Europa, a escondidas de los gringos, y se prepararon.

 

Y el 14 de julio de 1969, el ejército salvadoreño cruzó la frontera. No fue una invasión motivada por el expansionismo, como dijo Honduras. Fue una respuesta, desproporcionada quizás, pero una respuesta. Y no fue una guerra de fútbol, fue una guerra de campesinos despojados, de familias destrozadas, de un pueblo que se negaba a seguir siendo el saco de boxeo de sus vecinos. Avanzaron rápido, como si el mismo coraje les empujara. Tomaron Nueva Ocotepeque, avanzaron por la carretera Panamericana y estuvieron a punto de llegar a Tegucigalpa. ¿Lo sabe? Estuvieron a ocho kilómetros de la capital. Ocho kilómetros. Más cerca de lo que muchos quieren recordar. Y si no entraron fue porque la OEA, esa misma organización que antes no había hecho nada para frenar la persecución, se puso en modo “apagafuegos” y presionó un alto el fuego. Pero no se equivoque: no fue por magnanimidad salvadoreña, fue porque los gringos y los intereses bananeros no querían una guerra larga que les desordenara el negocio. Y así, la OEA, que antes había sido cómplice por omisión, ahora se convertía en la salvadora de la patria hondureña. Qué bonito.

 

Ahora bien, no estoy aquí para justificar la invasión salvadoreña. La guerra causó miles de muertos, y la muerte siempre es un fracaso de la política. Pero hay que tener el valor de preguntarse: ¿qué esperaban que iba a pasar en Honduras? ¿Creían que los salvadoreños iban a quedarse de brazos cruzados mientras los metían en campos de concentración y les robaban sus tierras? ¿Creían que el aguante es infinito? No, el aguante se acaba, y cuando se acaba, estalla. Y en ese estallido, los soldados de ambos bandos, muchachos campesinos que no tenían nada que ver con los planes de los generales, se mataron entre sí. Ellos fueron las verdaderas víctimas, los carne de cañón de una élite que nunca pisó el lodo. Pero la culpa, la culpa histórica, no es de los soldados. Es de los que planearon el odio, de los que financiaron la propaganda, de los que se lucraron con el despojo.

 

¿Y qué pasó después? Pues que Honduras, con la ayuda de la comunidad internacional y su buena prensa, logró presentarse como la víctima agredida. Pero la Corte Internacional de Justicia, años después, le dio la razón en el diferendo fronterizo, y El Salvador perdió territorio. El Salvador, que había sido invadido por decenas de miles de refugiados, que tuvo que reubicar a su gente, que sufrió el colapso del Mercado Común Centroamericano, terminó pagando el pato. Y Honduras, que había cometido crímenes de lesa humanidad, se quedó con las tierras, con las propiedades robadas, y con la conciencia tranquila. Porque, claro, en la escuela hondureña no se enseña esto. Lo que se enseña es que los salvadoreños vinieron a invadir, que fueron los malos de la película. La historia la escriben los que tienen los libros de texto.

 

Así que, amigo lector, cuando alguien le hable de la Guerra del Fútbol, usted siéntese, pídase una cerveza, y cuéntele la verdad. La de los volantes, la de la Mancha Brava, la de los campos de concentración, la del robo de tierras. Y dígale que no hubo víctimas inocentes, hubo verdugos con corbata y cómplices con uniforme. Y que el único pecado de los salvadoreños fue ser trabajadores, ser pobres y haber nacido al otro lado de la raya. ¿Que por qué no me callo? Porque la memoria es un acto de justicia, aunque duela. Y porque el que no conoce su historia, está condenado a repetirla, pero, además, a pagarla dos veces. Y ya hemos pagado bastante, ¿no cree?

Fuente:

  • Hace 53 años Honduras generó la ‘Guerra del fútbol’” – Noticias La Gaceta
  • “La Guerra de las 100 horas con Honduras” – Diario Latino
  • “La ‘Guerra del Fútbol’” – Notimerica
  • “Cuando el fútbol generó una guerra” – Infobae
  • “Geopolítica y la isla Conejo” – El Diario de Hoy
  • “Testimonio de Policarpo Guevara” – elsalvador.com
  • “La Memoria de la Mal llamada ‘Guerra del Fútbol’” – Iberoamericana
  • “La guerra del fútbol” – Ryszard Kapuscinski
  • “El Salvador y Honduras 1970 - Antecedentes” – CIDH/OEA
  • “GUERRA EN CENTROAMERICA” – Revista UCA
  • “The ‘Football War’ and the Central American Common Market” – Vincent Cable / International Affairs
  • “El Salvador-Honduras War” – Encyclopaedia Britannica
  • “The Expulsion of Salvadorans from Honduras” – Oxford Research Encyclopedia
  • “La OEA y el conflicto Honduras-El Salvador” – Organización de los Estados Americanos
  • “La Mancha Brava” – Wikipedia


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