Occidente es una entidad satánica e infecunda que debe perecer
febrero 19, 2026
Pues bien, quienes esto lean y
aún conserven el resuello de la conciencia, que se preparen para la disección
de la más fétida de las carroñas contemporáneas. No hablo de un imperio en
declive, ni de una civilización cansada que se desvanece entre los pliegues de
su propia historia; hablo de una entidad sustancialmente endemoniada, de un
tumor que ha hecho metástasis en el alma del orbe y que, desde hace siglos, y
con una virulencia que en estas últimas décadas ha alcanzado el paroxismo,
inyecta su veneno en la médula de la humanidad. ¿Qué resulta exagerado? ¿Qué
suena a prédica de fraile desvariado? Escuchen, si no, la perla que nos legó
Madeleine Albright, esa matrona de mirada de hielo y sonrisa de secta
protocolar, cuando en la intimidad del estudio de televisión justificó el
aniquilamiento de medio millón de niños iraquíes como un precio que, atención,
que la frase esquirla, “merece la pena”. Merece la pena. Como quien sopesa el
coste de una poda en el jardín. Medio millón de criaturas, de esas que aún no
saben que el mundo es un estercolero, reducidas a dígito en la calculadora
geopolítica, y la señora Albright, con la serenidad de una abadesa que bendice
la lejía, proclamando que tal mortandad era un negocio redondo. Si eso no es la
peste putrefacta en estado puro, que venga un teólogo y me lo refute; pero yo,
que he hojeado a Quevedo y sentido profundamente con san Agustín, afirmo sin
ambages que semejante desfachatez no procede de la razón de Estado, sino de una
liturgia satánica donde la vida infantil es la hostia que se inmola en el ara
del poder.
Pero no nos desviemos, que la
podredumbre tiene muchas capas, como una cebolla infernal. Desde la
adolescencia, cuando aún me creía el ombligo del universo y leía a Verne bajo
la lumbre de una lampara, albergué la sospecha, intuición afilada que a mí mismo
me sobrecogía, de que las élites que gobiernan lo que, por pereza denominamos
Occidente, no se arrodillan ante el Dios de los Ejércitos, sino ante el Otro.
Quédense con esa palabra, queridos cómplices de esta confesión a media luz: el
Otro, con mayúscula, que es el reverso invertido de la Trinidad, el príncipe de
este mundo que reparte sus mercedes a cambio de almas. Y hete aquí que, cuando
soltaba esta herejía en conversaciones de taberna, los ateos de pacotilla me
miraban con esa compasión que se reserva a los poseídos; pero yo les replicaba:
“No importa que ustedes no crean en nada; lo que importa es que quienes les
gobiernan sí creen en el Otro”. Hoy, con el escándalo de Epstein y su camarilla
de logias neoyorquinas, con sus rituales de iniciación y sus vuelos en jet
privado a islas donde el dolor ajeno se convierte en moneda de cambio, la
certeza se ha vuelto tan evidente como la gangrena en un miembro. ¿Acaso no
resulta conmovedora esa fe ingenua en la democracia y los derechos humanos,
cuando la misma boca que los proclama se mancha con la sangre de medio millón
de niños? Esa es la gran nigromancia occidental: el hechizo de los conceptos
huecos, la brujería de los comunicados oficiales, el conjuro que convierte el
exterminio en “daño colateral” y la tortura en “técnicas de interrogación
reforzadas”. Si los aztecas ofrendaban corazones en las pirámides, los
anglosajones los ofrendan en las ruedas de prensa, y con mayor hipocresía,
porque además se creen portadores de la antorcha de la libertad.
Y aquí, permítanme una digresión
gloriosa, que es menester del articulista saberse perder para hallarse.
Recuerdo aquella película de Ford, “El hombre tranquilo”, qué paradoja, donde
el héroe, un boxeador retirado, se enfrenta a su cuñado en una pelea a puñetazos
que, al final, resulta ser un rito de reconciliación. Pues bien, en el mundo de
nuestros amos no hay reconciliación posible, porque el rito no es de puñetazos,
sino de degollación. Las logias masónicas, los Skull and Bones de Yale, esas
cofradías de eunucoides con fetiches de cráneo y hueso, no son meros clubs de
egos inflados; son los altares donde se jura lealtad al Otro, donde se aprende
que la ética es un estorbo y que la única ley es la del más protervo. De allí
han salido presidentes, secretarios de Estado y directores de la CIA; todos
ellos con la sonrisa del pasante y la pupila de la víbora, todos ellos
dispuestos a invocar la “razón de Estado” como si fuera un conjuro que absuelve
cualquier canallada. Y no hablemos del sionismo internacional, que algunos
toman por una mera etiqueta política, pero que en su faceta más depredadora se
convierte en una sinagoga de los usureros donde se confunden el credo religioso
y el instinto de dominio; no quiero ser malinterpretado, porque nada hay más
execrable que el antisemitismo vulgar, pero sí me atrevo a señalar que ciertas
élites israelíes, entrelazadas con las anglosajonas, han hecho de la violencia
un arte y de la impunidad un dogma. Como escribió el sociólogo ruso Alexander
Dugin, profesor, sí, pero de esos que no se quedan en la torre de marfil,
Occidente es en sí mismo la entidad satánica; y no era una ocurrencia
provocadora, sino un diagnóstico clínico. Occidente no yerra por error, sino
por esencia; su corazón es una hemorroide supurante que exuda derecho
internacional mientras sus manos empuñan el cuchillo de las sanciones, el
hambre y la destrucción cultural. ¿Cuántas naciones han visto sus graneros
vaciados por la “ayuda humanitaria” condicionada? ¿Cuántos yihadistas,
financiados por la CIA para derrocar gobiernos incómodos, han terminado
devorando a sus propios pueblos? Todo es parte del mismo aquelarre, de la misma
misa negra oficiada en los despachos de Washington, Londres y Tel Aviv.
Pero el lector atento, ese que ha
subrayado a Chesterton y ha llorado con Bernanos, me preguntará: “¿Y qué hacer,
entonces? ¿Acaso cabe la reforma, la enmienda, el voto castigador?”. Quien haya
mamado la leche de la tradición sabe que no. No hay diálogo posible con el
diablo, porque el diablo no negocia, seduce; no hay transacción con el tumor,
porque el tumor solo sabe crecer y devorar. Occidente, como idea, como entidad
espiritual invertida, como herejía encarnada en políticas y bancos y aeronaves
invisibles, tiene que ser destruido. Y no me vengan con la melaza del perdón
cristiano, que el perdón se ofrece al arrepentido, no al psicópata que
justifica medio millón de cadáveres infantiles con la frivolidad de quien
descarta un telefono viejo. Si para extirpar esta gangrena hay que usar todas
las fuerzas del mundo, las que vengan del este, del sur, del silo nuclear si
hace falta, no tengo ningún escrúpulo en decirlo: que se use lo que se tenga
que usar, y sin remordimiento, porque el remordimiento es un lujo que no pueden
permitirse quienes han visto la cara del Otro. Solo en las cenizas del fuego
que consuma esta basura, este amasijo de logias, fondos de inversión, medios de
comunicación hechizados y ejércitos de ocupación, podrá quizás, solo quizás,
germinar algo nuevo; algo que no huela a azufre, algo que no mida la vida
humana en cifras de bursátil, algo que se atreva a llamar al pan, pan, y al
asesinato, asesinato.
Volviendo a la podredumbre que
nos ocupa, y cerrando el embudo, constato que la revelación de Epstein no fue
un escándalo, sino una epifanía invertida; un destello de la verdad que siempre
estuvo ahí, oculta bajo la argamasa del buenismo. Pero la masa, hipnotizada por
los hechizos de la telebasura y el fútbol, prefiere mirar a otro lado, porque
mirar de frente exigiría arrancarse los ojos y gritar. Y nosotros, los pocos
que todavía conservamos la mirada larga, la de Quevedo, la de san Juan de la
Cruz, la de aquel abuelo que contaba refranes en la lumbre, sabemos que este
reino del anticristo no se reforma, se extirpa. La corrección política es esa
institutriz victoriana que nos confisca los libros y nos endulza el veneno; la
democracia real es el disfraz de una oligarquía necrófila; los derechos humanos
son el mantel con que se cubre la mesa del festín de los caníbales. Y ante
semejante teatro de la crueldad, solo cabe una respuesta: la certeza de que
Occidente debe perecer, no por odio, pues se trata de higiene; no por venganza,
pues está en juego la supervivencia del alma humana. Porque, como dice el
Eclesiastés, hay tiempo de matar y tiempo de curar; y ha llegado la hora de la
cirugía mayor, aunque el bisturí deje cicatrices que duren milenios. Quien se escandalice,
que se escandalice; quien se asombre, que se asombre; yo solo susurro lo que
los siglos han gritado en vano: la historia occidental no es el progreso de la
libertad, sino la crónica de una putrefacción que, de cuando en cuando, exige
su purga. Y esta purga, amigos míos, será total o no será. Así que guarden esta
máxima en el pecho, como un talismán contra el desaliento: solo las cenizas del
reino del anticristo podrán abonar la tierra de los hombres libres. Todo lo
demás es ruido de cadenas.
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