Culpar al pasado para eximir a las oligarquías del atraso

junio 14, 2026

 



Hay verdades que se repiten tanto que dejan de ser objeto de examen y se convierten en mobiliario mental: invisibles, incuestionables, cómodas. Una de ellas, arraigada en la historiografía latinoamericana desde los primeros días de la independencia, sostiene que el atraso de nuestras naciones es, en esencia, de herencia española. España nos habría dejado, como legado envenenado, la servidumbre, la censura, la incapacidad productiva, el despotismo. Frente a esta certeza repetida hasta el cansancio, los datos históricos exigen una pausa, una revisión honesta, una pregunta incómoda: ¿es cierto?

 

La respuesta, examinada con rigor, resulta más compleja que el dogma admitido. No se trata de absolver a España de sus responsabilidades coloniales, que fueron reales, onerosas, explotadoras, sino de situarlas en su contexto y, sobre todo, de no confundir el origen con la causa. Todas las potencias coloniales europeas ejercieron el monopolio, la restricción, la extracción. Inglaterra, paradójicamente celebrada como madre de la libertad comercial, prohibió a sus colonias norteamericanas construir hornos de acero, cortar hierro, comerciar sombreros de pieles, fabricar prendas de lana, erigir aserraderos. Adam Smith, en La riqueza de las naciones, denunciaba esta política con crudeza: una reglamentación que impedía el establecimiento de cualquier manufactura y limitaba a los colonos a "artículos toscos y domésticos". El monopolio del tabaco, el control de la navegación, la sujeción económica total: Gran Bretaña no fue la excepción virtuosa, fue la regla disfrazada. Smith lo sabía. Lo escribió. Pocos lo leen cuando conviene.

 

España y Portugal estaban, es verdad, rezagadas frente a Inglaterra, cuna de la Revolución Industrial, frente a Holanda, pionera en finanzas y comercio, frente a Francia, bendecida por la fertilidad de sus tierras y la abundancia de sus ríos. Pero ¿cómo estaba el resto de Europa que llamamos occidental? Smith mismo calificaba a Suecia y Dinamarca como "países pobres" que no habrían podido fletar un solo barco a las Indias sin la exclusiva de compañías privilegiadas. Polonia, antes de los repartos de 1795, era un país donde tres cuartos de la población eran siervos legales, atados a la tierra, sin derechos que los amos no les concedieran. Italia no existía como nación, parcelada entre ambiciones españolas, francesas, austriacas. El Imperio otomano, dueño de los Balcanes y el oriente mediterráneo, iniciaba su larga decadencia hacia el título de "enfermo de Europa". Rusia, inmensa y rica en recursos, mantendría la servidumbre hasta 1861 y su régimen aristocrático-feudal hasta el siglo XX. Inglaterra, Holanda, Prusia y Francia eran la excepción, no la norma. Europa estaba marcada por la aristocracia, el latifundismo, la pobreza. La libertad, donde existía, era fruto reciente, precario, localizado.

 

En España, la censura existía, como existía en toda Europa. Pero David Ogg, en su obra sobre el Antiguo Régimen, documenta algo que los dogmáticos omiten: "Ni la escasez de la clase media ni la carga de la Inquisición impidieron completamente la infiltración de ideas más modernas". La Academia Española, fundada en 1713, demostraba que hombres de letras deseaban derribar barreras. The Spectator, la Encyclopédie, la Histoire Naturelle de Buffon, llegaban clandestinamente. Voltaire se representaba en público, con tal de no citar su nombre. John Lynch, en su historia del siglo XVIII español, confirma que las ideas de la Ilustración penetraron desde mediados de siglo, que el conocimiento científico y técnico se difundió por libros, visitas, museos, prensa, que las ideas económicas se discutían con libertad creciente. Pierre Vilar, por su parte, registra el dato decisivo: España se industrializaba. La población pasó de seis a once millones entre 1700 y 1800. Se constituían capitales, se acumulaban materias primas, se impulsaba la educación popular en artesanía y técnica. El mercantilismo español, lejos de ser mero obstáculo, funcionaba como motor de sustitución de importaciones.

 

Y en América, ¿qué ocurría? ¿Nada? Las Sociedades Económicas de Amigos del País, esas instituciones semioficiales creadas para impulsar la agricultura, comercio e industria mediante el estudio y experimentación, se multiplicaron en ambos lados del Atlántico. La primera en América surgió en Santiago de Cuba en 1787. Le siguieron Lima, La Habana, Quito, Guatemala, México, Santa Fe, Cartagena, Santiago de Chile, Puerto Rico, Chiapas, Guayaquil. La de Guayaquil, fundada en 1825, cuando el dominio español en tierra firme ya se desmoronaba, es quizá el símbolo más elocuente: la Corona promovía el desarrollo incluso mientras perdía el control. José Gálvez había propuesto a Carlos III en 1738 el reglamento de Comercio Libre, promulgado finalmente en 1778, que reducía derechos y autorizaba la introducción de artículos extranjeros en buques españoles. No era la política de un imperio decidido al atraso.

 

Entonces, ¿dónde radica el verdadero quiebre? ¿Cuándo se produce la bifurcación que condena a Latinoamérica al subdesarrollo mientras otras naciones, partidas de condiciones similares o peores, alcanzan el desarrollo?

 

La respuesta no está en el pasado colonial. Está en las guerras de independencia y en las décadas posteriores. Está en las oligarquías criollas que tomaron el poder, no para modernizar, sino para perpetuar su dominio en simbiosis con potencias extranjeras. Fueron ellas, no España, las que sometieron los países al dominio británico cuando convenía a sus intereses comerciales. Fueron ellas las que impusieron un modelo económico excluyente, latifundista, exportador de materias primas, importador de manufacturas. Fueron ellas las que destruyeron in nuce cualquier posibilidad de desarrollo industrial. Fueron ellas las que construyeron el Estado oligárquico, cuyo fin no era la modernidad que proclamaban en discursos, sino la perpetuación de un sistema de dominación que administraba países como inmensas fincas, donde los habitantes no eran ciudadanos sino siervos con otros nombres.

 

La argucia de cargar al periodo colonial las causas del desastre ha sido funcional a estas oligarquías durante dos siglos. Les permite presentarse como víctimas de una herencia maldita, como constructores imposibilitados, como líderes que harían el bien si no fuera por el pasado que les tocó. España desapareció de América hace más de doscientos años. Las oligarquías siguen allí. Y una izquierda escasamente creativa, autocrítica, moliente, ha terminado repitiendo el discurso, haciendo el juego a los verdaderos responsables, culpando al fantasma mientras el verdugo sigue en el palacio.

 

La evidencia comparativa hace insostenible la tesis colonialista. Corea del Sur, Taiwán, las petromonarquías del Golfo, comenzaron su historia independiente después de 1945 en condiciones peores que las de Latinoamérica. La República Popular China, devastada en 1949 después de dos siglos de expolio, invasiones, guerra civil, con población masivamente analfabeta, es hoy primera potencia comercial y potencia espacial. India surgió de la independencia sobre doce millones de muertos por la partición de Pakistán, y es hoy potencia económica, científica, espacial. Brasil, independizado en 1810, sigue siendo exportador de materias primas, ausente del campo científico-técnico. Argentina, dos siglos de crisis recurrente. ¿La diferencia? No está en el pasado colonial. Está en el tipo de Estado que se construyó después.

 

Del Estado oligárquico solo puede salir subdesarrollo, atraso, más subdesarrollo. Es una conclusión herética para quienes han edificado carreras académicas sobre la culpa española, para quienes encuentran en el pasado ibérico una explicación cómoda que excusa el presente. Pero es la conclusión que impone la evidencia. Las oligarquías que promovieron las mal llamadas independencias, porque fueron, en realidad, transferencias de dominio de una Corona a unos pocos, favorecieron el neocolonialismo, impusieron la exclusión, destruyeron el desarrollo industrial in nuce, crearon un Estado para perpetuarse, no para transformar. Y siguen allí, dos siglos después, repitiendo el discurso, haciendo lo mismo, culpando al pasado mientras el presente es suya obra.

 

Es hora de enterrar el periodo colonial como pretexto. Las causas del atraso están más próximas en el tiempo, más fáciles de localizar, más incómodas de reconocer. Pero solo el reconocimiento honesto permite el cambio. Seguir culpando al pasado es seguir exculpando a los verdaderos responsables. Y ellos lo saben. Por eso alimentan el mito.

Fuente:

  • Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)

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