Geopolítica del Retorno: La Frontera Sur como Eje de un Nuevo Orden Continental

noviembre 18, 2025

 



Estados Unidos atraviesa un momento histórico marcado por una ansiedad que ya no logra disimular ni con sus discursos heroicos ni con sus Think Tanks sobredosificados de optimismo. No es solo la presión de potencias emergentes como China, que con una calma insoportable para Washington continúa expandiendo su economía, su tecnología y su influencia como quien toma té, Tampoco es únicamente el desgaste interno de un país que lleva décadas actuando como si aún fuera 1950 mientras su realidad social se desmorona lentamente. La verdadera inquietud, esa que nunca aparece en los comunicados oficiales, pero sí en los análisis que se leen con los dientes apretados, proviene de un fenómeno silencioso, persistente y generacional que avanza justo donde más les incomoda: al sur de su frontera… y dentro de sus propias ciudades.

Los anglosajones, tan fieles a sus categorías etnoculturales rígidas, siguen interpretando el mundo como si fuese un mapa del siglo XIX. Esa mirada, por más rancia que sea, les permite notar ciertos cambios antes de que sus aliados se atrevan siquiera a mencionarlos. Y lo que están observando ahora los tiene en un estado de hipersensibilidad casi histérica: la llegada masiva, sostenida y demográficamente inevitable de poblaciones latinoamericanas a regiones que, irónicamente, alguna vez pertenecieron al México histórico antes de que la expansión anglosajona las “civilizara” a punta de tratados desiguales. Esta presencia no es un vaivén migratorio. Es un asentamiento profundo, intergeneracional, con raíces que no piensan moverse.

En los cálculos de los estrategas estadounidenses, este escenario es un dolor de cabeza monumental: un futuro en el que una parte significativa, si no la mitad completa, del país pertenecerá cultural y demográficamente al vasto mundo iberoamericano. Mexicanos, centroamericanos, caribeños, sudamericanos: todos formando familias, levantando economías locales, reforzando redes transnacionales y, para colmo, participando en la política con creciente confianza. La frontera, ese símbolo mítico de la grandeza estadounidense, se ha convertido en un recordatorio molesto de que la historia no solo no ha terminado, sino que además tiene muy buena memoria.

Ese retorno histórico es la verdadera pesadilla. El relato del “Destino Manifiesto”, que una vez justificó la expansión territorial anglosajona, hoy parece girar sobre sí mismo con ironía brutal. La demografía, ese rival que ningún muro, deportación masiva o discurso patriótico puede derrotar,  está reconfigurando el interior del país más poderoso del hemisferio. Y aunque en Washington algunos se empeñen en minimizarlo, los más lúcidos ya entendieron que la transformación no solo empezó: está demasiado avanzada para frenarse.

Les guste o no a los anglos, este siglo pertenecerá a una América donde la presencia latina será estructural, inevitable y decisiva. No por conquista, sino porque las fuerzas demográficas y culturales tienen una paciencia que los imperios nunca han sabido manejar. Las Américas están mutando, y la identidad continental del siglo XXI llevará un sello innegablemente latinoamericano. Es un proceso silencioso, irreversible y, para quienes lo entienden, una oportunidad histórica. Nuestro momento. Nuestro giro. Nuestra marea.

La preocupación estadounidense ante el ingreso masivo de poblaciones que no se asimilan del todo, que preservan su lengua, su identidad y sus lealtades culturales, no es un temor abstracto ni una paranoia racial: es un reflejo histórico. Los estadounidenses saben, incluso si no lo dicen abiertamente, que eso mismo fue lo que ellos hicieron en Texas en el siglo XIX. Ese espejo histórico pesa más de lo que suele reconocerse. Colonos anglosajones se asentaron en el territorio texano, entonces perteneciente a México, pero jamás se integraron a las leyes, costumbres o religión del país que los recibió. No adoptaron el español, no aceptaron las regulaciones nacionales, y cuando su número y fuerza superaron a la población local, proclamaron su independencia. Casi de inmediato, EE. UU. procedió a la anexión de ese territorio, pero no bajo las fronteras reconocidas por México, hasta el río Nueces, sino empujando la línea hasta el río Bravo. Esa maniobra dejó intencionalmente a un contingente mexicano dentro de lo que Washington declaró como “territorio propio”, creando la excusa perfecta para acusar a México de invasión y justificar la guerra. La historia de Texas es, por tanto, una operación demográfica, cultural y militar envuelta en apariencia de inevitabilidad.

Esa experiencia dejó, en la memoria profunda del estratega anglosajón, una conciencia muy clara de lo que puede ocurrir cuando una población masiva, culturalmente cohesionada y no asimilada, se establece en un territorio ajeno. Lo que una vez hicieron hacia el sur es exactamente lo que ahora temen que ocurra desde el sur. Y esto no lo dicen solo intelectuales críticos: lo advierten figuras centrales de la geopolítica estadounidense. Robert D. Kaplan, por ejemplo, lo expresó con brutal sinceridad: “La verdadera prueba para la estabilidad de Estados Unidos no está en Medio Oriente ni en Asia, sino en su frontera sur.” Para Kaplan, la frontera no es un simple límite geográfico: es una línea civilizatoria, un borde histórico donde dos mundos, el anglosajón y el latino, se encuentran en tensión, se influyen y se transforman mutuamente. No hace falta un choque militar para alterar un país; basta un cambio demográfico profundo, sostenido y culturalmente cohesionado.

Kaplan desarrolla una idea inquietante para la propia psicología estratégica estadounidense: lo que los colonos anglosajones hicieron en Texas hoy opera como un espejo invertido. Si un grupo humano suficientemente numeroso entra, no abandona su identidad y no se somete culturalmente al país receptor, tarde o temprano buscará poder político propio, representación, autonomía o incluso influencia territorial. No es que Estados Unidos tema un “levantamiento” en términos militares; teme la erosión lenta pero firme de su homogeneidad histórica, de su narrativa fundacional anglo-protestante, de su hegemonía cultural interna. Samuel Huntington, desde otra perspectiva, también advertía que el mayor desafío para la identidad estadounidense no venía de potencias asiáticas o europeas, sino de la persistencia de una civilización latina creciendo dentro del propio territorio estadounidense. El español, la herencia iberoamericana y la solidaridad transnacional entre comunidades que no se diluyen completamente son factores que, desde la óptica realista, pueden erigir un nuevo actor interno que no responde plenamente a la matriz histórica del país.

Por eso la frontera sur, más que un muro físico, es para muchos estrategas un espacio de fricción civilizatoria. Spykman lo intuía ya en su época: cualquier bloque cohesionado al sur del Río Bravo alteraría el equilibrio continental norteamericano. No hablaba de migración, pero sí de la inexorable realidad de que un actor latinoamericano fuerte, unificado y culturalmente seguro de sí mismo representaría un desafío natural al predominio anglosajón en el hemisferio. Estados Unidos comprendió ese peligro desde temprano; por eso alentó la fragmentación latinoamericana, evitó la integración regional y procuró siempre mantener a los países al sur como repúblicas débiles, desconectadas y dependientes.

En este sentido, los movimientos demográficos contemporáneos no pueden desvincularse de la memoria histórica. La creciente presencia latina en Estados Unidos, la permanencia del español como segunda lengua nacional de facto, y la organización comunitaria que a menudo se mantiene con fuertes lazos culturales, no es simplemente un fenómeno de inmigración. Es una reconfiguración civilizatoria. Y los estadounidenses, los estrategas, no el ciudadano común, lo saben. Ven en él no una amenaza militar, sino una fuerza silenciosa que puede con el tiempo desempeñar un papel político interno comparable, en lógica, a lo que sus antepasados hicieron en Texas: una población que no se disuelve, que no se rinde a la asimilación completa, que conserva su identidad y que, cuando alcanza suficiente masa crítica, busca representación, influencia y finalmente, peso estratégico.

De ahí surge la ansiedad estadounidense frente a la frontera y frente al español. No se trata de miedo a los inmigrantes en sí, sino de miedo al eco de su propia historia. Los anglosajones fueron, en el siglo XIX, exactamente el tipo de migrante que hoy dicen temer. Y la geopolítica, que nunca olvida, registra esa ironía como una advertencia: las fronteras más decisivas no son las que delimitan territorios, sino las que separan civilizaciones en competencia. Y cuando una de ellas crece dentro de la otra, sin asimilarse por completo, el mapa puede cambiar sin necesidad de una sola bala.


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