Culpar al pasado para eximir a las oligarquías del atraso

junio 14, 2026

 



Hay verdades que se repiten con la obstinación de un rosario mal aprendido, hasta que el roce de los dedos desgasta las cuentas y el devoto olvida si aún cree en el misterio o solo se aferra al gesto. Una de esas verdades momificadas, que ocupa un lugar de honor entre las certezas latinoamericanas, sostiene que todo nuestro atraso, toda nuestra gangrena civilizatoria y toda nuestra protervia como pueblos condenados a la mediocridad son herencia directa de España. Como si los Habsburgo y los Borbones hubieran empaquetado en sus galeones, junto al oro y la plata, una pócima del atraso destinada a envenenar a las generaciones futuras. Como si la servidumbre, la censura, la incapacidad productiva y el despotismo fueran un legado que las independencias no hicieron más que aceptar con la sumisión de unos herederos incapaces de discutirlo.

 

Pero ¿qué ocurre cuando uno se atreve a abrir aquel testamento con ojos críticos y no con devoción? ¿Qué sucede cuando los datos históricos exigen una pausa, una revisión honesta y una pregunta incómoda que casi nadie formula porque todos creen conocer la respuesta? Sucede que la realidad, esa vieja y malhumorada dama que nunca se deja encerrar en los dogmas, nos recuerda que el origen no es necesariamente la causa, que la semilla no es el árbol y que culpar a España de nuestros males presentes puede convertirse en una salida demasiado cómoda.

 

Porque no se trata, Dios me libre, de negar las responsabilidades de España durante el periodo colonial, que fueron reales y que deben ser examinadas con honestidad. Hubo monopolios, restricciones comerciales, extracción de riquezas y una relación de poder profundamente desigual entre la metrópoli y sus territorios americanos. Pero tampoco conviene convertir aquella experiencia en una caricatura histórica. España no fue la única potencia europea que ejerció el dominio colonial de esa manera. Las grandes potencias de la época, cada una a su modo, establecieron sistemas de control, extracción y subordinación sobre los territorios que llegaron a dominar. La historia, por tanto, merece una mirada crítica, pero también cierta proporción: ni absolver a España de sus responsabilidades, ni convertirla en la única protagonista de un fenómeno que fue mucho más amplio.

 

¿Acaso Inglaterra, esa paradójica madre de la libertad comercial que tantos celebran, no prohibió a sus colonias norteamericanas construir hornos de acero, cortar hierro, comerciar sombreros de pieles, fabricar prendas de lana o levantar aserraderos? ¿No fue Adam Smith, ese escocés de mirada lúcida, quien denunció en La riqueza de las naciones las políticas inglesas que impedían determinadas manufacturas y limitaban a los colonos a productos sencillos? ¿No eran el monopolio del tabaco, el control de la navegación y la subordinación económica parte de la realidad de todo imperio?

 

Smith lo sabía, lo escribió y muchos prefieren ignorarlo cuando la información incomoda sus discursos. Inglaterra no fue una excepción virtuosa; formó parte de una época marcada por el dominio colonial y la búsqueda de beneficio. Y si hoy celebramos ciertos aspectos de su legado, también debemos recordar que el vencedor suele tener mayor capacidad para contar la historia.

 

Pero vayamos más lejos, porque la comparación no termina en las grandes potencias. España y Portugal estaban, es cierto, rezagadas frente a Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial; frente a Holanda, pionera en finanzas y comercio; y frente a Francia, favorecida por la fertilidad de sus tierras y la abundancia de sus ríos. Pero ¿cómo estaba el resto de Europa occidental, esa Europa que algunos latinoamericanos imaginan como un jardín de libertades y progreso continuo?

 

El propio Smith calificaba a Suecia y Dinamarca como países pobres que difícilmente habrían podido enviar barcos a las Indias sin el respaldo de compañías privilegiadas. Polonia, antes de los repartos de 1795, era un territorio donde una enorme parte de la población vivía sometida a la servidumbre. Italia ni siquiera existía como nación unificada y estaba dividida entre intereses españoles, franceses y austriacos. El Imperio otomano iniciaba su larga decadencia. Rusia mantendría la servidumbre hasta 1861 y su régimen aristocrático hasta bien entrado el siglo XX.

 

Inglaterra, Holanda, Prusia y Francia representaban excepciones dentro de una Europa marcada por la aristocracia, el latifundismo, la pobreza y la ignorancia. La libertad, donde existía, era reciente, limitada y todavía lejos de las mayorías.

 

En España, es cierto, existía censura, como en buena parte de Europa. Pero David Ogg documenta que la escasez de una amplia clase media y el peso de la Inquisición no impidieron por completo la llegada de ideas nuevas. La Academia Española, fundada en 1713, mostraba el interés de grupos intelectuales por abrir nuevas puertas. The Spectator, la Encyclopédie y la Histoire Naturelle de Buffon llegaban a las librerías de Madrid y Cádiz.

 

Voltaire llegó a representarse en público, con ciertas precauciones. John Lynch confirma que las ideas de la Ilustración penetraron desde mediados del siglo XVIII, que el conocimiento científico y técnico se difundió por libros, visitas, museos y prensa, y que las ideas económicas comenzaron a discutirse con mayor libertad. Pierre Vilar registra además un dato importante: España estaba avanzando en procesos industriales. La población pasó de seis a once millones entre 1700 y 1800. Se acumulaban capitales, se reunían materias primas y se impulsaba la formación popular en artesanía y técnica.

 

Y en América, ¿qué ocurría? ¿Acaso nuestros antepasados coloniales vivían en una ignorancia absoluta, sin contacto con ninguna corriente de modernidad? ¿No surgieron las Sociedades Económicas de Amigos del País, instituciones creadas para impulsar la agricultura, el comercio y la industria mediante el estudio y la experimentación?

 

La primera en América apareció en Santiago de Cuba en 1787. Después surgieron otras en Lima, La Habana, Quito, Guatemala, México, Santa Fe, Cartagena, Santiago de Chile, Puerto Rico, Chiapas y Guayaquil. La de Guayaquil, fundada en 1825, cuando el dominio español en tierra firme ya estaba desapareciendo, resulta especialmente reveladora: la Corona intentaba promover ciertas formas de desarrollo mientras perdía el control político.

 

José Gálvez había propuesto a Carlos III en 1738 un reglamento de Comercio Libre, promulgado finalmente en 1778, que reducía algunos derechos y autorizaba la entrada de artículos extranjeros en barcos españoles. No era la política de un imperio que buscaba hundirse por voluntad propia, sino el intento contradictorio de adaptarse a los cambios que llegaban desde otras partes del mundo.

 

Entonces, si España no fue el único imperio restrictivo, si Europa tampoco era un paraíso de libertades y si en la propia Península estaban surgiendo transformaciones que llegaban a América, ¿dónde se encuentra el verdadero punto de quiebre?

 

¿Cuándo aparece esa separación que deja a Latinoamérica rezagada mientras otras naciones, partiendo de condiciones similares o incluso peores, alcanzan mayores niveles de desarrollo?

 

La respuesta, para quien tenga la valentía de buscarla, no está únicamente en el pasado colonial. No está solamente en los galeones, en el monopolio, en la Inquisición o en el absolutismo borbónico. La respuesta también está en las guerras de independencia y en las décadas posteriores.

 

Está en las oligarquías criollas que tomaron el poder, no para transformar profundamente sus sociedades, sino para conservar gran parte de su dominio en alianza con potencias extranjeras. Fueron ellas las que sometieron a los nuevos países a la influencia británica cuando convenía a sus intereses comerciales. Fueron ellas las que impulsaron un modelo económico excluyente, basado en grandes propiedades, exportación de materias primas y compra de manufacturas extranjeras.

 

Fueron ellas las que frenaron posibilidades de desarrollo industrial que habían comenzado a aparecer durante las reformas borbónicas. Fueron ellas las que construyeron Estados dominados por grupos reducidos, donde la mayoría de los habitantes quedaron lejos de las decisiones importantes.

 

Y para ocultar esa responsabilidad, para desviar la mirada de quienes controlaban el poder después de la independencia, apareció una explicación conveniente: la idea de que todos los males provenían exclusivamente de España.

 

La argucia de cargar al periodo colonial con las causas de todos los problemas fue útil para las élites durante dos siglos. No sorprende que distintos sectores políticos hayan terminado repitiendo ese relato. La imagen de una España culpable de todo permite presentarse como víctima de un pasado ajeno, como dirigente impedido de hacer el bien por una historia que le fue impuesta.

 

Permite culpar al fantasma mientras los responsables reales continúan ocupando los espacios de poder.

 

España desapareció de América hace más de doscientos años. Las oligarquías siguieron allí, sentadas a la misma mesa, repartiendo las riquezas y celebrando independencias que no siempre significaron una transformación profunda para las mayorías.

 

¿No resulta contradictorio que, dos siglos después de la salida de los españoles, muchos de los mismos grupos familiares sigan concentrando tierras y riqueza mientras el discurso anticolonial continúa sirviendo como explicación universal?

 

La comparación entre países también obliga a pensar. Corea del Sur, Taiwán y las monarquías petroleras del Golfo comenzaron su historia moderna después de 1945 bajo condiciones difíciles. China salió de décadas de guerras, invasiones y pobreza extrema. India nació de la independencia después de una partición acompañada por una enorme tragedia humana. Hoy esos países poseen grandes industrias, avances científicos y una fuerte presencia internacional.

 

Brasil, en cambio, continúa dependiendo en gran medida de la exportación de materias primas. Argentina arrastra décadas de crisis, promesas incumplidas y problemas recurrentes.

 

Entonces, ¿cuál es la diferencia?

 

No parece estar solamente en el pasado colonial, porque todos esos países conocieron explotación y dominio extranjero. Una parte importante de la diferencia está en el tipo de Estado que se construyó después, en la clase dirigente que tomó las riendas y en la capacidad de crear un proyecto nacional que rompiera con viejas formas de poder.

 

De un Estado dominado por grupos reducidos difícilmente puede surgir prosperidad para todos. Las élites que impulsaron las llamadas independencias favorecieron nuevas formas de dominio extranjero, limitaron oportunidades industriales, mantuvieron la exclusión social y construyeron instituciones orientadas a conservar sus privilegios.

 

La independencia, en muchos casos, no fue una revolución completa; fue un relevo. No significó una ruptura total con el pasado; fue una continuidad bajo nuevos nombres.

 

Y la prueba más evidente aparece en los problemas que todavía atribuimos exclusivamente a España: desigualdad, grandes concentraciones de tierra, corrupción, caudillismo y subordinación económica. Muchos de esos problemas continuaron bajo gobiernos dirigidos por las élites locales.

 

Si España fue la causa de todo, ¿cómo explicar que doscientos años después sigamos enfrentando males similares?

 

¿Acaso los españoles se quedaron en América y continúan gobernando desde las sombras?

 

No. Se fueron hace mucho tiempo.

 

Los que permanecieron fueron las élites que se beneficiaron del nuevo orden y que, durante generaciones, encontraron conveniente culpar al pasado mientras administraban las riquezas heredadas de la independencia.

 

Es hora, pues, de abandonar el periodo colonial como excusa para explicar todos nuestros males. Las causas del atraso están mucho más cerca en el tiempo y resultan mucho más incómodas de reconocer.

 

Solo aceptar la responsabilidad permite cambiar.

 

Seguir culpando al pasado es seguir librando de responsabilidad a quienes tomaron el poder después de la independencia. Y ellos lo saben.

 

Por eso alimentan el relato.

 

Por eso repiten una y otra vez la herencia española.

 

Porque mientras el pueblo mire hacia atrás, dejará de mirar hacia arriba. Dejará de preguntar quién ocupa el palacio, quién concentra las tierras, quién controla las riquezas y por qué la independencia todavía no se ha convertido en una transformación real para la mayoría.

 

Quien culpa al fantasma, absuelve al verdugo.

 

Y el verdugo, doscientos años después, sigue sonriendo desde el palacio.

Fuente:

  • Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)

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