Europa y su siglo de humillación

mayo 18, 2026

 


La firma, por parte de Ursula von der Leyen, de los llamados “Acuerdos de Turnberry” en julio del 2025 no constituye otra cosa que la confirmación definitiva de una realidad que muchos observadores ya consideraban evidente: Europa, incapaz de defender sus propios intereses industriales y geopolíticos, ha terminado arrodillándose ante el proteccionismo estadounidense sin ofrecer apenas resistencia. Donald Trump impuso sus condiciones, aranceles del 15% sobre productos europeos, compras multimillonarias de gas y armamento, así como inversiones prácticamente obligatorias, y la Unión Europea aceptó dócilmente el acuerdo, mientras figuras como François Bayrou se limitaban a lamentar el carácter “desequilibrado” del tratado, aunque tales lamentos carecen de valor una vez que la cesión ya se ha consumado. Esta situación recuerda, salvando evidentemente las distancias históricas y contextuales, a los tratados desiguales que las potencias occidentales, antecesoras directas de la actual Europa liberal, impusieron a la China de la dinastía Qing durante el siglo XIX.

 

Y no parece tratarse de una coincidencia. La Europa contemporánea exhibe, cada vez con mayor claridad, los síntomas característicos de un imperio envejecido que, convencido todavía de su superioridad cultural y moral, no logra advertir que se está quedando rezagado precisamente en los ámbitos que definen el poder real del siglo XXI: tecnología avanzada, soberanía energética y capacidad autónoma de decisión estratégica. Igual que la China del siglo XIX, Europa continúa imaginándose a sí misma como el “centro del mundo”, aun cuando sus capacidades materiales disminuyen progresivamente. Igual que aquella China imperial, el continente se encuentra dirigido por una tecnocracia gerontocrática que parece confundir la producción interminable de regulaciones con el verdadero ejercicio del gobierno. Los mandarines de Bruselas, viejos políticos aferrados a un centrismo burocrático y agotado, observan con desconfianza cualquier transformación que no emerja de sus propios comités, y reaccionan ante la innovación no intentando desarrollarla o integrarla, sino regulándola hasta volverla estéril.

 

Los datos reflejan ese deterioro con bastante claridad: subordinación energética, salida continua de talento tecnológico, fabricación de procesadores y baterías trasladada al exterior, y una industria que pierde fuerza frente a sus competidores mientras la Comisión Europea dedica buena parte de su tiempo a discusiones burocráticas cada vez más alejadas de los problemas reales del continente. Una parte importante de las élites europeas continúa defendiendo una supuesta “cultura de la prevención”, vista por muchos como una actitud excesivamente temerosa ante la innovación y el riesgo industrial.

 

El resultado ha sido una Europa cada vez más enfocada en la regulación y el control normativo, con menos capacidad para levantar grandes proyectos manufactureros o tecnológicos propios, mientras Estados Unidos, China e India afianzan su liderazgo en inteligencia artificial, producción de semiconductores y almacenamiento energético.

 

Sin embargo, el problema más grave no reside únicamente en la decadencia tecnológica, sino en la profunda autocomplacencia que impregna a las élites europeas. Muchos europeos continúan convencidos de que su “modelo social”, su “Estado de derecho” y sus “valores” garantizan automáticamente una posición privilegiada en el orden internacional, como si la legitimidad moral pudiera sustituir indefinidamente al poder económico e industrial. Esa actitud recuerda la arrogancia suicida de los mandarines Qing, quienes llegaron a desmantelar el ferrocarril de Woosung porque lo consideraban una amenaza cultural. Hoy, sectores políticos europeos, desde ecologistas alemanes hasta socialistas franceses, reproducen mecanismos similares cuando rechazan tecnologías como los OGM o la energía nuclear, prohibiendo por principios aquello que no comprenden plenamente y entregando así la competitividad a quienes sí están dispuestos a asumir riesgos estratégicos.

 

¿Existe una salida? Probablemente sí, aunque no sea la respuesta que gran parte de Europa desea escuchar. La solución difícilmente pasará por incrementar todavía más las regulaciones o continuar subvencionando empresas incapaces de competir globalmente. La alternativa real consistiría en abandonar el narcisismo burocrático y asumir una transformación semejante a la que impulsó el Japón Meiji: aceptar la modernidad sin complejos, pero subordinándola a un propósito nacional claro y coherente. Los japoneses comprendieron que, si no se adaptaban, terminarían sometidos como China; y en apenas unas décadas pasaron de ser una sociedad feudal a derrotar al Imperio ruso. ¿Cómo lo consiguieron? Mediante planificación estatal, inversión masiva en infraestructura, formación de élites técnicas competentes y adopción pragmática de tecnologías extranjeras, todo ello sin obsesionarse constantemente con la supuesta pérdida de “identidad”. Aquello era un proyecto de poder; no un catálogo de buenas intenciones administrativas.

 

Europa, por el contrario, parece carecer incluso de una idea compartida acerca de lo que desea ser. No existe un verdadero proyecto colectivo, sino un mosaico de intereses nacionales enfrentados, vetos cruzados y una burocracia cuya principal función parece consistir en bloquear cualquier iniciativa audaz. La Comisión Europea se ha convertido, para muchos críticos, en la tumba de la ambición estratégica continental; el Parlamento Europeo, en un escenario dominado por cuotas y mediocridades; y los líderes nacionales, más preocupados por la siguiente elección que por garantizar la supervivencia histórica de Europa como actor relevante.

 

Por eso, la verdadera cuestión ya no es si Europa puede evitar su propio siglo de humillación, sino si los europeos serán capaces de admitir, aunque sea tardíamente, que no son intrínsecamente superiores, que su modelo político no constituye una verdad universal y que la “paz y prosperidad” de las últimas décadas dependió, en gran medida, de circunstancias excepcionales: la protección militar estadounidense y el acceso al gas ruso barato. Ahora que ambas condiciones se erosionan simultáneamente, el continente descubre hasta qué punto su estabilidad descansaba sobre fundamentos externos.

 

Europa deberá elegir entre despertar, planificar, invertir y competir, abandonando tanto la arrogancia moral como el exceso regulatorio, o aceptar, casi sin resistencia, su transformación en un gran museo del mundo: un territorio admirado por su historia y su patrimonio cultural, pero cada vez más irrelevante en la mesa donde las potencias reales toman las decisiones. Y, viendo la conducta actual de sus élites, cuesta demasiado encontrar razones para el optimismo.

También te podría gustar

0 comentarios

Déjanos tu comentario

Síguenos en Facebook