Operación Hollywood: cómo el Pentágono convierte películas en propaganda

enero 19, 2026

 



Operation Hollywood no es solo un libro sobre cine. Revela cómo la cultura estadounidense se ha convertido en un laboratorio de persuasión disfrazado de entretenimiento. David L. Robb recorre archivos, memorandos internos, entrevistas, contratos, correcciones de guion y decisiones oficiales para mostrar un sistema estable, rutinario y sorprendentemente descarado, mediante el cual el Pentágono ha modelado durante décadas la imaginación audiovisual de millones de personas sin levantar ni un solo escándalo. La sutileza de esta influencia parece inofensiva, hasta que uno comprende que cada sonrisa frente a la pantalla está cuidadosamente calibrada.

 

Desde 1950, el Pentágono no invade estudios: los compra en alquiler. Entrega portaaviones, tanques, aviones y soldados, y recibe guiones que obedecen la ley no escrita de la corrección política militar. El mayor David Georgi, asesor en Clear and Present Danger, llama a este juego “un comercial para nosotros”, y la frase resume todo el descaro de la operación: Hollywood presume de rebeldía mientras firma contratos que convierten la sumisión en rutina. La guerra no se muestra, se embellece; no se cuestiona, se vende.

 

La relación entre estudios y defensa se basa en un control absoluto de los relatos. Cada recurso proporcionado condiciona cómo se cuentan los hechos, qué se muestra y qué desaparece. Thirteen Days, Windtalkers, Black Hawk Down y The Perfect Storm ejemplifican esta lógica: muertes incómodas, órdenes dudosas y errores reales desaparecen, se reescriben o se asignan a otros actores para que todo resulte comprensible y emocionalmente digerible. La historia se pule hasta que encaja en un molde que ni siquiera intenta reflejar la complejidad de la realidad.

 

El alcance de esta influencia se extiende a los niños. Lassie y The Mickey Mouse Club muestran al ejército como un parque de diversiones heroico, donde perros salvan aviones y accidentes aéreos se transforman en accidentes “impredecibles” en lugar de fallas de diseño. Los niños aprenden a admirar sin cuestionar y a asociar disciplina militar con seguridad, aventura y diversión, mientras la estrategia de familiarización con la autoridad se despliega silenciosa y eficaz. Cada historia infantil funciona como un dispositivo temprano de adoctrinamiento emocional, estableciendo percepciones antes de que exista capacidad crítica.

 

La manipulación también se extiende a la representación social y racial. En Battle Cry, un personaje latino desaparece por denunciar discriminación; en The Tuskegee Airmen, se eliminan peleas raciales; en Blood Alley, los nacionalistas chinos se suavizan para no incomodar la política exterior. El Pentágono no combate el racismo, lo edita; la igualdad deja de ser un derecho y se convierte en un accesorio que se coloca o se retira según convenga.

 

Cada guion atraviesa múltiples filtros antes de llegar a la pantalla. Clint Eastwood pierde apoyo por referirse a Beirut; James Webb recibe censura por mostrar fragging; Oliver Stone queda sin tanques al denunciar la guerra. La creatividad se somete a revisiones que convierten cada diálogo, cada gesto y cada decisión de personaje en un instrumento de control emocional. La ficción funciona como un canal de percepción que oculta la complejidad y expone solo lo que la maquinaria militar considera conveniente.

 

Películas como Top Gun elevan el reclutamiento a cifras desorbitadas; guiones como Stripes mutan de sátira a publicidad militar tras múltiples reescrituras. Cada ajuste en personajes, acciones y resultados convierte la guerra en un espectáculo organizado, emocionante y moralmente digerible. La audiencia celebra sin saber que celebra la preparación psicológica para conflictos reales.

 

La experiencia cinematográfica infantil refuerza este patrón. Cada héroe, cada mascota y cada historia contribuye a establecer un marco de comprensión donde los conflictos, la violencia y la autoridad se vuelven naturales y deseables. El Pentágono llama a esto “relaciones públicas”; los psicólogos lo llaman programación. La infancia se convierte en laboratorio de aceptación, y la obediencia se instala como una respuesta automática ante figuras de autoridad.

 

Operation Hollywood muestra que el cine estadounidense funciona como un terreno donde cultura, política y logística militar convergen con precisión inquietante. Cada relato, cada modificación histórica y cada ajuste emocional forman un paisaje donde el público aprende a admirar, aceptar y participar de un mundo en el que la guerra aparece limpia, comprensible y hasta emocionante. La ficción se convierte en norma y la verdad histórica, en lujo que solo algunas producciones marginales pueden permitirse.

 

La próxima vez que un F-14 surque la pantalla, su vuelo no busca entretener. Cada escena, cada movimiento y cada emoción funcionan como herramientas de orientación, calibrando la percepción, dirigiendo la admiración y formando la obediencia de manera silenciosa y precisa. El libro de Robb desmantela esta maquinaria con una claridad que incomoda, revelando un cine que deja de ser arte para convertirse en laboratorio de manipulación, donde la espectacularidad oculta la crueldad del control institucional y la persuasión se disfraza de diversión.

Fuente:

Operation Hollywood: How the Pentagon Shapes and Censors the Movies - David L. Robb


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