No tiene héroes ni ejemplos, se inventa ídolos falsos: el imaginario cultural de Honduras en la era de internet
agosto 11, 2026
Vamos a ver, vamos a ver.
Siéntese y présteme atención, porque esto no es un sermón: es un diagnóstico en
carne viva. Usted y yo sabemos que las preguntas incómodas son, precisamente,
las que más merecen una respuesta. Así que le pregunto, con toda la sorna del
mundo: ¿cuál es el imaginario cultural de Honduras? No me venga con el cuento
de que tenemos artistas, deportistas y figuras públicas, como si la simple
existencia de personas conocidas bastara para construir un imaginario cultural.
Porque si lo piensa detenidamente, si ha visto alguna vez una telenovela
mexicana, un sketch de Les Luthiers o siquiera un partido de la selección
brasileña, entenderá el problema: nosotros, en este rincón del istmo, tenemos
dificultades incluso para decidir qué figuras representan algo más que su
propia popularidad.
Y ese es precisamente el punto.
No se trata de decir que Honduras carece de talento, porque eso sería falso y
bastante cómodo. El problema es que carecemos de una estructura cultural capaz
de convertir ese talento en un relato colectivo. Tenemos individuos, pero no
referentes; tenemos personajes, pero no símbolos; tenemos popularidad, pero no
necesariamente trascendencia. Y cuando aparece alguien con millones de
seguidores, corremos desesperadamente a colocarlo en el lugar que debería
ocupar un imaginario cultural que todavía no hemos sabido construir.
Mire, México es un monstruo
cultural. Tiene a Frida Kahlo, que era una mujer con el alma pintada de azul y
dolor, y a Diego Rivera, que pintaba murales como si el mundo fuera un gran
mercado de ideologías. Tiene a Pedro Infante, que cantaba rancheras con la voz
de un despechado eterno, y a Chespirito, que nos enseñó que el Chavo del 8 era
la metáfora perfecta de la pobreza y la risa. Eso, amigo mío, se llama
imaginario cultural. No es solo entretenimiento; es el espejo donde una nación
se mira y se reconoce, aunque sea con arrugas. Los argentinos tienen a Les
Luthiers, que con un contrabajo y una ironía fina te desmontan la política, y a
Capusotto, que te hace reír de lo absurdo con una lucidez que duele. Brasil
tiene a sus futbolistas que son dioses en la cancha, y a sus cantantes que
hacen que la samba y la bossa nova sean el ritmo de medio mundo. ¿Y nosotros?
Nosotros tenemos… sopa de caracol. Sí, esa canción de los años noventa que
suena en las bodas y en los buses, como un eco fantasma que nadie pidió pero
que todos repiten porque no hay otra cosa. ¿Dónde están nuestros actores de
teatro, nuestras novelas, nuestros dibujantes? No están. Porque no los
formamos, porque no los quisimos, porque preferimos el ruido barato al silencio
fértil de la creación.
Ahora, volviendo a lo nuestro,
que es el fango. La única manifestación de nuestro imaginario cultural que
hemos logrado construir, en este desierto de referentes, es la de los
tiktokers. Pero no cualquier tiktoker, no. Hablo de esos personajes que parecen
salidos de un casting de la decadencia: lenguaje soez, bailes sin gracia,
peleas ficticias y una capacidad de autopromoción que dejaría boquiabierto a
cualquier publicista de Madison Avenue. Y lo peor no es que existan, lo peor es
que el Estado los corteja, los investiga por lavado de dinero mientras los
invita a Casa Presidencial para hablar de fútbol, como si esa cercanía fuera un
certificado de legitimidad. ¿Acaso alguien cree que en México un presidente
llamaría a un youtuber vulgar para tomarse un café y hablar de la Liga MX? No,
señor. Allá los millonarios salen en podcasts, se sientan a conversar con
creadores de contenido, pero no para hacer caravana de su ignorancia, sino para
mostrar su poder con cierto decoro. Aquí, en cambio, nuestros millonarios, los
turcos, los kafaty, los Larach y de paso los terratenientes criollos, son tan
extranjeros y otros que prefieren estar tan lejos que ni siquiera se les ve la
cara. Hacen sus fiestas en la penumbra, como vampiros que no quieren mancharse
con el polvo de este pueblo que consideran inferior. Y mientras tanto, el
pueblo, que no tiene a quién aplaudir, aplaude al primer payaso que le sale al
paso.
Pero no se vaya a pensar que
estoy siendo injusto. Vayamos a El Salvador, nuestro vecino, que tiene a uno de
los creadores digitales más grandes que ha producido América Latina:
Fernanfloo, con más de 50 millones de suscriptores. Y aquí aparece algo que me
llama poderosamente la atención: su enorme éxito no se ha convertido en una
especie de religión patriótica. Fernanfloo es un fenómeno cultural salvadoreño,
sí, pero no parece existir esa necesidad desesperada de convertirlo en un héroe
nacional, en el rostro de una generación o en la encarnación misma de El
Salvador. Es, ante todo, un creador que triunfó en Internet. Y quizá esa
distancia sea una señal de cierta madurez: saber admirar a alguien sin
necesitar convertirlo en el símbolo de todo un país.
Nosotros, en cambio, tenemos una
tendencia mucho más peligrosa: necesitamos fabricar referentes a toda costa.
Elevamos a nuestros tiktokers, los ponemos sobre un pedestal, confundimos
popularidad con mérito y seguidores con autoridad cultural. De pronto, una
persona que consiguió millones de reproducciones termina convertida en “la voz
de una generación”, como si una generación entera no tuviera nada más que
escuchar. Y entonces aparece el verdadero problema. Honduras no es un país sin
cultura; eso sería una estupidez. Tenemos artistas, escritores, músicos,
intelectuales, creadores y una memoria histórica enorme. El problema es otro:
somos un país que todavía no ha conseguido construir un relato cultural común.
No sabemos qué figuras queremos recordar, qué obras queremos preservar ni qué
referentes queremos transmitir. Somos un rompecabezas al que le arrancaron la
imagen de la caja, y cada pieza, por pequeña que sea, termina creyendo que ella
sola constituye el dibujo completo.
¿Y la Orquesta Filarmónica? Ah,
la pobre Orquesta, que en 2026 está al borde del colapso por recortes
presupuestarios, que no puede mantener a sus músicos, que ve canceladas sus
giras y limitado su repertorio. Eso también es parte de nuestro imaginario cultural,
¿o no? Porque la música sinfónica, el arte culto, también debería ser parte de
nuestra identidad, pero la dejamos morir de inanición mientras le damos
plataformas a los voceros de la vulgaridad. Es como si tuviéramos un diamante
en bruto y lo tiráramos al basurero para jugar con piedras de colores. Pero
bueno, dirán algunos, ¿qué importa la orquesta si la gente prefiere ver bailes
de quinceañeros en TikTok? Pues importa, y mucho, porque la orquesta es el
síntoma de que no nos importa lo elevado, que preferimos lo accesible, lo
fácil, lo que no exige nada de nosotros. Y ese es el núcleo de la cuestión: la
bajeza cultural no es un accidente, es una elección. Elegimos no educar, no
financiar, no exigir. Elegimos celebrar al que habla mal y viste peor, porque
nos refleja tal cual somos: un país que no sabe quién es y que, por eso, se
aferra a cualquier espejo deformante.
Permítame una digresión, que el
café está caliente y la noche es larga. Recuerdo una escena de El Padrino,
cuando Michael Corleone dice que los negocios son personales. Pues la cultura
también es personal, es íntima, es el negocio de la identidad. Y si nuestros
millonarios no salen en podcasts, si no se sientan a conversar con el pueblo,
si se ocultan en sus mansiones con vista al mar y no comparten ni una anécdota
de su éxito, entonces estamos ante una élite que no se siente parte de este
territorio. En México, Carlos Slim ha dado entrevistas, ha hablado de economía,
ha sido un personaje público. Aquí, los grandes capitalistas son fantasmas. Y
un pueblo que no conoce a sus ricos, que no los ve, que no los oye, termina por
creer que la única riqueza visible es la de los políticos corruptos y los
tiktokers de dudosa procedencia. Esa es la gran ironía: el capitalismo
hondureño no produce estrellas, produce sombras.
Volviendo al hilo, porque no
quiero perderme en el laberinto. Cuando digo que somos un país acultural, no
estoy haciendo un juicio moral, sino una constatación empírica. ¿Cuántos
actores hondureños han hecho carrera en el extranjero? Contados con los dedos
de una mano y sobran dedos. ¿Cuántos directores de cine han puesto a Honduras
en el mapa? Ninguno que tenga el peso de un Cuarón o un Del Toro. ¿Cuántos
novelistas han traspasado fronteras? Tal vez algunos, pero sin la resonancia de
un Vargas Llosa o un García Márquez. No tenemos un imaginario cultural sólido
porque no hemos invertido en formar generaciones con oficio. Es un círculo
vicioso que se alimenta de su propia miseria. Y entonces llegamos a los
tiktokers, que son la fruta podrida de un árbol que nunca dio frutos buenos.
Ellos son la consecuencia, no la causa. Pero lo grave es que los celebramos
como si fueran la causa y la solución. Y el Estado, ese gran actor secundario,
los abraza porque le sirven para distraer, para dar la ilusión de que hay vida
cultural, para que no preguntemos por qué la orquesta se muere o por qué no
tenemos un sistema de becas para artistas.
Ahora, si se fija bien, hasta el
fenómeno del tiktoker es una importación fallida. Porque en otros países, los
influencers, por más irritantes que sean, suelen tener un nicho, una
especialización, un ángulo. Aquí son clones: todos hacen lo mismo, todos dicen
lo mismo, todos buscan la misma polémica estúpida porque saben que es lo único
que vende. Y el público, que no tiene puntos de comparación, aplaude porque
cree que eso es la modernidad, la globalización, la conexión con el mundo. Pero
no, es solo la versión barata de un formato que en otras latitudes tiene más
capas. Es como si en lugar de comer un buen taco al pastor, nos contentáramos
con una tortilla seca con sal. Y eso, con todo respeto, es la dieta cultural de
Honduras.
Cierro con una sentencia que
espero le quede resonando: cuando un pueblo no tiene un imaginario cultural
propio, se inventa monstruos. Y nosotros, los hondureños, estamos rodeados de
monstruos de plástico que hablan por nosotros, pero no dicen nada que valga la
pena. La orquesta está en riesgo, los tiktokers están en la cima, los
millonarios se esconden, y nosotros, los que vemos esto con escalofrío, no
podemos hacer más que señalarlo con la tristeza de quien sabe que la profecía
ya se cumplió. Porque en el fondo, y aunque duela, el espejo de una nación no
miente: si solo ves vulgaridad, es porque solo eso has sembrado. Y ahora, a
beber el café, que ya se enfrió.
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