Multipolaridad sí, pero sin Estados Unidos: el error de pactar con el diablo
abril 06, 2026
Mucha gente aboga hoy por la
multipolaridad, por el multilateralismo, por un orden mundial dirigido por las
grandes potencias en conjunto. Se escuchan propuestas de un sistema donde
múltiples naciones compartan la responsabilidad global, donde India, Rusia,
China y otros actores tengan voz propia. Incluso hubo momentos en que líderes
como Donald Trump insinuaron algo similar: un concierto de potencias donde
Estados Unidos ocupara su lugar junto a otras naciones emergentes. Sin embargo,
esta retórica pacífica contrasta violentamente con la realidad de los hechos.
Estados Unidos actualmente defiende su hegemonía con uñas y dientes, con una
vehemencia que roza la demencia, desatando conflictos que sembraron el infierno
sobre la tierra, como la guerra en Irán. Ante esta realidad, surge una pregunta
incómoda pero necesaria: en caso de que la multipolaridad llegue a triunfar,
¿merece Estados Unidos un lugar en ese nuevo orden?
La historia reciente sugiere que
no. Cuando Estados Unidos gozó de la hegemonía unipolar tras la Guerra Fría, no
construyó un orden justo para el planeta, más bien fue diseñado para perpetuar
su dominio. No dudó en marginar a Rusia, ignorar el ascenso de China y
desestabilizar a aquellos países que se negaron a alinearse con sus intereses,
como Venezuela o Irán. Durante décadas, Washington ha buscado permear las
instituciones políticas de sus rivales, crear quintas y sextas columnas,
reclutar agentes mediante sobornos abiertos y fomentar la subversión contra
gobiernos que considera adversarios. El caso iraní es particularmente
ilustrativo: no solo han buscado infiltrar sus servicios de inteligencia, e
incluso han llegado al extremo de eliminar físicamente a altos mandos del
gobierno.
Ante este historial, ¿por qué
deberíamos ser justos con quien nunca lo fue? La pregunta no es retórica. En
caso de permitir que Estados Unidos ocupe un asiento en el concierto de las
naciones emergentes, ¿no estaremos repitiendo los errores del pasado? Después
de la Primera Guerra Mundial, la comunidad internacional cometió el error de no
vigilar adecuadamente a Alemania. Se le permitió reconstruir sus fuerzas
armadas, se toleró la radicalización de su política interna, y el resultado fue
el ascenso del nazismo y una segunda guerra aún más devastadora. Solo cuando
Alemania fue partida en pedazos y reducida a una potencia militar y
económicamente irrelevante, incluso hoy desindustrializada y subordinada, se
logró contener su capacidad destructiva.
Los anglosajones han demostrado
una y otra vez que respetan únicamente la fuerza. Destruyeron el Nord Stream
sin contemplaciones, desmantelan aliados cuando ya no les sirven, y han
convertido la guerra en una herramienta constante de su política exterior. ¿Qué
nos garantiza que, en caso de que se les permite mantener su capacidad militar
y económica, ¿no intentarán dentro de dos décadas desatar un conflicto aún
mayor? La multipolaridad no puede significar simplemente cambiar de amo; debe
significar la construcción de un sistema donde el principal precursor de la
violencia global no tenga la capacidad de volver a sembrar el caos.
No se trata de destruir a Estados
Unidos. Eso sería tan injusto como criminal. Se trata de algo más sensato y
necesario: la hipervigilancia. Debemos filtrar sus espacios de influencia,
controlar sus capacidades de injerencia, reducir progresivamente su relevancia
geopolítica hasta convertirlo en una potencia neutralizada, vigilada
constantemente para que no pueda rearmarse ni conspirar contra el nuevo orden.
El pueblo estadounidense eventualmente decidirá su propio destino interno, pero
la comunidad internacional no puede permitirse el lujo de confiar ciegamente en
una élite que ha demostrado una y otra vez su agenda de dominación sin
disimulo.
La historia de los pueblos
indígenas en el siglo XIX debería servirnos de alerta. Los nativos americanos
firmaron tratados de coexistencia pacífica con los colonos anglosajones,
creyendo en la buena fe de sus interlocutores. Esos tratados fueron de forma
recurrente violados, las tribus exterminadas o confinadas en reservas, y hoy
sus descendientes luchan contra el alcoholismo y la extinción cultural en
pequeños asentamientos olvidados. No podemos cometer el mismo error a escala
global. No podemos pactar con quien ha demostrado que no respeta los pactos, no
podemos confiar en quien ve la confianza como debilidad.
Por eso me opongo rotundamente a
cualquier orden de grandes potencias que incluya a Estados Unidos como actor
legítimo e igual. No lo necesitamos. Así como el siglo XX aprendió a prescindir
de una Alemania militarizada y pasó a otro modelo de relaciones internacionales,
el siglo XXI debe aprender a prescindir de una América hegemónica.
Hipervigilancia constante, cero confianzas, control estricto de sus capacidades
de daño: esa es la única forma de garantizar que la multipolaridad no sea
simplemente una tregua temporal antes de la próxima guerra. La paz genuina no
se construye con la esperanza de que el lobo se vuelva vegetariano, más bien
con la certeza de que no puede salir de su jaula.
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