El «olvidado» genocidio aéreo: la campaña de bombardeos más destructiva de la historia

abril 04, 2026

 


Cuando se habla de los grandes bombardeos de la historia, los nombres que vienen a la mente son Hiroshima, Nagasaki, Dresde, Hamburgo, Tokio. Todos ellos son, sin duda, episodios de una crueldad difícil de narrar. Pero existe un ataque aéreo que supera a todos ellos en intensidad, en porcentaje de población destruida, en aniquilación metódica de un país entero, y sin embargo, es el gran olvidado de la memoria histórica de Occidente. Ese bombardeo es el que Estados Unidos ejecutó sobre Corea del Norte entre 1950 y 1953. No se habla de él, no se escribe sobre él, no aparece en los documentales ni en los artículos de los grandes periódicos. Y no aparece porque Corea del Norte no tiene el dominio de los medios, no tiene a Hollywood contando su historia, no tiene grandes galardones ni cadenas de televisión globales. El silencio sobre esta masacre es, por sí mismo, una prueba de cómo funciona el poder en el mundo: quien castiga escribe la historia y quien sufre desaparece del relato.

 

Hagamos el ejercicio de situarnos. Corea del Norte en 1950 tenía una población de aproximadamente 9.7 millones de personas. Durante tres años, la aviación estadounidense arrojó sobre ese pequeño país 635,000 toneladas de bombas. Solo para que tengamos una comparación: durante toda la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos arrojó 503,000 toneladas en toda la zona del Pacífico. Corea del Norte, un país de tamaño reducido, recibió más bombas que toda esa región durante una guerra mundial. Además, se lanzaron 32,557 toneladas de napalm, ese horror en forma de gel que se pega a la piel y arde hasta los huesos. El resultado fue desolador. Entre 995,000 y 2 millones de civiles norcoreanos murieron. Esto representa aproximadamente el 20% de la población total del país. Veinte de cada cien norcoreanos perdieron la vida por las bombas estadounidenses. No hay vocabulario para medir esto. Imaginemos que de cada cinco personas que conocemos, una fue eliminada. Imaginemos que en cada familia norcoreana hay al menos un muerto directo por este ataque. Es un nivel de exterminio demográfico que solo encuentra parecido en lo que la Alemania nazi hizo sobre la Unión Soviética. Solo así, solo comparándolo con la mayor invasión de exterminio, podemos empezar a entender la magnitud de lo que ocurrió.

 

El General Curtis LeMay, responsable de esta masacre, lo dijo con una honestidad cruda décadas después: “Quemamos cada ciudad de Corea del Norte de una forma u otra... Durante un período de tres años matamos, ¿qué?, el 20% de la población”. Lo dijo como quien habla del clima. El Secretario de Estado Dean Rusk fue igual de claro: “Estados Unidos bombardeó todo lo que se movía en Corea del Norte, cada pieza sobre otra”. Y el corresponsal de guerra Tibor Meray reportó en 1951: “No quedan más ciudades en Corea del Norte. Cada ciudad era una colección de chimeneas”. Las cifras de destrucción por ciudad son aterradoras. Sinanju: 100% destruida. Kunu-ri: 100%. Sariwon: 95%. Manp’ochin: 95%. Hoeryong: 90%. Namsi: 90%. Pyongyang, la capital: 75% destruida. De las 22 ciudades principales del país, 18 quedaron al menos al 50% reducidas a escombros. No es que atacaron puntos militares. Es que atacaron Corea del Norte entera. La convirtieron en un páramo. En una superficie lunar donde antes había escuelas, hospitales, casas, mercados, vidas.

 

Cuando los bombardeos cesaron, los sobrevivientes salieron de donde pudieron. Y “donde pudieron” fueron las cuevas, los túneles, los huecos en la tierra. El historiador Bruce Cumings, uno de los pocos estudiosos de Occidente que ha documentado esto con seriedad, describe a los sobrevivientes norcoreanos como “gente topo” que aprendió a amar el refugio de cuevas, montañas, túneles y fuertes. No es una imagen literaria. Es una descripción real de la supervivencia. Durante tres años, millones de norcoreanos vivieron bajo tierra mientras arriba el fuego y el acero caían sin pausa. Aprendieron que la superficie era muerte. Aprendieron que la única manera de seguir vivos era estar abajo. Este no es un detalle menor. Este es el dato que explica todo lo que vino después. Porque cuando uno vive tres años bajo tierra, cuando uno ve cómo cada edificio de su país se convierte en humo, cuando uno entierra a sus hijos, a sus padres, a sus vecinos, bajo los escombros de lo que fue su hogar, algo se rompe para siempre en el alma colectiva. Y ese algo no se arregla con generaciones. Ese algo se transmite con el tiempo, se hereda y se convierte en la memoria de un pueblo.

 

La guerra de Corea mató aproximadamente tres millones de personas en toda la península, el diez por ciento de la población total. Pero los muertos son solo la parte visible del horror. Los estudios sobre el daño profundo nos dicen que quienes experimentan exposición prolongada a eventos como estos desarrollan enfermedades de largo plazo: trastorno de estrés postraumático, ansiedad, depresión, irritabilidad y falta de concentración. Y esto no es algo que desaparezca cuando se firma un acuerdo. Esto es algo que se instala en el ser, en la mente, en la forma de relacionarse con el mundo. 

 

Y aquí hay algo esencial que entender: el silencio sobre el trauma no es solo individual, es de carácter político. Durante la guerra, los cargos estadounidenses afirmaban que “nunca atacaron intencionalmente a civiles”, aunque las órdenes internas eran claras en la destrucción total de ciudades. Después de la guerra, en Corea del Sur, quienes se atrevían a hablar sobre la experiencia civil fueron señalados como difamadores, como poco patriotas, como infiltrados. Muchos no pudieron conseguir empleos en el sector público. Aprendieron que hablar del dolor tenía un costo. Aprendieron a callar. ¿Qué hace una sociedad cuando se le impone el silencio sobre su propio sufrimiento? El dolor no desaparece, se termina quedando dentro. Se vuelve dañino. Se transmite de padres a hijos no como una historia contada abiertamente; más bien como una tensión física, como una desconfianza hacia el otro, como una certeza de que el mundo exterior es hostil y quiere destruirte. Porque el mundo exterior, en este caso, literalmente quiso destruirlos y casi lo logra.

 

Ahora podemos entender lo que para muchos en Occidente es un enigma sin solución: ¿por qué Corea del Norte es un país que se aísla? ¿Por qué ha decidido seguir su propio camino, su propio socialismo, sin pedir aprobación a nadie? ¿Por qué no permite que los visitantes caminen libremente por todo el territorio?

 

La respuesta es simple, dura y coherente: porque la última vez que Corea del Norte confió en instituciones como la ONU, se organizó una coalición militar de 24 países liderada por USA, se autorizo hacerle guerra y le atacó con fuerza, desatando una campaña de bombardeos de 635,000 toneladas.

 

El aislamiento norcoreano no es una rareza, no es un capricho de un líder particular, no es una desviación del camino que todos deberían seguir. El aislamiento norcoreano es la respuesta de un pueblo que fue víctima de una de las mayores masacres en la historia de la aviación. Es la respuesta de un pueblo que aprendió que confiar en las potencias occidentales puede ser una sentencia de muerte. Es la respuesta de un pueblo que sabe, porque lo vivió en carne propia, que no hay “humanidad” que valga cuando los intereses del poder están en juego.

 

Y esto es algo que la izquierda de Occidente, especialmente la que habla desde sus cómodas naciones, se niega a entender. Porque les resulta más fácil llamar “dictadura” a Corea del Norte que hacer el mínimo esfuerzo de comprender su historia. Les resulta más fácil repetir los mensajes oficiales que enfrentar la verdad incómoda de que Estados Unidos cometió un crimen de proporciones de exterminio en Corea del Norte. Les resulta más fácil exigir que Corea del Norte se “abra al mundo” sin preguntarse por qué alguien que vivió un infierno de fuego y acero no quiere volver a abrir la puerta. El socialismo norcoreano no viene a agradarte a ti. No viene a satisfacer tus niveles occidentales de lo que debería ser una sociedad. El socialismo norcoreano es hijo de la guerra, hijo del bombardeo, hijo de la necesidad de sobrevivir cuando el poder más destructivo de la historia decidió que debían desaparecer. Y ese socialismo ha logrado algo que ninguna otra nación bombardeada ha logrado: mantenerse en pie, mantener su soberanía, mantener su identidad, a pesar de décadas de bloqueo, sanciones y hostilidad continua.

 

Hay algo que casi nadie sabe sobre Corea del Norte y que es clave para entender su conducta actual: existen dos Coreas del Norte. Una es la que vemos en las fotografías, la de los monumentos en Pyongyang, la de las granjas colectivas, la de los desfiles militares, la de los grandes proyectos de construcción que Kim Jong-un inaugura. Esa Corea del Norte es la fachada, la que muestra al mundo que siguen aquí, que no han sido borrados del mapa. Pero existe otra Corea del Norte. La que está bajo tierra. La que no se ve. La que se ha construido durante décadas en secreto, en silencio, con una forma de pensar de prevención que solo un pueblo que ha sido bombardeado hasta el exterminio puede entender. Porque hay un dato clave que los medios nunca mencionan: la Guerra de Corea no terminó. No se firmó ningún tratado de paz. Solo se firmó un cese al fuego. Eso significa que, en rigor, Corea del Norte y Estados Unidos siguen en guerra desde 1950. Setenta y tantos años después, siguen en guerra.

 

¿Qué hace un país que está técnicamente en guerra con la potencia más armada del planeta, una potencia que ya demostró que no tiene ningún problema en masacrar civiles por millones? Pues se prepara. Y se prepara cavando. Cavando túneles, cavando fábricas, cavando refugios, cavando hospitales, cavando todo lo que sea necesario para que, si vuelven las bombas, la población no tenga que vivir en cuevas. Corea del Norte ha construido cientos de instalaciones subterráneas, miles de búnkeres, ha ubicado 13,000 piezas de artillería en montañas protegidas a lo largo de la Zona Desmilitarizada. Esta Corea del Norte subterránea es la que no conocemos porque no nos dejan conocerla. Y hacen bien en no dejarnos. Porque cada visitante que se desvía del camino establecido es un riesgo, cada periodista con una cámara es alguien que puede ver sus puntos débiles. Cuando has sido víctima del bombardeo más destructivo de la historia, no le abres las puertas de tu casa a cualquiera. No permites que extraños anden mirando tus defensas. Eso no es ninguna paranoia. Eso es sentido común del sobreviviente.

 

La pregunta que muchos se hacen es por qué Corea del Norte invirtió tantos recursos en desarrollar armas nucleares. La respuesta es la misma: porque nunca más quieren estar indefensos. Porque la lección que aprendieron entre 1950 y 1953 es que cuando no tienes con qué defenderte, el imperio te destruye sin consecuencias. Nadie llevó a los generales estadounidenses a La Haya por las 635,000 toneladas de bombas. Nadie les pidió cuentas por el 20% de la población norcoreana eliminada. Nadie los juzgó por los niños quemados con napalm, por las ciudades reducidas a cenizas, por la gente viviendo en cuevas durante tres años. El imperio no paga por sus crímenes. Entonces, si quien agrede no paga, ¿qué hace quien sufre? Se arma. Se arma hasta los dientes para que la próxima vez que el imperio piense en bombardearlos, sepa que el costo será demasiado alto. Las armas nucleares norcoreanas son el seguro de vida de un pueblo que casi fue exterminado. No son un capricho. No son una herramienta de agresión. Son la garantía de que lo ocurrido entre 1950 y 1953 no volverá a ocurrir. Y esto es tan evidente que duele tener que explicarlo. Cuando un país ha sido víctima de un bombardeo que mató al 20% de su población, ¿qué derecho tiene cualquiera a decirle que no puede desarrollar armas para defenderse? ¿Con qué autoridad moral Estados Unidos, el autor de esa masacre, le exige a Corea del Norte que deje sus armas? ¿Con qué cara los países que miraron para otro lado mientras las bombas caían ahora le reclaman a Pyongyang que sea “responsable”?

 

Hoy, con la llegada de Donald Trump 2.0 y la escalada de guerra que Estados Unidos está desatando sobre el mundo, la conducta de Corea del Norte se vuelve aún más comprensible. Cada amenaza que sale de Washington, cada portaaviones que navega hacia el mar de Japón, cada nueva sanción, cada ejercicio militar conjunto con Corea del Sur, es para los norcoreanos la confirmación de que su análisis era correcto. El anglo-imperio no ha cambiado. El imperialismo sigue siendo el mismo que bombardeó cada parte de su país. Sigue queriendo su destrucción. Pero ahora hay una diferencia. Ahora Corea del Norte tiene armas nucleares. Ahora tiene sistemas de misiles que pueden llegar a territorio estadounidense. Ahora tiene ciudades subterráneas donde refugiar a su población. Ahora, por primera vez desde 1950, los norcoreanos pueden sentirse relativamente seguros. No porque esta camarilla anglosajona se haya vuelto bondadosa; el motivo es que han construido su propia defensa. Han logrado, con esfuerzos enormes y bajo un bloqueo muy duro, lo que ningún otro país bombardeado ha logrado: ponerse en una posición donde el costo de atacarlos supera cualquier beneficio. Y eso es exactamente lo que siempre debió ser. Eso es exactamente lo que cualquier pueblo con dignidad haría. No rendirse. No pedir perdón por existir. No aceptar las condiciones de quien castiga. Construir, cavar, resistir, armarse, sobrevivir.

 

Ahora, antes de que salten los de siempre con la idea de que esto es “defender” a Corea del Norte, conviene dejar algo claro desde el inicio: no se trata de simpatías ni de pedir aprobación a nadie. Ese reflejo nervioso, tan propio de ciertos sectores de la izquierda domesticada de Occidente y de grupos liberales rancios, ambos igual de controlados, no es más que una forma de evitar la historia y refugiarse en frases vacías. Porque hay que decirlo sin rodeos: el problema no es Corea del Norte; es la ignorancia desde la que se la juzga.

 

Entender a Corea del Norte no significa aplaudir cada decisión de su gobierno, pero tampoco sumarse al coro que repite ideas sin tener la más mínima noción de lo que ocurrió en la península coreana. La mayoría de los que hablan sobre el tema no sabe que durante la Guerra de Corea Estados Unidos arrasó el país, que murió alrededor del 20% de su población, que sus ciudades quedaron reducidas a escombros, que millones tuvieron que refugiarse bajo tierra para sobrevivir y que, en rigor, la guerra nunca terminó. No saben nada, y aun así hablan. Hablan con la seguridad de quien no sabe, con la arrogancia de quien jamás ha visto su mundo arder, con la comodidad de quien vive bajo el amparo de potencias que predican derechos humanos mientras destruyen países enteros cuando les conviene. Y luego se sorprenden de que Corea del Norte desconfíe, se cierre y se arma. Si tuvieran un mínimo de honestidad , ni siquiera de empatía, solo de rigor, harían el esfuerzo de comprender, leer historia en lugar de repetir lo que oyen.

 

No es casualidad que sobre esto casi no se escriba. No es casualidad que los mapas de destrucción de la Fuerza Aérea estadounidense permanecieran guardados por 20 años. No es casualidad que no exista un estudio profundo sobre los bombardeos de Corea del Norte como sí existe sobre los de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial. No es casualidad que los documentales sobre la Guerra de Corea se centren en las batallas entre ejércitos y no en las ciudades arrasadas. No es casualidad que los niños en las escuelas de Estados Unidos aprendan sobre Hiroshima y Nagasaki, el Holocausto, y para de contar. Pero no sobre Pyongyang. Es un silencio alienado. Es un silencio que beneficia al poder. Porque si la gente supiera lo que Estados Unidos hizo en Corea del Norte, sería mucho más difícil vender la idea de que Corea del Norte es el “eje del mal”. Sería mucho más difícil justificar las sanciones, el bloqueo, la hostilidad continua. Sería mucho más difícil presentar a Estados Unidos como el defensor de la libertad y los derechos humanos. El silencio sobre Corea del Norte es el silencio de quien castiga y no quiere que se sepa la magnitud de su crimen. Y nosotros, desde nuestras posiciones, tenemos la responsabilidad de romper ese silencio. No para agradar a Kim Jong-un, no para defender cada decisión del gobierno norcoreano; se hace por un principio mucho más básico: la verdad histórica. Porque sin verdad no hay justicia posible. Y porque, aunque a muchos les incomode admitirlo, la imagen de “monstruo” que se proyecta sobre Pyongyang dice más de quien la repite que de la realidad que intenta describir.

Fuente:

  • “The U.S. dropped approximately 635,000 tons of bombs and 32,557 tons of napalm during the war, mostly on North Korea (compared to 503,000 tons in the entire Pacific theater in World War II)” – Bombing of North Korea – Wikipedia 
  • “Over a period of three years or so, we killed off — what — 20 percent of the population” – Air Force Gen. Curtis LeMay to the Office of Air Force History (1984) – Glenn Greenwald / Office of Air Force History
  • “American planes bombed everything that moved in North Korea, every brick standing on top of another” – Dean Rusk, State Department official in charge of East Asian affairs – TIME Magazine
  • “In August 1951, war correspondent Tibor Meráy stated that there were no more cities in North Korea. He added: My impression was that I am traveling on the moon because there was only devastation” – AnarWiki / Tibor Meráy
  • “Air Force estimates of the destruction of towns and cities in North Korea ranged from 40 to 90%, with 18 out of North Korea’s 22 major cities being at least 50% destroyed” – Bombing of North Korea – Wikipedia
  • Historian Bruce Cumings (University of Chicago) describes the survivors as “mole people” who learned to love the refuge of caves, mountains, tunnels and redoubts – Bruce Cumings, The Korean War: A History / various interviews
  • “North Korean skill at tunneling was first noticed during the 1950-1953 Korean War. The North Koreans quickly discovered that the most reliable protection from the bombs was by digging. Over the next half century, this led to a tunneling effort that resulted in over 8,000 underground facilities” – StrategyPage
  • Study of 531 North Korean defectors: “81.4% reported experiencing trauma more than once; their traumatic experiences affected the prevalence of PTSD and depression” – Scientific Reports / Nature (2022)
  • “State of Fear: How History’s Deadliest Bombing Campaign Created Today’s Crisis in Korea” (2017) – Ted Nace / Counterpunch, detailing the firebombing of North Korea’s cities, towns and villages – Counterpunch

También te podría gustar

0 comentarios

Déjanos tu comentario

Síguenos en Facebook