La maquinaria mediática contra el hondureño
mayo 14, 2026
Los medios de comunicación en
Honduras han dejado hace mucho tiempo de cumplir con su función social más
elemental: informar con veracidad y profundidad sobre los hechos que realmente
afectan la vida de los ciudadanos. En su lugar, se han convertido en máquinas
de desinformación, fábricas de ruido que llenan el espectro radioeléctrico, las
páginas de los diarios y las pantallas de televisión con una dieta diaria de
chismes, tonterías, burradas y contenidos absolutamente vacíos. La agenda
informativa en este país está secuestrada por pseudo influencers que no saben
nada, por pseudo opinadores públicos que repiten consignas como loros
amaestrados y por un periodismo de farándula que convierte el dolor ajeno en
espectáculo y la política en un culebrón. Mientras tanto, la realidad de
verdadera trascendencia, Corrupción endémica, el saqueo de los recursos
públicos, el narcotráfico incrustado en el poder, la pobreza que no cesa, las
muertes violentas que se acumulan sin justicia, quedan deliberadamente fuera
del foco. Lo que importa es el escándalo superficial, el rumor sobre la vida
privada de algún funcionario, la pelea intrascendente entre dos figuras
públicas, el partido de fútbol que sirve como analgésico colectivo. Pero jamás
encontrarás en estos medios un análisis serio de cómo se mueve el dinero del
crimen organizado, jamás te explicarán las verdaderas redes de poder que toman
las decisiones en el país, porque hacerlo sería atentar contra sus propios
dueños y anunciantes.
Y cuando se trata de entender el
mundo, la situación es todavía más patética. Los medios hondureños no tienen la
menor intención de construir una mirada propia sobre los grandes
acontecimientos geopolíticos. Para ellos, informar sobre la masacre en Gaza,
sobre la guerra de Ucrania o sobre las transformaciones en el orden global
significa simplemente copiar y pegar lo que dicen las grandes agencias de
noticias occidentales. No hay análisis crítico, no hay contextualización desde
los intereses del pueblo hondureño, no hay preguntas incómodas sobre el papel
de Estados Unidos, la OTAN o la Unión Europea en esos conflictos. Simplemente
reproducen la narrativa hegemónica, la misma que justifica guerras, que
legitima intervenciones militares, que oculta los crímenes de las potencias
occidentales. ¿Y por qué lo hacen? Porque esa narrativa le conviene a las
élites locales que controlan los medios, porque mantener al hondureño alejado
de una visión crítica del mundo es parte del negocio, porque un pueblo
informado es un pueblo peligroso para los intereses establecidos. Así que no
esperes que un canal hondureño te explique las causas estructurales del
genocidio en Palestina o te muestre las evidencias de la guerra por poderes en
Ucrania. En su lugar, te pondrán a un "analista" de pacotilla que lea
el cable de la agencia EFE o de la CNN, y con eso darán por cumplida su misión.
Un ejemplo perfecto de esta
basura mediática es el programa "Abriendo Brecha", que se ha
convertido en un emblema de la infecundidad intelectual de la prensa hondureña.
Este espacio, que se vende a sí mismo como una propuesta de análisis y debate,
no es más que una cloaca de estupideces. Hablan de relaciones internacionales
sin tener la más remota idea de lo que dicen, opinan sobre economía sin
entender un solo concepto básico, pontifican sobre política como si fueran
dueños de la verdad absoluta, pero todo desde una ignorancia supina que daría
vergüenza ajena si no fuera porque el nivel general es tan bajo que muchos ni
siquiera lo notan. Sus opiniones son nocivas, no porque sean
"polémicas", sino porque están construidas sobre el vacío, sobre la
ausencia total de rigor, sobre la repetición de lugares comunes y consignas
prestadas. Si estos pseudo comunicadores tuvieran un mínimo de decencia,
cerrarían la boca por su propio bienestar y por el de quienes los escuchan.
Pero no, insisten en infectar el debate público con sus tonterías, en llenar
las cabezas de la gente con ideas mal digeridas y peor expresadas,
contribuyendo así a mantener al hondureño en esa periferia del conocimiento, en
esa orilla de la ignorancia de la que tanto se beneficia el poder establecido.
Ahora, no caigamos en la trampa
de pensar que estos medios son víctimas de algo. No, ellos no son víctimas, son
cómplices activos, son actores conscientes de este sistema de desinformación.
No hay ningún "gobierno opresor" que los fuerce a hacer lo que hacen,
ni ningún "poder oscuro" que los tenga secuestrados contra su
voluntad. Los medios en Honduras se prestan a esto porque les conviene, porque
han encontrado un negocio redondo en ser las alcahuetas del poder de turno. El
modus operandi es sencillo y desvergonzado: cuando el gobierno está enturbiado
con algún tema delicado, cuando hay una denuncia seria de corrupción o una
investigación que podría salpicar a los poderosos, los grandes medios
simplemente "olvidan" el tema. Pero antes de ese olvido, hay una
negociación. Un director de medio se acerca al funcionario o al político y le
dice, sin ambages: "¿Hablamos del tema o no lo hablo? Si quieres que no lo
hable, págame". Así de crudo, así de simple. Los medios en Honduras
funcionan bajo la lógica del chantaje: "pagame para no hablar".
¿Quieres que entierre la investigación que te compromete? Dame pauta
publicitaria. ¿Quieres que no publique el audio que te incrimina? Dame un
préstamo blando. ¿Quieres que convierta tu escándalo en una nota de diez líneas
en la página 27? Dame un contrato millonario. Y el poder de turno, sea del
partido que sea, paga. Porque sabe que estos medios son concubinas dóciles,
amantes sumisas que se venden al mejor postor y que nunca, jamás, morderán la
mano que las alimenta.
Esta lógica explica perfectamente
lo que ocurrió con el Hondurasgate. Aquella filtración de audios que
involucraba a las más altas esferas del poder hondureño, incluyendo al
expresidente Juan Orlando Hernández y al actual presidente Nasry Asfura, entre otros,
en tramas de injerencia internacional y desestabilización política, fue tratada
por los grandes medios hondureños con un silencio ensordecedor. No hubo
investigación propia, no hubo preguntas incómodas, no hubo exigencia de
explicaciones. Los periódicos más influyentes, los canales con mayor audiencia,
las radios con más tradición, simplemente hicieron como que nada había pasado.
¿Por qué? Porque los implicados son sus dueños, sus aliados, sus fuentes de
financiamiento. Porque si investigaban a fondo, si presionaban para que se
esclarecieran esos audios, se les caía el negocio. Así que optaron por lo más
cómodo: el silencio cómplice, la cobertura sesgada, la desinformación activa. Mientras
tanto, medios internacionales como El País, ¡France 24 o Democracy Now! sí
cubrieron el escándalo, sí lo pusieron en la agenda global. Pero en Honduras,
el pueblo se enteró por redes sociales, por medios digitales independientes,
por la valentía de unos pocos periodistas que no se venden. El papel de la
prensa tradicional fue, una vez más, el de tapadera, el de cortina de humo, el
de cómplice necesario de la corrupción.
Es por todo esto que hay que
decirlo sin rodeos: los medios de comunicación en Honduras son una lepra
social. Son la primera punta de la espada que se utiliza para mantener a este
pueblo en la ignorancia más absoluta, en la periferia del conocimiento, en las
orillas del debate serio. Su función no es informar, sino desinformar. No es
educar, sino entretener con bazofias. No es formar ciudadanos críticos, sino
producir consumidores dóciles que no pregunten, que no exijan, que no se
rebelen. Mientras los grandes temas del país, el saqueo de instituciones por
causa de la corrupción, las concesiones mineras a espaldas de las comunidades,
El grotesco poder que tienen las Zedes, los pactos de impunidad entre políticos
y narcos, quedan sepultados bajo una avalancha de chismes, deportes, realities
y las estupideces que sueltan los pseudo opinadores de turno, el hondureño
común sigue sin saber qué está pasando realmente. Y ese es el objetivo. Porque
un pueblo informado es un pueblo que se organiza, que protesta, que derroca
gobiernos. Un pueblo desinformado, en cambio, es un rebaño fácil de manejar. Y
los medios hondureños, lejos de ser los perros guardianes en defensa de los
intereses nacionales, son los pastores que guían al rebaño hacia el matadero,
cobrando por ello, sonriendo por ello, enriqueciéndose por ello. Así que no
esperes cambio alguno de su parte. No esperes que un día despierten y decidan
hacer periodismo de verdad. Eso no va a ocurrir, porque el negocio de la
desinformación es demasiado rentable y porque la vergüenza, en esos círculos,
hace mucho tiempo que dejó de existir.
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