EL ESPEJISMO OCCIDENTAL
octubre 15, 2025
¿Han visto ustedes alguna vez a
esos magos de feria que con una mano te roban la cartera y con la otra te hacen
creer que te están curando la vista? Pues bien. Eso, exactamente eso, es lo que
ha hecho el sistema anglosajón con el mundo entero durante los últimos siglos.
Y lo que es peor: la gente paga por el espectáculo. Y aplaude.
Han pasado ya muchos años desde
que el mundo fue entregado a una maquinaria que convirtió la cooperación en
competencia desleal, la comunidad en mercado y la dignidad en cifra. ¿Acaso alguien
cree que esto fue un accidente? ¿Que un buen día, sin querer, el capitalismo
liberal gringuero se tropezó y cayó encima de la humanidad? No, queridos
lectores. Esto no es un tropiezo. Es un asalto perfectamente organizado.
Las viejas asociaciones, los
gremios, las profesiones que alguna vez sostenían a las naciones, fueron rotos
y dispersados por una forma de pensar que no conoce patria ni rostro: esa
visión anglosajona del rendimiento que se pasea por el mundo como el dueño del
salón. Y todo fue reducido a unidades de productividad, a cuotas, a
estadísticas. El trabajador dejó de ser una persona para convertirse en un
“recurso humano”, como si la humanidad fuera un cajón de sastre donde se
guardan piezas de repuesto, y el mundo entero, en una planilla que debe
cuadrar.
Recuerdo *Casino*, de Martin
Scorsese, una película donde el dinero, el poder y la lealtad terminan
mezclándose hasta convertirse en una misma cosa. Allí todo parece tener un
precio, incluso la confianza, y basta que alguien deje de resultar útil para que
quede fuera del juego. Pues bien, aquí ocurre algo parecido, solo que a una
escala mucho mayor. Los negocios tampoco son personales: son inhumanos. Y esa
es la trampa. La visión anglosajona se presenta como neutral, como pura
matemática, pero no hay matemática más cargada de ideología que la que decide
quién come y quién no.
Occidente, en su forma moderna,
se erigió sobre esa fractura. Supo vender la división como progreso, la soledad
como libertad. Y vaya si lo hizo bien. Si esto lo oyen en la televisión, no se
lo crean; pero si lo ven en una película de Hollywood, ahí sí que se lo tragan
con papas fritas. Porque el cine ha hecho más por el capitalismo que diez mil
tratados de economía.
Su sistema financiero aprendió a
dictar leyes sin parlamento, a imponer disciplina sin látigo. Lo que antaño se
llamaba colonización fue transformado en un método más sofisticado: la deuda,
el crédito, el contrato internacional. Ya no hace falta ocupar tierras, basta
con hipotecarlas. Ya no es necesario dominar ejércitos, basta con dirigir
bancos y algoritmos.
Y aquí el refrán: “Dime con quién
andas y te diré quién eres.” Pues el mundo anda con los bancos, y ya sabemos
cómo ha terminado.
El sistema anglo, con su lenguaje
de eficiencia y sus templos de cristal, esos rascacielos que parecen monumentos
a la soberbia, descubrió que la mejor forma de gobernar es hacer creer que
nadie gobierna. ¿No es genial? Es como si el ladrón te dijera: “No te
preocupes, yo solo cuido la puerta.” Se esconde tras conceptos nobles:
democracia, libre comercio, derechos humanos. Mientras convierte al planeta en
un gran tablero de operaciones. Donde antes hubo naciones, hoy hay mercados;
donde hubo ciudadanía, hoy hay consumidores; donde hubo soberanía, hoy hay
cláusulas en inglés.
“Divide et impera”, decían los
romanos. Pero los anglosajones lo llevaron a la quinta potencia: no dividieron
para gobernar, dividieron para que cada uno gobierne su propia miseria.
No fue el trabajo el que se
volvió inútil, sino la humanidad la que se volvió prescindible para las
decisiones del capital. Millones de hombres y mujeres quedaron fuera del
“sistema”, no por falta de voluntad, sino porque las fábricas se detuvieron
cuando así lo decidió un fondo de inversión. ¿Se imaginan? Un señor que nunca
ha pisado esa fábrica, que probablemente no sabría ni dónde está el país donde
se ubica, aprieta un botón en su computadora y miles de familias quedan en la
calle.
Y en cada país se repite la misma
escena: el campesino arruinado por el agronegocio, como si el maíz tuviera
pasaporte; el obrero sustituido por la automatización, porque el robot es más
barato y no pide vacaciones; el pequeño comerciante devorado por la plataforma
digital. Amazon es ese monstruo que se come al tendero de la esquina y encima
te cobra por el envío.
Todo responde a un mismo centro
de mando, a una red que mide la vida en índices bursátiles y que llama
estabilidad al sometimiento. Como decía aquel: “No hay mal que por bien no
venga.” Pues ellos han convertido el mal en bien y el bien en mercancía.
El espejismo occidental promete
libertad, pero entrega subordinación. ¿No es la definición perfecta de un mal
negocio? Te venden el Paraíso y te dan un contrato de alquiler perpetuo.
Sus élites fabrican consenso, qué
bonita palabra, “fabricar”, como si la opinión pública se hiciera en serie, y
sus medios repiten la liturgia del éxito individual, mientras silencian la
devastación que dejan sus propios modelos. Bajo la retórica del desarrollo se
ocultan las nuevas formas de servidumbre: tratados que hipotecan el futuro,
corporaciones que dictan políticas, universidades que producen tecnócratas en
lugar de pensadores.
“Quis custodiet ipsos custodes?”
¿Quién vigila a los vigilantes? Pues nadie, querido lector. Porque los
vigilantes son los mismos que escriben las reglas.
La deshumanización ya no necesita
de campos ni alambradas: basta con un algoritmo que decida quién merece
crédito, atención médica o empleo. Esa es la sofisticación del sistema: la
violencia se ha vuelto invisible. Como el villano de *El silencio de los inocentes*,
que no necesita cuchillo porque tiene la mente.
Y, sin embargo, este sistema ha
logrado algo todavía más profundo: ha hecho que las víctimas lo admiren. Que
los pueblos midan su progreso por su grado de imitación, que repitan las
fórmulas del dominador como si fueran su salvación. ¿No es el colmo del cinismo?
Es como si el pez admirara al pescador por su técnica y quisiera aprender a
lanzar la caña.
Occidente, que se presenta como
modelo universal, no exporta prosperidad: exporta desarraigo; no enseña
libertad: impone competencia desleal; no construye civilización: establece
subordinación perpetua. Y lo hace con una sonrisa de dentífrico, anuncios de
Coca-Cola y películas de superhéroes.
Porque, ¿quién va a temer a un
sistema que vende felicidad en lata? Nadie. Y esa es la jugada maestra.
No hay conspiración en esto, sino
una red de poder. No hay un enemigo oculto en las sombras, sino una trama que
se reproduce en las instituciones, en los hábitos y en el pensamiento. Es la
moral de la ganancia que se volvió religión; el culto del crecimiento sin fin
que devora recursos, lenguas, culturas y afectos. Es una maquinaria que
necesita crisis para renovarse y guerras para sostener su orden.
“Sic transit gloria mundi”, así
pasa la gloria del mundo. Pero la gloria del mercado, esa parece que no pasa. O
sí pasa, pero siempre por encima de nosotros.
El mundo anglosajón construyó su
dominio sobre la idea de que su modelo era inevitable. Pero ningún orden es
eterno. Detrás de sus pantallas y sus discursos, el desgaste es visible:
sociedades fatigadas, política vacía, generaciones sin fe. Y aquí viene la
pregunta que deberíamos hacernos, pero que nadie se atreve a formular: ¿No será
que el fin de este mundo no viene de fuera, sino que ya está dentro?
Tal vez la tarea de este siglo no
sea conquistar ese mundo, sino dejar de creer en él. Recuperar lo que destruyó:
el sentido de comunidad, la soberanía del trabajo, la dignidad del tiempo
humano. Porque mientras exista quien crea que el espejismo occidental es la
única forma de civilización, la subordinación seguirá disfrazada de progreso y
el sometimiento, de destino.
Y a eso, queridos lectores, no le
pongan etiqueta de precio. Porque lo que no se puede comprar, el mercado no lo
puede destruir.
Pero, claro... mientras haya
quien compre, habrá quien venda. Y esa, quizá, sea la sentencia más antigua y
más verdadera de todas.
“Audaces fortuna iuvat”, la
fortuna ayuda a los audaces. Pero también ayuda a los tramposos, a los
avariciosos y a los que saben vender humo. La cuestión no es ser audaz: es
saber a quién le compras el billete.
Piénsenlo. O no. Al fin y al
cabo, siempre quedará la opción de seguir mirando el teléfono mientras el mundo
se quema. Pero luego, cuando el fuego llegue a su puerta, no digan que no se
los señalé.
Volviendo a lo nuestro... el
sistema no caerá por un golpe de Estado ni por una revolución anunciada. Caerá
porque es insostenible. Porque la naturaleza, queridos amigos, también es una
víctima de ese espejismo. Y la naturaleza, a diferencia del mercado, no
negocia.
Que el refrán nos sirva de
consejo: “Árbol que crece torcido, jamás su tronco endereza.” Pero el sistema
no es un árbol torcido: es un bosque entero plantado sobre tierra quemada.
Así que, cuando mañana enciendan
el teléfono, cuando miren el precio del pan o el saldo de su cuenta, recuerden:
no están midiendo la vida. Están midiendo el precio de haber creído el cuento.
Y de eso, querido lector, no se
vuelve tan fácil.
Fin del sermón. Pueden volver a
sus vidas. Pero, si quieren, y solo si quieren, pueden empezar a desconfiar.
Que no es pecado.
“In vino veritas”, dicen. Pero en
el dinero, también.
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