Un palestino abrazando a su verdugo
enero 18, 2026
Honduras es un terreno donde la lógica se desmaya, un espacio geográfico que parece haber sido desgajado del mapa de las normas que rigen lo humano y lo sagrado para convertirse en un laboratorio de aberraciones que desafían hasta el último rincón de la razón. No es una exageración retórica, no es un artificio de lenguaje para llamar la atención: es una constatación ante hechos que rompen el tejido mismo de la coherencia universal. Uno no puede entender este país sin aceptar que produce fenómenos que violentan cualquier categoría del orden natural, espiritual o científico; engendros que caminan con piernas humanas pero que llevan en su esencia una rotura tan profunda con lo que debería ser, que resultan imposibles de clasificar dentro de lo que la historia, la moral o incluso la biología consideran posible.
Y si esto suena demasiado grave,
si parece que se está cayendo en una hipérbole injustificada, entonces basta
con poner los ojos en el caso más reciente y más demoledor de esta capacidad
siniestra: el señor Nasry Asfura, empresario hondureño, cargado de dinero,
descendiente directo de palestinos, con la sangre de esa tierra martireada
corriendo por sus venas, con las raíces de sus ancestros enterradas en las
entrañas mismas de Palestina. Este hombre, que debería tener el recuerdo de la
diáspora tatuado en el alma, que debería llevar en cada latido la conciencia de
un pueblo desplazado, masacrado y humillado, acaba de hacer algo que no tiene
nombre en ningún idioma humano porque es una traición tan abismal que las
palabras se niegan a alojarla: viajó a Palestina no para llevar ayuda, no para
abrazar a los suyos, no para echar una lágrima junto a las madres que lloran a
sus bebés ni para ofrecer un centavo de su fortuna a los que tienen la piel
quemada por bombas que llevan la etiqueta de la "democracia"
occidental. No. El señor Asfura se fue a estrechar la mano de Benjamín
Netanyahu, el verdugo sionista, el artífice del genocidio más descarado del
siglo XXI, el hombre que ordena el asesinato sistemático de su propia gente, de
sus primos, de sus antepasados.
Lo hizo con una sonrisa, con el
pecho inflado de orgullo, llamando "gran amigo" a quien representa la
ocupación criminal de su tierra ancestral. Esto no es una simple visita
política, no es un error de cálculo, no es una ingenuidad: es una manifestación
pura y dura de esa capacidad hondureña de producir monstruos que rompen
cualquier ley, cualquier código moral, cualquier principio espiritual que el
ser humano ha considerado inviolable. Es que no hay forma de procesar esto sin
que la cabeza duela de tanto intentar entenderlo: un palestino, con todo el
peso de la historia palestina sobre sus hombros, se pone de rodillas ante el
asesino de su pueblo a solo kilómetros de donde ese mismo asesino ordena el
bombardeo de hospitales, escuelas y refugios.
Y esto, insisto, esto es lo que
engendra Honduras. No lo digo con ligereza, no lo digo para insultar a una
nación entera, lo digo porque es el único modo de nombrar el hecho de que un
suelo pueda producir una criatura tan desquiciada, tan ajena a la mínima
decencia humana, tan capaz de romper el lazo sagrado de la sangre y la memoria.
Honduras, entonces, no es solo un país con problemas de pobreza o violencia; es
un espacio donde se gestan las rupturas más radicales con lo que significa ser
humano, donde se forjan los engendros que hacen imposible creer en un orden
justo en el universo. El señor Nasry Asfura es la prueba viviente de que aquí
se puede ser tan vil, tan desnaturalizado, tan entregado a la maldad más
obscena, que incluso el genocida de su propia gente se convierte en su
"gran amigo".
Y si esto no es siniestro, si
esto no es un signo de que algo ha quebrado para siempre las leyes de la
creación, entonces las palabras ya no sirven para nada y mejor nos quedamos
callados ante la evidencia de que el mundo ha perdido el juicio.
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