Europa y su siglo de humillación
mayo 18, 2026
Siéntense, porque esto no es un
artículo académico ni una declaración institucional; es una autopsia política,
y conviene mirar el cadáver antes de empezar a discutir quién tuvo la culpa.
Los llamados «Acuerdos de Turnberry» no hacen más que poner por escrito algo
que llevaba meses resultando evidente: Europa negoció desde una posición de
debilidad y terminó aceptando unas condiciones que difícilmente pueden
presentarse como una relación entre iguales. Donald Trump llegó con una agenda
perfectamente definida: aranceles del 15%, compromisos de compra de energía y
armamento estadounidense, y enormes inversiones europeas en Estados Unidos. La
Unión Europea aceptó. Y después, cuando ya estaba firmada la cesión,
aparecieron los discursos sobre el supuesto desequilibrio del acuerdo, como si
descubrir que una negociación fue desfavorable después de haberla aceptado
constituyera una forma de resistencia. François Bayrou calificó el tratado de
«desequilibrado», una observación tan útil como advertir que una puerta está
abierta después de haber dejado entrar al ladrón. Porque el problema no es que
Europa no tenga capacidad para protestar; el problema es que protestar después
de firmar no modifica la relación de fuerzas que produjo el acuerdo. Y ahí está
la verdadera cuestión: una Unión Europea que presume de autonomía estratégica,
de soberanía económica y de capacidad para actuar como potencia mundial acaba
aceptando condiciones dictadas desde Washington y luego intenta compensar la
humillación con declaraciones cuidadosamente redactadas. Y cuanto más se
intenta maquillar, más evidente resulta la grieta: Europa no perdió simplemente
una negociación comercial; volvió a demostrar hasta qué punto sigue dependiendo
del poder estadounidense cuando llega la hora de poner sobre la mesa algo más
serio que discursos.
Esto, claro, nos trae a la
memoria, salvando las distancias que salvar hay que salvar, aquellos tratados
desiguales que las potencias occidentales, antepasadas directas de esta Europa
liberal de hoy, le endosaron a la China de los Qing en el siglo XIX. Ya sé, ya
sé: comparar a Ursula con el emperador Guangxu suena a guion de serie de mala
tarde, pero el paralelismo tiene más tela de la que parece. Porque la Europa
contemporánea, mis amigos, exhibe los mismos síntomas de un imperio envejecido:
convencida de su superioridad cultural y moral, pero incapaz de fabricar un
chip, de extraer su propio gas o de decidir sin mirar de reojo a Washington.
Esa es la cuestión: se creen el ombligo del mundo, cuando en realidad son el
apéndice de una potencia que les dicta la hora. Y lo peor no es la decadencia,
sino la arrogancia con que la disimulan. Miren a Bruselas: una tecnocracia
gerontocrática que confunde producir reglamentos con gobernar, como si la vida
se arreglara con directivas y comités. Los mandarines de hoy, viejos políticos
anclados en un centrismo burocrático y agotado, observan cualquier innovación
con la misma cara de disgusto que un abuelo ante un móvil nuevo. En lugar de
impulsarla, la regulan hasta matarla; en lugar de entenderla, la envuelven en
papel de fumar y la etiquetan como “riesgo”. ¿Recuerdan aquella escena de El
Padrino en la que Don Corleone dice “Les haré una oferta que no podrán
rechazar”? Pues aquí la oferta es: “Les haré una norma que no podrán cumplir”.
Y así, entre requisitos y salvaguardas, la industria europea se va quedando en
pijama mientras Estados Unidos, China e India se hacen con la inteligencia
artificial, los semiconductores y las baterías.
Y conste que los números no
mienten, aunque a nuestros queridos burócratas les encantaría esconderlos
debajo de la alfombra. Dependencia energética, fuga de cerebros, fábricas que
cierran, patentes que nacen en otros lares… Pero la Comisión Europea, esa gran
máquina de hacer humo, dedica sus sesiones a discutir el tamaño de las letras
en las etiquetas de los yogures, mientras el tren de la historia pasa a toda
velocidad. Ustedes saben a lo que me refiero: esa cultura de la “prevención”
que suena tan bonita en los discursos, pero que en la práctica es el miedo
disfrazado de principio. Da igual que los alemanes ecologistas o los
socialistas franceses se llenen la boca con la palabra “precaución”; lo que
están haciendo es prohibir por decreto todo lo que no comprenden: los OGM, la
nuclear, la edición genética… Y mientras tanto, los asiáticos y los americanos,
que no tienen tantos remilgos, se llevan el gato al agua. ¿No es curioso que
los mismos que se quejan de que Europa pierde peso internacional sean los primeros
en ponerle grilletes a la innovación? Es como si un boxeador se atara una mano
a la espalda y luego se lamentara de que el rival le gana. Pero no, no es
curiosidad, es coherencia: la coherencia del que prefiere ser moralmente puro y
económicamente irrelevante antes que ensuciarse las manos con el progreso.
¿Han oído hablar del ferrocarril
de Woosung, en la China del XIX? Pues los mandarines Qing, ofendidísimos porque
aquella vía férrea atravesaba tierras sagradas, la desmantelaron piedra a
piedra, convencidos de que así salvaguardaban su esencia cultural. El
resultado, ya lo saben: décadas de humillación, de puertos abiertos a
cañonazos, de concesiones forzadas. Pues bien, ahora los herederos de aquellos
mandarines con corbata y smartphone, eso sí, repiten la misma jugada: rechazan
la energía nuclear como si fuera un demonio, vetan lo ruso como si fuera
veneno, y se quedan tan anchos, con su superioridad moral, mientras el mundo
sigue girando y ellos se quedan clavados en la rotonda. Pero no se preocupen,
que la culpa es de los malvados lobbies, o del cambio climático, o de cualquier
otro chivo expiatorio que les permita no mirarse al espejo.
Y entonces, claro, surge la
pregunta del millón: ¿hay salida? Por supuesto que sí, aunque no será la que
nuestros políticos quieran venderles en la próxima campaña. Porque la solución
no pasa por más regulación, ni por subvencionar a empresas zombies que solo
sobreviven gracias al dinero público. No, la solución pasa por hacer lo que
hizo el Japón Meiji, sí, ese pequeño país que en pocas décadas pasó de ser
feudal a derrotar a los rusos. ¿Cómo lo lograron? Pues con planificación
estatal férrea, inversión bestial en infraestructura, educación de élites
técnicas y, sobre todo, una actitud pragmática: tomar lo bueno de fuera y
adaptarlo a sus intereses, sin complejos identitarios ni melindres culturales.
Ellos no se preguntaban si un ferrocarril era “occidental” o “amenazaba su
espíritu”; lo construían y punto, porque sabían que el poder no se negocia, se
gana. Aquello era un proyecto nacional, no un catálogo de buenas intenciones
administrativas como el que nos vende Bruselas. ¿Se imaginan a la Comisión Europea
liderando algo semejante? Sería como pedirle a un conserje que dirija una
operación militar. No, amigos, Europa ni siquiera tiene una idea clara de qué
quiere ser de mayor. Es un mosaico de intereses enfrentados, vetos cruzados y
una burocracia que se especializa en poner palos en las ruedas. El Parlamento
Europeo, con sus cuotas y sus mediocridades, parece un culebrón de sobremesa; y
los líderes nacionales, pendientes de las encuestas, no dejan de mirar su
ombligo electoral mientras el continente se resbala por la pendiente.
Y aquí viene la parte que duele,
la que nadie quiere oír en los salones de Bruselas. La verdadera cuestión no es
si Europa puede evitar su propio siglo de humillación, porque, queridos míos,
ese barco ya ha zarpado, y los que lo pilotan son los mismos que negaban el
iceberg, sino si los europeos serán capaces de admitir, aunque sea a
regañadientes, que no son el centro del universo. Que su modelo político no es
una verdad revelada, que su “paz y prosperidad” de las últimas décadas se debió
a dos muletas: el paraguas militar estadounidense y el gas ruso barato. Ahora
que ambas se tambalean, el continente descubre, con cara de sorpresa, que su
estabilidad era un castillo de naipes. ¿Acaso alguien creía que se podía dormir
en el regazo de otros y despertar siendo un gigante? El refranero español, que
nunca falla, lo dejó claro: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”.
Pues bien, la corriente ya está aquí, y no es precisamente una brisa suave.
Europa tendrá que elegir: o
despierta, planifica, invierte y compite, dejándose de arrogancias morales y de
manías regulatorias; o se resigna, con una sonrisa amable, a convertirse en el
gran museo del mundo, ese lugar adonde los turistas van a ver catedrales y
castillos, pero donde nadie va a comprar tecnología, ni a firmar acuerdos
estratégicos, ni a tomar en serio las decisiones que mueven el planeta. Y visto
lo visto, visto cómo se comportan las elites europeas, con esa mezcla de
suficiencia y cobardía, la verdad es que cuesta encontrar motivos para el
optimismo. Pero oigan, quizá me equivoco; quizá el viejo león todavía tenga
algún rugido en la garganta. Aunque, si me apuran, más bien parece que le ha
dado por ronronearle a su amo americano, con la esperanza de que le deje un
hueso. Como decía aquel latín, Qui dormit, non peccat, el que duerme, no peca,
pero también qui dormit, non manducat, el que duerme, no come. Y al final,
queridos lectores, el hambre no espera, y la historia tampoco.
0 comentarios
Déjanos tu comentario