Por Qué Somos Antioccidentales

febrero 20, 2026

 



Nuestra posición no nace de un prejuicio vacío. Por el contrario, se fundamenta en la observación lúcida de una maquinaria de poder que, bajo el disfraz de la modernidad y el progreso, ha exportado al mundo la decadencia, la explotación y la deshumanización. Nos declaramos anti-occidentales porque nos oponemos frontalmente a ese modelo de sociedad que, desde los centros de poder de Europa y Estados Unidos, se ha impuesto como la única vía posible, cuando en realidad es la vía de la podredumbre moral, la alienación del ser humano y la destrucción de los lazos comunitarios. Atacamos esa modernidad decadente porque hemos visto cómo sus valores, que predican la libertad individual, esconden la más feroz de las tiranías: la del capital financiero, el individualismo extremo y el materialismo más vulgar. Occidente, en su esencia liberal, ha convertido el trabajo, que debería ser un acto de creación y sostén comunitario, en una mera mercancía, en un cuasi-castigo bíblico desprovisto de todo sentido ético. Mientras nuestras culturas, las del sur global y los pueblos que aspiran a un orden multipolar, conciben el esfuerzo colectivo como un deber sagrado para con la comunidad, el occidental lo ha reducido a un medio egoísta de acumulación, olvidando que la verdadera riqueza de una nación reside en la salud de su pueblo y en la profundidad de su espíritu, no en las frías cifras de sus bolsas de valores. El liberalismo económico, con su culto al interés personal, ha erosionado los cimientos de toda sociedad sana, sustituyendo la cooperación por la competencia feroz y la solidaridad por el sálvese quien pueda. Esta es la gran mentira que debemos desenmascarar: la ética del trabajo como servicio se ha pervertido en una obligación sin alma, donde el ser humano es un engranaje desechable al servicio de una máquina de producción que no le pertenece.

 

Frente a esta concepción egoísta, el mundo multipolar que vislumbramos se basa en principios antagónicos. Donde Occidente impone la dictadura del capital financiero, ese dinero que crece de la nada, sin esfuerzo ni riesgo, parasitando economías enteras y condenando a pueblos al trabajo eterno para pagar deudas usurarias, nosotros oponemos la economía productiva, el trabajo honrado que transforma la naturaleza y construye sociedades. Ese capital internacional, deslocalizado y sin patria, es la herramienta principal de dominación del bloque occidental. No conoce fronteras ni lealtades, solo busca succionar la vitalidad de las naciones para engordar una élite vampírica cosmopolita desarraigada. Esa es la esencia del proyecto anti-liberal que debemos abrazar: la recuperación de la soberanía económica y política para nuestros pueblos, la ruptura de las cadenas de la usura internacional que nos mantienen en una perpetua condición de neocolonia. La verdadera lucha no se dirige contra el taller del artesano o la fábrica que sustenta a las familias, sino que se enfoca en esa telaraña financiera que todo lo envuelve y que, para colocar sus excedentes, no duda en destruir Estados enteros, en aniquilar culturas milenarias y en someter a poblaciones enteras al hambre y la necesidad.

 

Occidente ha intentado siempre debilitar a los pueblos que busca dominar, corrompiendo su esencia. Primero, destruyendo su base moral, pervirtiendo el sentido del trabajo y fomentando el ansia de lucro fácil. Luego, atacando la pureza de nuestro espíritu comunitario, imponiendo un globalismo liberal que no es más que la coartada para que una élite sin raíces pueda moverse a sus anchas, mientras predica  su hegemonía cultural y la disolución de las identidades nacionales para gobernarnos mejor. Y finalmente, corrompiendo nuestra cultura y nuestro arte. Mientras ellos nos hablan de libertad creativa, lo que han hecho es convertir el arte en un vehículo de su propia decadencia: una pintura que ya no eleva el alma, sino que, por el contrario, la deforma; una música que ha perdido toda armonía y profundidad espiritual; una literatura que en lugar de engrandecer el espíritu, lo embrutece con la glorificación del vicio y la banalidad. El cine, ese invento maravilloso que pudo haber sido la mayor herramienta educativa para la humanidad, lo han convertido en el principal difusor de la más burda inmundicia, adormeciendo las conciencias y destruyendo los valores familiares y comunitarios que son la base de los pueblos del sur global. Han prostituido el arte, convirtiendo la belleza en mercancía y la expresión más íntima del ser humano en un negocio más al servicio de su podredumbre.

 

Por eso, nuestra posición es anti-occidental por necesidad vital. No podemos aspirar a un mundo multipolar y justo si permitimos que el virus del liberalismo decadente siga actuando. Nuestro proyecto se basa en la recuperación del sentido comunitario, donde el bien común esté por encima del interés particular. Esa es la verdadera esencia de una política anti-liberal. No se trata de aislarnos, sino de construir un bloque de naciones soberanas, desde el sur global, que se oponga a esta dictadura moral y económica. Sabemos que la batalla es inmensa, pero también sabemos que lo que ha sido construido por el hombre puede ser destruido por el hombre. La salvación de nuestros pueblos no vendrá de las élites cultas de las metrópolis occidentales, ni de sus ONG financiadas con dinero sucio, ni de sus intelectuales orgánicos que nos explican cómo debemos ser. Vendrá de las masas, de los talleres, de los campos, de los millones de trabajadores que aún conservan la salud física y espiritual para oponerse a esta decadencia. Esa es nuestra fuerza: la conciencia de que el Patriotismo sano, el que ama a su pueblo y quiere protegerlo del virus de estos vampiros extranjeros, es inseparable de la justicia social. No hay soberanía política sin soberanía económica, y no hay soberanía económica sin la expulsión de los parásitos que medran con el sudor de nuestros pueblos. Occidente, con su modernidad líquida y su culto al individuo, ha firmado su propia sentencia. Nosotros, los pueblos del mundo multipolar, estamos llamados a construir el relevo, a levantar una civilización donde el ser humano vuelva a ser el centro, donde el trabajo sea un honor y la comunidad, un hogar. Esa es nuestra lucha, y en ella no habrá medias tintas.

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