Recordando a David Lynch: el abismo que mira de vuelta

enero 17, 2026




David Lynch murió un 15 de enero de 2025, a punto de cumplir setenta y nueve años, y con él se apagó la última bombilla que iluminaba el callejón trasero del cine. No fue una muerte más; fue el corte definitivo de un cable que llevaba décadas soltando chispas. Ahora todo está más oscuro, más hueco, como si el mundo hubiera perdido su propia escotilla de acceso al subsuelo. Porque Lynch no sólo filmaba: perforaba la realidad hasta hacerla sangrar sueños negros.

 

Yo lo descubrí de adolescente, en una madrugada de insomnio con Eraserhead de fondo. Recuerdo que la televisión palpitaba como un órgano enfermo y de pronto apareció aquella dama del radiador, cantando In Heaven con la cara de cera de un feto gigante. No entendía nada, pero algo en mi pecho se desprendió para no volver a su sitio. Lynch me había infectado: desde entonces supe que hay imágenes que no se digieren, que habitan. Se instalan en la sangre y dictan la brújula de tus propias pesadillas.

 

Lynch no hacía películas: construía territorios donde el tiempo se dobla como un alambre candente. Cada plano era una puerta que se abría a otra puerta que se abría a otra puerta, y al final del corredor no había respuesta, sólo un espejo agrietado que devolvía tu propio reflejo con la cara ligeramente desplazada. Por eso su muerte duele como la amputación de un país interno: fue el último habitante de esa América que nunca existió, la del maltés del 55 y los dineros con forma de lagrima, la de los caballetes de Norman Rockwell empapados en gasolina. El mismo que pintó cuadros donde un payaso vomita un pájaro, que compuso temas de surf para abuelos esquizofrénico, que filmó un episodio de Twin Peaks donde una bomba atómica da a luz al mal absoluto en blanco y negro reverso.

 

Porque Lynch entendió antes que nadie que el sueño americano era un sobre cerrado con una oreja humana dentro. Bastaba abrirlo para que brotara el hedor a rancio: violación, incesto, coca cola y radiación. Blue Velvet no es una película, es un quirófano sin anestesia donde se disecciona al pueblo modelo: primero la cámara se mete entre la hierba y encuentra los escarabajos que se comen el mundo, luego descubre a Frank Booth chupando gas de éter mientras gruñe "Mami" a una mujer a la que desnuda con la boca antes que con las manos. La escena es tan íntima que duele mirar: es como si Lynch nos empujara dentro del armario y nos obligara a presenciar el nacimiento de nuestro propio gusano. El oído cortado es la llave, pero no abre ninguna verdad: abre una herida que no cicatriza.

 

Y ahí está el truco: en el universo Lynch no hay catarsis, sólo revelación sin consuelo. Laura Palmer no muere al final de Fire Walk With Me, se despierta dentro de nosotros cada vez que una adolescente rubia sube a un coche equivocado. Bob no es un demonio, es la cicatriz que deja el padre cuando te baja la cremallera del pijama. El agente Cooper no regresa del Infierno, se pierde en un pasillo de linóleo verde donde el tiempo se ha vuelto una cinta de casete masticada. Y nosotros con él. Porque Twin Peaks no terminó en 1991 ni en 2017: sigue emitiéndose en algún canal de televisión quemado que sólo se sintoniza a las 3:33 a.m., cuando el sueño y la vigilia se confunden y el cuerpo se vuelve un traje de otro que no termina de encajar.

 

Lynch filmaba la América que se niega a mirarse al espejo. La que baila Locomotion mientras entierra a los indios en el sótano. La que vende sueños en latas de conserva y luego llora cuando la niña del anuncio aparece colgada de un tendal de Hollywood. Mulholland Drive es el mapa de esa geografía líquida: una calle que serpentea como la médula espinal de un cadáver bello. Betty llega con su maleta llena de ilusiones y termina pudriéndose en un departamento donde el polvo es el único habitante. La caja azul no es un MacGuffin: es el agujero por el que se escapa el alma cuando el cuerpo ya no puede soportar ser nadie. La llave plateada es la promesa que nunca llegó: la audición que se quedó en el aire, la puerta entreabierta que cierra de golpe cuando intentas entrar. Girarla no abre un secreto: te disuelve. Te vuelve la copia descolorida de tu propio deseo, la que firma con tinta invisible un contrato que nadie leyó y que, sin embargo, pesa más que el cuerpo. En ese instante, el Vaquero, ese silencio de sombrero, ya ha dicho lo único que importa: “Esta es la chica”, y tú no sabes si es una elección o una sentencia.

 

Y sin embargo, ahí reside la misericordia: Lynch nunca juzgó. Mostraba la podredumbre sin moralina, como quien descubre una manzana negra en el fondo del cajón y la observa hasta que brotan gusanos que forman constelaciones. Por eso su obra trasciende ideologías: la izquierda lo adopta como crítica al capitalismo gore y la derecha lo reclama como apóstol de la tradición perdida. Pero Lynch no era ni de uno ni de otro: era el búho que observa desde la rama sin posarse jamás. El búho que en Twin Peaks anuncia que "los búhos no son lo que parecen", porque en realidad son vigilantes de Moloch, sacerdotes de la Logia Negra, mensajeros de Choronzon, el demonio que habita el abismo entre lo que somos y lo que soñamos. Y tal vez él mismo fuera uno de ellos: un guardián que se asomó al vacío y decidió filmarlo para que nosotros, los espectadores, cayéramos tras él.

 

Porque la verdadera función del arte de Lynch no es explicar, es contagiar. Nos infecta con una duda que no se cura. Cada vez que veo un pasillo con luz fluorescente pienso en Inland Empire y me pregunto si la puerta del fondo conduce a Polonia o a mi propio intestino. Cada vez que escucho un ventilador recuerdo a Henry Spencer y su hijo-alien que ríe como un hongo radioactivo. Cada vez que alguien dice "café y pay" siento que el mundo se parte en dos y aparece un doble maligno que me observa desde el espejo retrovisor. Y eso es lo que permanece: no las tramas, que se disuelven como azúcar en agua hirviendo, sino la sensación de que hay algo más, siempre algo más, una capa más profunda que nunca llegaremos a desenterrar porque el propio acto de cavar nos entierra.

 

Ahora que Lynch ha muerto, el mundo se ha vuelto más plano. Los semáforos ya no parpadean en morse, los perros ya no ladran en reversión, las montañas de Los Ángeles se han quedado sin niebla que las oculte. Pero en algún lugar, aún late la última escena de Twin Peaks: Cooper y Carrie Page frente a la casa de Laura Palmer, golpeando la puerta que ya no existe, mientras un grito desconocido, tal vez el nuestro, apaga las luces del universo. Y cuando todo queda negro, entendemos que el viaje no termina: sólo se reinicia. Porque Lynch no se fue: se trasladó. Ahora habita el hueco que dejó en nuestra cabeza, el mismo que abrió cuando por primera vez vimos a la dama del radiador cantando "In Heaven, everything is fine". Y allí seguirá, para siempre, esperando que cerremos los ojos y atravesemos la cortina roja.


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