Centroamérica en la arquitectura estratégica de Washington
enero 20, 2026
Centroamérica ha sido concebida
desde Washington, a lo largo de más de un siglo, como una franja territorial
cuyo sentido se define por su inserción en un orden continental previamente
establecido. El istmo queda integrado a una lógica espacial orientada hacia la
vigilancia, el tránsito y la administración del territorio, por encima de la
dinámica política de las sociedades que lo habitan. Dentro de ese esquema, la
región adquiere forma como parte de un perímetro ampliado, una zona adelantada
cuya orientación incide directamente en la estabilidad del hemisferio
occidental.
La geografía marca el punto de
partida de esta mirada. El estrechamiento del continente entre dos océanos
convierte a Centroamérica en un pasaje natural, en un corredor cuya vigilancia
se vuelve prioritaria. Desde esa perspectiva, el istmo deja de percibirse como
un conjunto de países con trayectorias propias y pasa a ser interpretado como
una continuidad territorial sensible. Su cercanía relativa con el territorio
estadounidense refuerza esta percepción. La distancia física nunca fue
suficiente para ubicar a la región en un plano secundario. Por el contrario, su
posición la integra tempranamente al entorno inmediato de resguardo del poder
norteamericano.
En esta concepción, la presencia
de actores externos en el Caribe y en las costas centroamericanas genera
inquietud persistente. Cada enclave no-occidental, cada intento de influencia
extrahemisférica, es leído como una alteración del equilibrio deseado. El eje
de preocupación se desplaza hacia la eventual conversión de los Estados del
área en plataformas al servicio de intereses externos a Washington. A partir de
esa premisa, la región queda integrada a un régimen de vigilancia constante,
donde la autonomía se ejerce dentro de márgenes establecidos por un orden de
escala superior.
La idea del canal interoceánico
estructura durante décadas esta forma de pensar el istmo. Antes de su
concreción y después de su apertura, la posibilidad de unir los océanos bajo
control estadounidense organiza la valoración del territorio centroamericano.
Nicaragua, Panamá, el Caribe insular y el litoral hondureño se inscriben en una
cartografía mental donde el territorio importa por su disponibilidad, por su
capacidad de albergar rutas, bases y accesos. Incluso cuando una opción queda
relegada en el corto plazo, permanece como reserva latente dentro del
imaginario geopolítico.
La política hacia Centroamérica
se articula, de este modo, alrededor de la previsibilidad. Los gobiernos
locales son observados según su disposición a garantizar un entorno estable y
administrable. Las disputas internas, los conflictos armados y las tensiones
regionales aparecen como factores perturbadores que requieren contención. Desde
esta lógica, la intervención adopta un carácter correctivo, orientado a
restablecer un equilibrio considerado necesario para la protección de intereses
de mayor escala. El recurso a la presión diplomática, financiera o militar se
normaliza como parte del repertorio habitual.
Honduras ocupa un lugar
especialmente revelador dentro de esta arquitectura. Su ubicación central en el
istmo, su acceso al Caribe y la fragilidad histórica de su aparato estatal la
configuran como un territorio de alta utilidad dentro del esquema regional.
Desde Washington, el país es concebido como espacio de tránsito, de apoyo y de
amortiguación. Su papel se articula alrededor de la disponibilidad territorial
y política, más que de la iniciativa propia. La contención de su proyección
exterior cumple una función estabilizadora dentro del conjunto, al preservar un
equilibrio regional considerado deseable.
La dimensión económica se inserta
de forma orgánica en esta visión. Empresas agrícolas, financieras y comerciales
actúan en sintonía con una política exterior orientada al control indirecto. La
deuda, las concesiones y el manejo fiscal operan como instrumentos eficaces
para condicionar decisiones internas sin recurrir de manera constante a la
ocupación abierta. El capital privado no acompaña a la geopolítica: la
atraviesa y la sostiene, convirtiendo la economía en un vector central de
dominación territorial.
Centroamérica termina ocupando
una posición ambigua dentro del orden hemisférico. Los Estados mantienen
formalmente su independencia, celebran procesos electorales y participan en
instancias internacionales. Al mismo tiempo, las decisiones estructurales permanecen
sujetas a márgenes estrechos, definidos fuera de la región. La autonomía opera
dentro de límites implícitos, activados cada vez que el rumbo local amenaza con
desbordar el esquema previsto.
Esta forma de dominación
prescinde de un discurso colonial explícito. Se apoya en nociones de tutela,
orden y estabilidad, presentadas como condiciones necesarias para el
funcionamiento regional. El istmo aparece como un espacio siempre disponible
para la corrección, abierto a la intervención cuando las circunstancias lo
ameritan. La soberanía adquiere un carácter condicional, dependiente de su
adecuación a un diseño continental concebido en otro lugar.
La visión geopolítica
estadounidense sobre Centroamérica descansa en una convicción persistente: el
istmo forma parte de su esfera vital. No como comunidad política ni como
proyecto histórico propio, sino como pieza funcional dentro de un entramado
mayor. La región existe, en esa mirada, para asegurar tránsito, seguridad y
previsibilidad. Todo desplazamiento respecto de esa función activa mecanismos
de vigilancia y ajuste. Centroamérica queda así fijada en un lugar preciso
dentro del imaginario del poder norteamericano, un lugar que se reproduce con
notable continuidad, más allá de los cambios de época, de lenguaje y de
actores.
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