La Tradición contra el mundo moderno
mayo 19, 2026
La Tradición constituye uno de
esos conceptos que, precisamente porque remiten a una dimensión espiritual y
metafísica, la cual resulta por completo ajena a los parámetros de la
sensibilidad contemporánea, despiertan en el hombre moderno una mezcla de
prejuicios, incomprensión y rechazo. Quienes se consideran herederos del
progreso suelen interpretar la historia desde una lógica lineal y acumulativa,
según la cual toda marcha hacia adelante implica necesariamente una superación
del pasado (de modo que los vínculos con los ancestros, los símbolos heredados
y las formas tradicionales de existencia son concebidos como meros residuos de
una etapa inferior de la humanidad, esto es, como restos de unas supuestas
tinieblas de ignorancia que habría que abandonar para consumar el triunfo
definitivo de la razón y del progreso técnico). Sin embargo, esta
interpretación descansa sobre una confusión fundamental, ya que identifica la
ruptura con el pasado con la liberación, cuando en realidad dicha ruptura
supone, muchas veces, la pérdida de aquello que otorgaba orientación,
continuidad y sentido a la existencia humana.
El hombre moderno, precisamente
porque ha sido formado en una civilización que reduce la realidad a lo
cuantificable y mensurable, es decir, a aquello que puede ser objeto de
medición o cálculo, resulta incapaz de comprender la verdadera naturaleza de la
Tradición. Espiritualmente desarmado y privado de aquellas categorías que le
permitirían acceder a una comprensión superior del mundo, termina percibiendo
toda referencia a lo trascendente como algo extraño o irracional. Espíritu y
modernidad aparecen entonces como términos irreconciliables, no porque lo sean
en esencia (pues nada obliga a pensarlos así), sino porque la modernidad ha
erigido un modelo de civilización fundamentado casi exclusivamente en la
materia, en la utilidad y en la inmediatez. No obstante, toda gran civilización
de la historia encontró siempre su fundamento en una fuerza espiritual previa,
esto es, en un principio interior que daba cohesión a sus instituciones,
legitimidad a sus valores y permanencia a sus obras. Allí donde desaparece ese
núcleo espiritual, por más espectaculares que parezcan, desde el punto de vista
técnico o económico, las realizaciones humanas, , estas quedan reducidas a
construcciones efímeras, incapaces de perdurar. La dimensión material no es
sino la proyección visible de una realidad superior e invisible; cuando se
rompe el vínculo con esa realidad trascendente (vínculo que constituye el alma
de toda cultura auténtica), la existencia degenera inevitablemente en un flujo
caótico de acontecimientos carentes de sentido profundo, dominados por el
conflicto, la fragmentación y la desorientación.
Vivir en un mundo desacralizado,
esto es, en un mundo donde los ritos han perdido su significado, donde los
símbolos han sido vaciados de contenido y donde la relación con los ancestros y
con el Principio Supremo ha sido interrumpida, conduce necesariamente a una
civilización sin Centro. Una civilización semejante, al carecer de un eje
espiritual ordenador (de un punto de referencia inmutable que dé coherencia a
la totalidad), se vuelve incapaz de sostener una vida verdaderamente
equilibrada, tanto en el plano individual como en el colectivo. El mundo
moderno constituye quizá el ejemplo más evidente de esta pérdida de armonía, ya
que, mientras proclama una libertad abstracta e ilimitada, destruye
simultáneamente los vínculos comunitarios, debilita toda pertenencia orgánica y
empuja al individuo hacia un aislamiento cada vez mayor. Bajo la apariencia de
emancipación, lo que emerge es una humanidad profundamente desarraigada, esto
es, privada de referencias estables y orientada, sin saberlo, hacia una
dinámica de autodestrucción permanente. Tal es, en última instancia, el destino
de toda sociedad que rompe definitivamente con la Tradición.
Por ello, la Tradición no puede
ser comprendida mediante las categorías vulgares y profanas propias del
pensamiento moderno, puesto que su lenguaje pertenece a un orden distinto de
realidad (un orden que la razón instrumental no puede abarcar sin desfigurarlo).
La razón discursiva y el método experimental, aun siendo instrumentos válidos
para determinados ámbitos del conocimiento, como la física o la biología, no
poseen la universalidad ni la infalibilidad que el cientificismo moderno les
atribuye. Frente al empirismo frío y reductivo de cierta mentalidad
academicista (ese empirismo que todo lo reduce a datos cuantificables), la
Tradición opera dentro de categorías simbólicas y metafísicas, donde el acceso
a lo Universal y a lo Trascendente requiere facultades distintas de las
utilizadas por la ciencia positiva. La intelección espiritual, en efecto, no se
comunica únicamente a través de conceptos abstractos, sino mediante símbolos,
ritos, mitos y misterios, los cuales actúan como vehículos de verdades
superiores. Dichos símbolos no constituyen simples invenciones culturales
arbitrarias, sino manifestaciones de un conocimiento primordial, un
conocimiento inscrito en la naturaleza misma de las cosas y transmitido, bajo
múltiples formas y a través de diversas civilizaciones, desde tiempos
inmemoriales.
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