El Japón Imperial criminal y la ceguera latinoamericana
abril 18, 2026
Es fascinante, casi único, el
caso de Japón. Nadie lo asocia a sus crímenes. Israel, Estados Unidos, la Unión
Soviética, el Imperio Otomano, Alemania… todos cargan con su violencia
histórica, sus genocidios, sus masacres, y nadie los deja olvidar. Japón, en
cambio, circula globalmente como cultura, tecnología, estética y eficiencia,
mientras su imperio brutal queda convenientemente olvidado.
Ese olvido no es casual: fue
construido tras 1945, cuando Estados Unidos necesitaba a Japón como aliado
estratégico y enterró sus bestialidades. Ningún otro país moderno ha logrado
borrar de esa manera su pasado criminal, y eso es lo que hace el caso japonés
tan extraordinario y fascinante.
En América Latina no existe una
admiración hacia Japón: existe un fetichismo casi patológico. Y el fetichismo,
por definición, no piensa, no pregunta, no contrasta; consume y se arrodilla.
Japón es digerido por el latino promedio como mercancía estética y objeto
aspiracional, no como sujeto histórico con sangre en las manos. Anime, autos,
gadgets, minimalismo, disciplina, templos, cerezos, haikus, silencio refinado.
Todo eso existe, sí, pero también existe una selección deliberada de lo que se
quiere ver y, sobre todo, de lo que se decide ignorar. El resultado es una
fantasía infantil: Japón como civilización elevada, casi moralmente superior,
que habría alcanzado la modernidad sin colonizar, sin masacrar, sin
experimentar con personas ajenas. Esa fantasía no es ingenua: es ideológica,
cómoda y profundamente peligrosa.
El latino fetichiza a Japón
porque necesita creer que existe una vía de salida limpia del atraso. Japón
funciona como modelo aspiracional para sociedades marcadas por el fracaso
histórico, la sujeción y la humillación colonial. Si ellos pudieron, pensamos,
entonces el problema somos nosotros. Pero en ese razonamiento hay una trampa:
Japón no salió del subdesarrollo siendo virtuoso, salió siendo implacable. No
se integró al mundo moderno como excepción ética, sino como imitador aplicado
del peor rostro de ese mundo. Lo que el latino admira como orden y disciplina
fue, en su origen, una brutal maquinaria imperial.
La Primera Guerra entre China y
Japón (1894–1895) suele ser tratada como una anécdota técnica del ascenso
japonés. Para el latino promedio, si es que la conoce, es apenas un dato: Japón
vence a China, punto. Pero este conflicto no es un detalle; es el acta de
nacimiento del Japón imperial. Es el momento en que Japón deja de mirarse como
periferia amenazada y se concibe a sí mismo como centro dominante. Y lo hace
exactamente como lo hicieron las potencias europeas: identificando un vecino
debilitado, deshumanizándolo y sometiéndolo con una violencia organizada.
China, a finales del siglo XIX,
no era un imperio “atrasado” por naturaleza, sino un cuerpo saqueado. Las
guerras del opio, las concesiones forzadas, el despojo territorial y la
humillación diplomática habían erosionado su soberanía. Japón leyó correctamente
ese escenario: China no era solo un rival, era una presa. Y como toda presa
colonial, debía ser presentada como corrupta, decadente, incapaz de gobernarse
a sí misma. Aquí emerge un punto central que el latino rara vez comprende: la
violencia japonesa no fue solo militar, fue también simbólica. El chino dejó de
ser una persona plena y pasó a ser un obstáculo histórico.
Desde una perspectiva
antropológica, la Primera Guerra entre China y Japón inaugura la
deshumanización continua del otro asiático por parte de Japón. Se rompe un
vínculo civilizatorio milenario y se lo sustituye por una jerarquía racial
moderna. El chino ya no es vecino ni referente cultural: es el ejemplo de lo
que ocurre cuando un pueblo “inferior” no se moderniza correctamente. Este
razonamiento, calcado del darwinismo social europeo, es el que permitirá
décadas después atrocidades que hoy todavía se minimizan o relativizan.
Durante esta guerra ya se
observan patrones que luego se repetirán con consistencia brutal: castigos
colectivos, ejecuciones sumarias, saqueos, violencia gratuita contra civiles.
No es un exceso aislado ni una anomalía temprana; es un ensayo general. La idea
de que el enemigo asiático no merece las reglas de la guerra empieza aquí. Y lo
verdaderamente grave no es solo lo que Japón hizo, sino lo que aprendió: que la
violencia imperial no solo es eficaz, sino tolerada.
El Tratado de Shimonoseki no fue
simplemente una derrota china; fue una humillación civilizatoria. Taiwán es
arrebatada, Corea queda bajo tutela japonesa, China es obligada a pagar
indemnizaciones astronómicas. Japón no solo gana un masivo territorio: gana una
arrogancia histórica. Aprende que puede comportarse como imperio sin pagar el
precio moral que Occidente dice exigir. Esta lección marcará todo el siglo XX
japonés.
Aquí conviene detenerse en algo
que al latino le cuesta entender, y que suele despreciar como “resentimiento
asiático”. Cuando un latino pregunta con genuina estupidez por qué chinos,
coreanos o filipinos sienten rechazo hacia Japón, lo que está mostrando no es
curiosidad, más bien ignorancia histórica cómoda. Nadie se pregunta por qué
América Latina desconfía de Estados Unidos; nadie se extraña del rechazo
africano hacia Francia o del árabe hacia Inglaterra. Pero cuando el odio es
asiático y el agresor es Japón, al latino le parece exagerado, irracional,
emocional. Ese doble rasero es puro colonialismo mental.
El chino, por ejemplo, es visto
desde América Latina como una figura abstracta: o bien un estereotipo místico,
médico tradicional, comerciante ancestral, o bien una masa obediente y
pragmática. Pero cuando el tema es Japón, el chino se vuelve “excesivamente
emocional”, “rencoroso”, “incapaz de perdonar”. Esta lectura no solo es
insultante, es profundamente ignorante. El rechazo chino hacia Japón no es
mitológico ni culturalista; es histórico, material, documentado. Y además es
visceral, sí, porque la memoria del trauma no se procesa como un ensayo
académico.
Resulta particularmente revelador
que el latino acepte sin problema que China sea pragmática en economía, fría en
diplomacia y racional en planificación estatal, pero no tolere que sea visceral
en su memoria histórica. Como si el dolor tuviera que expresarse con modales
europeos para ser válido. Esa contradicción revela que el problema no está en
China, más bien en el latino que no quiere ver.
La admiración latinoamericana
hacia Japón no es inocente: es una forma de evasión. Se admira lo que se quiere
ser y se ignora lo que incomoda. Otakus, fanáticos del automovilismo japonés,
consumidores de diseño y estética nipona rara vez se preguntan de dónde viene
ese Estado, qué costo tuvo su ascenso, qué pueblos fueron triturados en el
proceso. No porque no puedan saberlo, sino porque saberlo rompería la fantasía.
Japón ha demostrado una notable
habilidad para manejar el olvido. Ese resultado no proviene de una conspiración
cultural difusa, sino de decisiones políticas sostenidas en el tiempo:
programas educativos que reducen la violencia imperial a episodios secundarios,
una memoria pública fragmentada y un desplazamiento continuo de
responsabilidades. El pasado no desaparece, pero queda desactivado. En el
escenario internacional, el país logró además instalar una narrativa centrada
en su propio sufrimiento bélico, con Hiroshima y Nagasaki como ejes
representativos dominantes, una imagen que circula sin fricción y deja en
segundo plano la trayectoria previa de agresión imperial en Asia.
Para América Latina, esta
discusión no es un capricho intelectual. Un continente que ha sufrido imperios
debería ser especialmente sensible a los relatos que blanquean la dominación.
Idealizar a Japón mientras se denuncia a Occidente es una incoherencia profunda,
nacida de la desesperación por encontrar un modelo no occidental que funcione.
Pero Japón no es ese modelo limpio que se quiere creer.
Japón es una civilización
fascinante, compleja, rica, llena de expresiones culturales admirables. Nadie
niega eso. Lo verdaderamente problemático es convertir esa admiración en
negación histórica. Porque cuando se ignora la violencia que permitió ese desarrollo,
no solo se traiciona a las víctimas asiáticas, sino que se reproduce el mismo
razonamiento que ha condenado históricamente a América Latina: admirar al
imperio mientras se niega su crimen.
Conviene, entonces, descender al
detalle quirúrgico, porque el fetichismo no se rompe con abstracciones morales,
más bien con hechos concretos. Y esos hechos, que en Asia Oriental forman parte
del conocimiento histórico elemental, permanecen casi completamente fuera del
radar latino. Ya en la Primera Guerra entre China y Japón aparecen crímenes
documentados que pulverizan el mito de una guerra “limpia” o “moderna”. La
masacre de Port Arthur (Lüshun), en noviembre de 1894, es el ejemplo inaugural:
tras la toma de la ciudad, tropas japonesas asesinaron masivamente a civiles
chinos mediante ejecuciones sumarias, saqueos y violencia indiscriminada que
dejaron miles de muertos en pocos días. No se trata de propaganda posterior:
corresponsales occidentales presentes describieron cadáveres apilados, calles
convertidas en mataderos y un razonamiento de exterminio momentáneo tolerado
por los mandos.
A esto se suman ejecuciones
recurrentes de prisioneros de guerra chinos. Soldados capturados tras
rendiciones o derrotas rápidas fueron eliminados continuamente, bajo la premisa
tácita de que el chino no merecía trato militar formal. El saqueo de ciudades y
aldeas fue práctica habitual, especialmente en Manchuria y el norte de China:
robo de bienes, destrucción de viviendas y templos, incendios punitivos sin
valor estratégico. La violencia contra civiles no fue un efecto colateral, sino
un método: castigos colectivos, asesinatos de sospechosos y una ausencia
deliberada de distinción entre combatiente y no combatiente.
Las normas elementales del
derecho de guerra, ya conocidas en la época, quedaron suspendidas en la
práctica. Combatientes chinos heridos fueron dejados a su suerte o ejecutados
en el propio campo de batalla. Bajo ocupación, la población civil enfrentó un
régimen de intimidación continua, humillaciones públicas, trabajos forzados
esporádicos y un desprecio racial ejercido sin disimulo. La devastación de
infraestructura civil careció de valor estratégico y operó como enseñanza del
terror: incendios punitivos, arrasamientos ejemplares, destrucción concebida
para disciplinar. Aunque esta violencia aún no había alcanzado la escala
industrial que vendría después, ya se encontraba plenamente configurado el
núcleo de acción del imperio japonés, una matriz de brutalidad que más tarde
sería borrada del relato dominante.
Quien crea que estos hechos
fueron excesos tempranos corregidos por la historia no ha entendido nada. La
Segunda Guerra entre China y Japón (1937–1945) no es una anomalía: es la
radicalización de lo ya ensayado. Aquí Japón libera sin contención lo que había
aprendido a hacer. La masacre de Nankín no es un accidente ni una excepción,
sino la culminación razonable de la deshumanización: decenas de miles de
civiles asesinados, violaciones masivas, ejecuciones públicas, personas
arrojadas a ríos, ciudades convertidas en carnicerías. Episodios documentados
muestran a oficiales compitiendo abiertamente por quién decapitaba a más
personas en un solo día, convertidos en espectáculo y noticia.
La Unidad 731 lleva este
razonamiento a su forma más obscena: experimentación humana continua con
prisioneros chinos y de otros pueblos mediante vivisecciones sin anestesia,
pruebas con armas biológicas, congelamientos e infecciones deliberadas. No era
un grupo marginal de sádicos, sino un programa científico-militar estatal,
protegido por el alto mando. Tras la guerra, muchos de sus responsables fueron
amnistiados a cambio de datos. El horror fue reciclado en nombre de la ciencia
y la geopolítica.
Y luego está la Operación Ichigo
(1944), la mayor operación militar de la historia japonesa y una de las más
vastas del teatro asiático. Concebida como un ataque continental para partir
China en dos, asegurar corredores estratégicos y aniquilar la resistencia,
Ichigo arrasó provincias enteras. Millones de civiles quedaron atrapados bajo
una maquinaria que combinó desplazamientos forzados, destrucción continua y
asesinatos masivos. Toda esa carga brutal cayó sobre China. No fue una campaña
secundaria: fue el corazón mismo del proyecto imperial japonés.
Resulta obsceno que buena parte
de la producción documental occidental pase de largo estos hechos o los reduzca
a notas al pie, mientras se fabrican ríos de contenido sobre otros horrores del
siglo XX. Estudiar el teatro chino de la guerra no es una tarea de estudio, es
una obligación histórica. Allí se enfrentó durante años una población sometida
a un poder fascista, genocida y brutal que hizo de la violencia un método y un
mensaje.
Que el latino ignore todo esto y
aun así se pregunte con condescendencia por el “odio asiático” hacia Japón no
es inocencia: es negligencia intelectual. No entender por qué estas memorias
despiertan bilis en China y en otros países de la región significa no haber
entendido nada del imperialismo moderno. Y si después de conocer estos hechos
alguien decide seguir fetichizando, entonces ya no estamos ante una ignorancia
particular, sino ante una elección consciente de mirar hacia otro lado.
Fuentes:
“China publishes archival
evidence exposing Unit 731 crimes” – China Daily
“Newly discovered documents prove
Japan’s wartime human experiments” – China Daily
“Khabarovsk trial archives reveal
horrors of Unit 731” – Global Times
“Books on Unit 731 crimes
launched with oral testimonies” – People’s Daily / Xinhua
“Unit 731 conducted systematic
human experiments during WWII” – CGTN / Xinhua
“Ex-member of Unit 731 recounts
human experiments” – spanish.china.org.cn
“Port Arthur massacre (1894):
mass killings by Japanese forces” – Wikipedia (nota histórica, documentada)
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