Reseña crítica del libro La batalla cultural: por qué es basura panfletaria

febrero 21, 2026

 



Hay libros que, por su mera existencia, constituyen un acto de fe. No fe en Dios, desde luego, pero sí fe en la propia capacidad de reinventar la rueda y venderla como un descubrimiento revolucionario. La batalla cultural de Agustín Laje pertenece a esa categoría de obras que se presentan como un faro en la oscuridad cuando en realidad no hacen más que refritar viejas consignas con el vocabulario académico necesario para que los incautos crean estar ante un tratado de filosofía política y no ante lo que efectivamente es: un panfleto de cabecera para la nueva derecha latinoamericana, un manual de instrucciones para el guerrillero de salón que confunde la lectura de Bauman con la comprensión del mundo. Y debo ser claro desde el principio: mi rechazo a este libro no viene de ninguna simpatía hacia la izquierda woke , que, al fin y al cabo, es hijo del mismo liberalismo occidental que Laje defiende aunque no lo sepa, , en cambio es de algo mucho más simple: este libro es una mierda, una basura panfletaria, otro estercolero más de los tantos panfletos que esta al mismo nivel de los escritos genéricos de la zurdería latinoamericana, aunque en este caso mal parido de la infecunda derecha latinoamericana. Lo suyo no está lejos, señores: está en la misma categoría de parasitismo intelectual.

 

Primero doy gracias a Dios de que no gasté un centavo leyendo esta cosa. Gracias a Dios. No gasté un lempira, ni un céntimo, ni un peso, ni un euro, ni una libra, ni un dólar en este libro. Lo leí por otros medios, y aun así siento que me deben compensación por el tiempo perdido.

 

Pero hay algo más grave que su mediocridad literaria: la estrechez geográfica de su obsesión. Laje hace de la "batalla cultural" algo que solo ocurre en un pequeño rincón del planeta. América Latina no es el centro del mundo. Europa y Estados Unidos tampoco lo son. ¿En China hay alguna "batalla cultural" de este tipo? No. ¿En Medio Oriente? Menos. ¿En África, en Europa del Este, en Rusia? Nada. El único enfrentamiento auténticamente cultural, y más que cultural, escatológico, de dimensiones geográficas nunca vistas, es contra Occidente. Las elites occidentales, su unipolarismo, su disolución de las patrias, su hegemonía del dólar, su brujería de medios de comunicación, la decadente cultura unidimensional, la red de pedo-sionistas de los archivos Epstein, contra su adoración a rituales satánicos, contra Baal. Laje nunca hablará de estas cosas. Y sé que cuando escribió el libro no estaba tan en vigencia algunas de las mencionadas, pero tampoco actualiza sus contenidos ni los va a tocar, porque claro: él tiene una narrativa vigente de los laboratorios de ideas libertarios de Inglaterra, la Unión Europea, Estados Unidos. No se va a cuestionar nada de esto. Ya de ahí su "batalla cultural" es una mentira, una palabra plagiada del Kulturkampf de Bismarck que no ha inventado nada. Yo creí que hablaría de la nueva derecha de Alain de Benoist, de algo genuinamente novedoso. Tampoco la menciona. Despierten, por favor: puro panfletismo esto.

 

Si ya de por sí se me hace rancia la izquierda woke que tenemos en América Latina, esa que Laje tanto denuncia pero que, repito, bebe del mismo manantial liberal que él, , viene este personaje a contaminarnos con su versión de derecha. Porque la cuestión es clara: no tienes que alejarte de Occidente. Eso es lo que quiere Laje, que no te alejes. Que las únicas alternativas que vas a conocer a nivel económico, social, institucional, monetario, las encuentres en Occidente. No, no, no. Una auténtica batalla hoy es separarse de Occidente. Económicamente, socialmente, en instituciones, a nivel monetario. Romper con el FMI, con el Banco Mundial, con el dólar como reserva, con las cadenas de valor que nos mantienen subalternos. Pero claro, para eso habría que tener agallas de varón indohispano, y Laje prefiere pelearse con estudiantes de género en Twitter.

 

Laje, hay que reconocerlo, tiene oficio. Sabe que para seducir al incauto hay que empezar con un gesto de humildad académica, "el estilo de mi trabajo es académico, y la honestidad intelectual es su guía”, para inmediatamente después confesar que su interés no es la teoría, en cambio es "una práctica política que sirva a las derechas". Esta confesión de parcialidad, presentada como transparencia, es en realidad la coartada perfecta para todo lo que sigue: un monumento a la mala fe hermenéutica donde cada concepto es estirado, torsionado y violentado hasta que encaje en la narrativa de la gran conspiración cultural de las izquierdas (del zurderío occidental salido de las academias de los países que tanto admira).

 

Porque de eso trata este libro: de trazar el mapa de una conjura. La tesis es simple y eficaz para mover fibras del resentimiento: las izquierdas entendieron que la lucha era por los medios de significación, y mientras las derechas dormían, aquellas copaban universidades, medios, editoriales, museos. Laje se presenta como el despertador de esta siesta, el hombre que viene a revelar el ardid. Pero su campo de batalla es ridículamente pequeño: la sección de comentarios de YouTube, Twitter, los pasillos de facultades de humanidades occidentales. Como si el mundo se redujera a eso.

 

El problema de fondo es que Laje no entiende que la cultura no es un campo de batalla porque las izquierdas lo hayan convertido en tal, en cambio es porque la cultura es, por definición, conflicto. Cita a Gramsci, pero se queda con la táctica y omite el diagnóstico de clase. Cita a Foucault, pero olvida que el poder circula, atraviesa, constituye. Cita a Bauman, pero extrae del líquido solo lo que le sirve para mojar la pólvora de su cruzada. El resultado es un pastiche teórico donde los conceptos navegan sin rumbo, reducidos a munición para una batalla que, paradójicamente, pretenden explicar. Y todo ello al servicio de una visión del mundo que ni siquiera cuestiona el marco occidental en el que se mueve.

 

Cuando llega el momento de definir la "batalla cultural", Laje opera un desplazamiento sutil pero decisivo. De la constatación de que la cultura es un campo de significaciones en disputa se pasa subrepticiamente a la prescripción de que la cultura debe ser un campo de batalla. De la descripción se salta a la táctica. Y en ese salto se juega todo el proyecto: no se trata de comprender cómo funciona la cultura, en cambio es intervenir en ella con el mismo razonamiento guerrerista que se denuncia en las izquierdas. Es la coherencia de quien critica el juego pero se niega a salir del tablero.

 

Laje necesita creer que el enemigo tiene un plan. La cultura no es para él un tejido complejo de prácticas sociales; en cambio, es una maquinaria conspirativa manejada desde algún cuartel general de la Nueva Izquierda. Por eso su lectura de la modernidad es tan automática: la modernidad es diferenciación de esferas, la posmodernidad es desdiferenciación donde la cultura lo invade todo. La historia universal queda reducida a una progresión teleológica cuyo único sentido es explicar por qué hoy tenemos que leer este libro. Nunca se pregunta por la pertenencia de esa historia a nosotros; de lo contrario será simplemente la historia de una civilización en decadencia que intenta arrastrarnos con ella.

 

Los capítulos dedicados a la modernidad y la posmodernidad revelan la operación retórica. Hay esfuerzo por apropiarse de Durkheim, Weber, Tönnies, Parsons, pero siempre con el mismo movimiento: la teoría se convierte en una coartada. Cuando Weber habla del desencantamiento, Laje lamenta la pérdida de la "unidad cultural" premoderna. Cuando Simmel analiza la tragedia de la cultura, Laje encuentra confirmación de que la cultura es un conflicto. Es la teoría puesta al servicio de la nostalgia, la nostalgia puesta al servicio de la reacción. Una reacción, eso sí, que nunca cuestiona el capitalismo real, el que financia tanto a la izquierda woke como a la derecha que Laje representa.

 

El tratamiento de la economía es sintomático. Sigue a Polanyi, Weber, Hayek para explicar la transición de la economía premoderna a la moderna. Pero cuando conecta esto con la batalla cultural, la argumentación se vuelve sospechosamente simple: si la economía ya no está incrustada en la cultura, entonces la cultura puede reaccionar contra ella. Por tanto, batalla cultural. La compleja historia de la transformación económica occidental queda reducida a mera condición de una posibilidad para la guerra cultural. La economía no importa por sí misma, ni las cadenas de explotación globales, ni la dependencia de fondo de nuestras economías respecto al centro occidental. Solo importa como escenario de peleas culturales entre profesores universitarios.

 

Esta ceguera ante lo económico permite a Laje construir su relato sin enfrentar las contradicciones materiales. Porque si algo revela su libro es que la famosa batalla cultural es, en gran medida, una batalla entre fracciones del capital: capitalismo productivo nacional frente a capitalismo financiero globalizado. Pero Laje no puede ver esto porque su marco teórico, esa mezcla de juegos a una especie de gramscianismos de derecha y teorías de la conspiración, solo le permite ver agentes conscientes, voluntades maléficas. No hay lugar para el razonamiento sistémico, para la dinámica impersonal del capital, para la forma en que el mercado convierte cualquier transgresión en mercancía. Y mucho menos para ver que él mismo es producto de esa dinámica, financiado por los mismos circuitos que critica.

 

De ahí su fascinación por Soros, Rockefeller, Ford, Open Society. Las páginas finales se convierten en un rosario de denuncias que pretenden ser prueba de conspiración. Pero lo que revelan es su incapacidad para pensar el poder más allá de la teoría de la conjura. Que haya dinero financiando causas liber-progresistas no demuestra el plan maestro que tanto balbucea Laje, en cambio es que el capitalismo contemporáneo occidental ha encontrado en la diversidad y la deconstrucción un negocio redondo. Las multinacionales no apoyan el orgullo gay porque sean progresistas, en cambio es porque vende bien en el denominado primer mundo en especial ese mundo occidental que balbucea como Laje, una especie de superioridad moral, vean qué parecidos son... Esta dimensión sistémica se le escapa porque admitirla implicaría reconocer que su propia "derecha" es parte del mismo juego.

 

El capítulo dedicado a la díada izquierda/derecha es el más débil, no por falta de una erudición, conoce a Bobbio, Bueno, Gellner, , más bien es por exceso de una especie de necesidad. Necesita salvar la distinción para anclar en ella su proyecto de Nueva Derecha. Pero la argumentación se vuelve equilibrismo conceptual: la izquierda descompone para reconstruir racionalmente, la derecha busca armonía orgánica. Definiciones tan vagas que permiten incluir a liberales, conservadores, seudo-tradicionalistas y seudo-patriotas, siempre que compartan el pánico ante la "deconstrucción cultural". Nunca se pregunta si estas categorías tienen sentido fuera del occidente atlántico, en caso contrario serán simplemente la pelea de dos facciones de una misma civilización en declive.

 

Es aquí donde el libro revela su verdadera naturaleza: no es un análisis de la batalla cultural, en cambio es una contribución a ella. Un arma más en el arsenal de la nueva derecha no es más que neoconservadurismo anglo-sionista una Nueva invasión cultural del occidente globalista liberal. Un intento de construir esa "cadena equivalencial" que articule a todos los descontentos contra el liber-progresismo en un mismo frente. Por eso la erudición es instrumental, la teoría selectiva, la argumentación orientada a la praxis. Laje no quiere entender el mundo, quiere transformarlo, pero en el sentido más reaccionario: restaurar un orden de certezas que él mismo sabe irrecuperable. Y lo hace desde la comodidad de no cuestionar ni el dólar, ni el FMI, ni la dependencia de fondo, ni la subalternidad real de nuestras economías.

 

Lo más irritante es su tono: esa mezcla de suficiencia académica y militancia panfletaria, de distancia analítica y compromiso apasionado. Se presenta como el valiente que desafía la corrección política, el táctico que señala el camino cuando otros andan perdidos. Pero bajo esa armadura de cartón se esconde el rostro conocido de la reacción liberal Neo-angloconservadora: el miedo a la complejidad, la nostalgia de un orden imaginario, la incapacidad de habitar un mundo donde las certezas se desvanecen. Y sobre todo, la cobardía de no enfrentar al verdadero enemigo: el occidente decadente que financia tanto a la izquierda woke como a su propia "derecha" alternativa.

 

En el fondo, lo que Laje no puede tolerar no es que la izquierda se crea tener la razón, en cambio es que haya ocupado un espacio figurado dentro del mismo marco que él jamás abandona. No le molesta una revolución: le molesta haber perdido el turno en la fila. Su famosa “batalla cultural” no es contra un enemigo civilizatorio, en cambio es contra competidores dentro del mismo circo. Una riña por el micrófono, no por el escenario.

 

Porque ese es el punto: su guerra es doméstica. Una pelea de familia dentro de una civilización agotada. Cree estar enfrentando una amenaza histórica cuando en realidad discute con mutaciones internas del mismo organismo enfermo. Mucho ruido, mucha épica de cartón, pero siempre dentro del mismo perímetro mental. Nada que huela a ruptura real.

 

Y por eso su cruzada nace limitada. Nunca sale del corral. Nunca rompe el cerco. Habla de hegemonía cultural pero jamás toca la hegemonía civilizatoria. Denuncia relatos, pero no estructuras. Se indigna con los signos mientras reverencia el sistema que los produce. Es el tipo de rebeldía que ladra fuerte siempre que no tenga que morder nada importante.

 

El cierre del libro es previsible: un llamado a organizar una Nueva Derecha que dé la batalla en escuelas, universidades, medios, redes y calles. Una supuesta guerra total en el terreno figurado. Pero aquí es donde la grandilocuencia se vuelve involuntariamente cómica: esa guerra no solo ya existe, en cambio es que ni siquiera gira en el eje que él imagina. No es izquierda contra derecha. Es un orden que se descompone contra un mundo que intenta aun con sus contradicciones, salirse de su órbita.

 

Reducir eso a memes ideológicos es no entender nada o, peor aún, entenderlo demasiado bien y preferir el teatro. Porque el libro entero funciona como eso: un libreto para actores secundarios que creen protagonizar la historia mientras repiten líneas escritas en otra parte.

 

Al final, el texto no revela ninguna verdad incómoda. Solo añade más ruido al ruido. Otro manifiesto occidental convencido de estar descubriendo el fuego mientras sopla brasas ajenas. Y lo más irónico es que pretende despertar conciencias manteniéndolas encerradas en el mismo barco que hace agua por todos lados, alentando peleas por los camarotes mientras el casco cruje.

 

Como diagnóstico de época, La batalla cultural es plano. Como programa político, impracticable. Como teoría, inconsistente. Pero como síntoma, eso sí, es fascinante. Porque delata una mentalidad incapaz de imaginar el mundo fuera de las categorías que la formaron. Una mente que necesita que el conflicto sea cultural porque no puede permitirse admitir que es civilizatorio.

 

Y ahí está su verdadero valor: no en lo que dice, en cambio es en lo que exhibe. El libro funciona como radiografía involuntaria de una derecha que quiere parecer insurgente sin dejar de ser una herramienta del partido republicano anglo. Rebeldes de utilería, disidentes con manual de estilo, iconoclastas que piden permiso antes de romper algo.

 

En ese sentido, Agustín Laje escribió exactamente el libro que su público necesitaba: un ansiolítico ideológico. Un mapa para no perderse sin tener que explorar. Una brújula que siempre apunta hacia atrás, pero se vende como si marcara el norte.

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