El mercado del voto
febrero 08, 2026
¿Saben qué tiene de
extraordinario nuestro tiempo? Que hemos logrado convertir la democracia en un
concurso de popularidad donde el ganador no es el que tiene razón, sino el que
mejor miente. Y lo más bonito del asunto es que pagamos entrada para ver el espectáculo.
Ustedes perdonen que empiece con
esta sorna, pero llevo demasiados años viendo el mismo sainete. La democracia
moderna, esa señora que se presenta con su vestido de votos libres y su sonrisa
de propaganda electoral, resulta que en la práctica funciona como un
supermercado de persuasión. ¿Acaso alguien cree que el poder termina en manos
del más sabio? ¡Quia! Termina en manos del que mejor maneja el micrófono, del
que ha entendido que la verdad importa menos que la verdad que parezca verdad.
Me viene a la memoria aquella
escena de Casino, de Martin Scorsese, en la que el mundo del juego aparece como
una gran maquinaria donde unos creen tener suerte mientras otros conocen
perfectamente las reglas. Pues bien, en política ocurre algo parecido. Pero con
un matiz: el ciudadano, ese pobre diablo que cree estar sentado a la mesa,
resulta que está jugando una partida cuyas reglas muchas veces fueron decididas
antes de que él llegara.
La cuestión es más vieja que el
hambre. Ya los romanos entendían que repetitio est mater studiorum, aunque
ellos no sabían que esa máxima se convertiría en el manual de instrucciones de
la manipulación moderna. Hoy, el sistema favorece a quienes llevan la
simplificación hasta el límite del ridículo. A quienes son capaces de convertir
el cambio climático en “los ecologistas nos quieren quitar el auto”, o la
sanidad pública en “los políticos se forran con nuestros impuestos”.
¿Se han fijado cómo funciona?
Ideas densas, de esas que requieren atención, se transforman en consignas de
tres segundos. Conflictos reales, con sus matices y sus víctimas, se reducen a
gestos teatrales dignos de una telenovela venezolana. Y nosotros, como
autómatas bien programados, repetimos las consignas en la conversación, en la
cena familiar, en el grupo de WhatsApp. Todo el mundo habla de “Familiones” sin
saber qué significa realmente, igual que todo el mundo hablaba de “el reseteo”
sin tener ni pajolera idea de qué demonios era eso.
Ustedes saben que esto no es
casual. Desde hace décadas, hay señores con batas blancas y señores con trajes
caros que estudian cómo influir en sociedades grandes, fragmentadas y saturadas
de información. El ciudadano deja de ser ese sujeto crítico que imaginaban los
pensadores de la Ilustración, ese que leía a Rousseau y se tomaba un café antes
de ir a votar. No, ahora el ciudadano es un receptor constante de estímulos, un
pobre diablo al que le llegan mensajes como si fueran latigazos. Cree decidir
por cuenta propia, pero piensa con palabras ajenas. ¿Acaso no es maravillosa la
sensación de libertad que nos queda?
Miren a su alrededor. Pantallas
encendidas por todas partes. Mensajes breves que llegan, se van y vuelven.
Opiniones instantáneas que nacen, viven y mueren en el tiempo que se tarda en
escribir un tuit. Todo invita a reaccionar y nada a detenerse. En este entorno,
cuestionar las ideas dominantes exige un esfuerzo que la mayoría no está
dispuesta a hacer, y el esfuerzo, amigos míos, resulta profundamente impopular.
Mucho más cómodo repetir,
compartir, defender sin examinar. Como ocurre con algunos hondureños que
celebran las deportaciones de Donald Trump sin preguntarse demasiado qué hay
detrás de ellas. “Que los deporten”, dicen. “Que los manden de regreso”. Pero pocos
se preguntan quién gana dinero con cada persona detenida, retenida y expulsada.
En Estados Unidos existe una
amplia red de centros privados de detención migratoria, y empresas como GEO
Group y CoreCivic reciben enormes cantidades de dinero mediante contratos
relacionados con la detención de inmigrantes. A eso se suma la tecnología. Palantir,
la empresa cofundada por Peter Thiel, trabaja con ICE y ha recibido contratos
millonarios para desarrollar herramientas que permiten reunir información,
localizar inmigrantes y facilitar las deportaciones. Y alrededor de todo esto
aparecen otras empresas dedicadas a vigilancia, reconocimiento facial,
transporte y seguridad.
El pobre latino muchas veces no
entiende que detrás de las deportaciones de Donald Trump también hay negocios.
Para él, la cuestión termina en “que se los lleven”. Pero esos inmigrantes
tienen nombres, familias y, en muchos casos, parientes hondureños que dependen
del dinero que ellos envían. Mientras unos celebran la expulsión, otros hacen
dinero con la detención y el proceso de deportación. Y lo más triste es que
algunos terminan aplaudiendo un sistema que convierte la desgracia de sus
propios familiares y compatriotas en una fuente de ganancias.
¿Para qué complicarse con estos
datos cuando tenemos sentimientos?
Así se construye una masa
convencida de su independencia mientras actúa de forma perfectamente
predecible. Como los borregos que creen estar decidiendo por dónde pastar,
cuando en realidad el pastor ya ha trazado el camino. Y no me malinterpreten,
no estoy diciendo que seamos idiotas. Estoy diciendo que nos han enseñado a
defender intereses ajenos creyendo que estamos defendiendo los nuestros, que es
algo muy distinto y mucho más preocupante.
La política, que es tan lista
como el que más, ha entendido perfectamente este escenario y ajusta su
comportamiento. Cuando faltan ideas sólidas, sobran ataques. ¿Para qué explicar
un proyecto complejo de reforma fiscal cuando puedes decir que tu adversario es
un “comunista” o un “fascista” y dejar que el público haga el resto?
Desacreditar al contrario resulta
más rentable que explicar una propuesta. Es como en esas películas de boxeo
donde el campeón, sabiéndose inferior, intenta desestabilizar al retador con
insultos antes de que suene la campana. El objetivo ya no es persuadir con
argumentos, sino erosionar la confianza general. Cuanto más cansado está el
votante, más fácil resulta empujarlo a elegir por descarte.
Y aquí viene lo bueno: este
círculo se alimenta solo. La apatía favorece la manipulación, y la manipulación
profundiza la apatía. Es como un perro que se muerde la cola, pero con la
diferencia de que el perro, al menos, se divierte. En ese ambiente prosperan
los más resistentes al descrédito, no los más capaces. ¿Quién es el político de
éxito? No el que tiene mejores ideas, sino el que aguanta mejor los golpes, el
que es capaz de sonreír mientras le llaman de todo, el que se levanta después
de cada escándalo con la misma cara de póquer.
La competencia política se parece
cada vez menos a una selección de méritos y cada vez más a una prueba de
resistencia moral invertida, donde avanza quien mejor soporta el cinismo. Me
recuerda a aquel capítulo de Black Mirror donde la gente vivía en un mundo de
puntuaciones sociales. Pues no, resulta que no hace falta ciencia ficción. Ya
vivimos en ese mundo, solo que aquí las puntuaciones las pone el algoritmo de
turno y el político que mejor domina el arte del postureo.
Así, el sistema termina premiando
a quienes dominan la distorsión y castigando a quienes intentan hablar con
claridad. Porque, seamos sinceros, ¿quién quiere escuchar a alguien que dice
“esto es complejo y necesitamos tiempo para analizarlo” cuando tienes al otro
ofreciéndote soluciones mágicas en tres minutos de video vertical?
O tempora, o mores! diría Cicerón
si levantara la cabeza. Y yo añadiría: “Sí, pero al menos en Roma los discursos
duraban horas y había que tener estómago para oírlos”. Hoy, si un político
habla más de treinta segundos, ya estamos buscando el celular para distraernos.
Hemos convertido la democracia en un concurso de TikTok, y luego nos extrañamos
de que los ganadores sean los que mejor bailan, no los que mejor piensan.
Volviendo a lo nuestro: la
democracia conserva sus formas, sus rituales, sus elecciones cada cuatro años.
Pero pierde su sentido, como un viejo reloj al que le han quitado las
manecillas y solo le queda la caja bonita. Frente a este panorama, insistir en
que todo funciona como debería resulta cómodo, aunque peligroso. Es como decir
que el Titanic navegaba bien mientras el iceberg ya se veía en el horizonte.
Cuando la persuasión sustituye al
criterio, cuando el ruido ocupa el lugar del juicio, cuando la mentira repetida
mil veces se convierte en verdad de diccionario, entonces el deterioro deja de
ser una posibilidad lejana y se convierte en una rutina aceptada. Y lo peor de
todo: pagamos por ella. Pagamos con nuestra atención, con nuestro tiempo, con
nuestra capacidad de asombro. Pagamos con nuestra dignidad de seres pensantes,
mientras aplaudimos el espectáculo y decimos que esto es lo que hay.
¿Saben lo que más me preocupa? No
que nos mientan. Eso es viejo como el mundo. Lo que me preocupa es que nos
hayamos acostumbrado. Que el ciudadano medio ya no se escandalice cuando
escucha una contradicción flagrante, que asuma con naturalidad que “todos los
políticos son iguales” y que eso, en lugar de llevarle a exigir más, le lleve a
exigir menos.
Qui tacet, consentire videtur,
dice el derecho romano: el que calla, otorga. Y nosotros, queridos amigos,
llevamos demasiado tiempo callados. Demasiado tiempo tragando sapos sin
preguntar de dónde vienen. Demasiado tiempo asintiendo con la cabeza mientras
nos vacían la nevera y nos dicen que es por nuestro bien.
Así que ya saben: la próxima vez
que alguien les ofrezca una solución simple para un problema complejo,
desconfíen. La próxima vez que vean a un político gritar más que explicar,
apaguen la televisión. La próxima vez que sientan la tentación de repetir una
consigna sin examinarla, paren un momento y pregúntense: “¿Esto lo he pensado
yo o me lo han puesto en la cabeza?”
Porque, al final, la única
libertad que realmente importa es la que ejercemos cuando decidimos pensar por
nosotros mismos. Y esa, amigos míos, no la venden en los noticieros.
Dicho queda. Y el que quiera
entender, que entienda; que para eso tiene cabeza, aunque algunos parezcan
empeñados en no usarla.
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