Latinoamérica: el continente aislado y por qué eso es un problema

junio 13, 2026

 



Latinoamérica comparte con el resto de América el destino geográfico del aislamiento continental, aunque esta condición debe entenderse con sus debidas matizaciones. Desde los albores de su independencia, Estados Unidos se erigió como el irónico centro de atracción poblacional del hemisferio: millones de europeos y asiáticos cruzaron los océanos buscando la tierra prometida en el siglo XIX y la primera mitad del XX, mientras los latinoamericanos construían sus propios circuitos migratorios, con razonamientos culturales distintas a las de aquellos flujos transatlánticos. El punto de inflexión llegó tras la Segunda Guerra Mundial, cuando Estados Unidos descubrió y capitalizó una nueva modalidad de migración: la educativa. La potencia consolidada dotó a sus instituciones de recursos y prestigio irresistibles, transformando su aislamiento geográfico en un irreverente centro mundial de estudios superiores.

 

La cifra lo dice todo sin necesidad de adornos: de cincuenta mil estudiantes extranjeros en los años sesenta se pasó a medio millón en el año dos mil, y a un millón en el 2015. Son beneficios económicos que rondan los cuarenta y dos mil millones de dólares, pero sobre todo es una fuente inagotable de cerebros de primer orden que alimenta la máquina de la ciencia, la tecnología y el poder. Los estudiantes llegan de casi todas las naciones con visiones distintas y novedosas, impidiendo ese estancamiento intelectual que, en otros lugares, como España con su endogamia académica endémica, aniquila la creatividad. El premio final del sistema es casi seductor de forma inquietante: una pléyade de graduados que vuelven a sus países agradecidos y enamorados, dispuestos a servir los intereses estadounidenses desde sus posiciones locales. Como señalaba Karl Deutsch, las universidades se han convertido en una de las industrias más grandes del país; según el Miami Herald, las matrículas completas de los extranjeros incluso permiten subsidiar a los estudiantes nacionales. Un negocio tan redondo que ya entra en la lucha hegemónica con China, cuyo gobierno desde 2019 desaconseja estudiar en Estados Unidos, causando pánico en las universidades que dependen del gasto medio de sesenta y cinco mil dólares anuales de sus jóvenes.

 

Otro mecanismo de superación del aislamiento es esa inmensa red de bases militares que despliega a más de trescientos mil estadounidenses en ciento setenta y siete países según declaraba en 2018 el general Joe Dunford, quedando solo veintiuno sin presencia estadounidense en un planeta de ciento noventa y ocho naciones que integran la ONU. Aunque las cifras puedan tener su dosis de exageración, lo indiscutible son esas setecientas bases militares con ciento cincuenta mil soldados promedio, setenta mil de ellos en Japón y Corea del Sur. Millones de estadounidenses han conocido el mundo a través del fusil y el cuartel, trayendo de vuelta un flujo permanente de información sobre el exterior que nutre la sociedad desde adentro.

 

Nada de esto tiene paralelo en Latinoamérica. En lo militar, porque las neocolonias no envían tropas, sino que las reciben, reflejando su subordinación. En lo académico, porque las universidades de calidad solo atraen estudiantes de la propia región y la ausencia de centros de investigación prestigiosos provoca el efecto inverso: la fuga constante de los cerebros más preparados hacia Estados Unidos o Europa. América Latina sangra intelectualmente, acciones creadoras de pensamiento propio, condenados a ser consumidores netos de educación y cultura extranjera, dependientes de la ciencia técnica foránea por no poder retener su capital humano.

 

Pero el fenómeno trasciende lo académico y adquiere connotaciones políticas descarnadas. Educarse en Estados Unidos se convirtió para las élites latinoamericanas en una opción de estatus y alineamiento, una credencial que garantiza ser bien vistos en Washington al aspirar a cargos públicos. Las universidades norteamericanas se transformaron para los civiles en lo que la Escuela de las Américas fue para los militares: una máquina de ascendidos. Si ser graduado de la Escuela de las Américas abría puertas a dictadores como Banzer, Ríos Montt o Galtieri, ser graduado de Harvard, Columbia o Georgetown las abría de par en par a los gobiernos. Cinco de los últimos seis presidentes de México estudiaron allí. Por nombrar algunos de una lista interminable: Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe en Colombia, Jamil Mahuad en Ecuador, Eduardo Rodríguez en Bolivia, José María Figueres en Costa Rica, Mauricio Macri, Sebastián Piñera e Iván Duque. Durante el gobierno de Salinas de Gortari, quien con el TLC desmanteló la industria y campo mexicanos, quince de treinta y seis ministros eran graduados de universidades estadounidenses. El colapso argentino actual se gestó bajo la batuta de Nicolás Dujovne de la Universidad de California, Luis Caputo de JP Morgan y Marcos Peña educado en Maryland. Como decía Deutsch, los miembros de las élites extranjeras se vuelven más receptivos a los deseos del país que los educa, y las cifras del Departamento de Seguridad Nacional hablan de casi ochenta mil estudiantes latinoamericanos en 2017, preparándose para ser la perfecta voz de su amo en sus países de origen.

 

La pregunta obligada es por qué ya no se busca Europa como en el siglo XIX, cuando Inglaterra mandaba y las oligarquías establecían relaciones simbióticas con el imperio británico a cambio de apoyo a sus intereses de casta, o cuando Francia representaba la cúspide cultural que atraía a escritores y artistas hacia París. La respuesta es que cambió el amo, pero no el razonamiento de lasumisión: al erigirse Estados Unidos como potencia sustituta del británico, las élites cambiaron las universidades británicas por las estadounidenses, buscando la bendición del nuevo imperio para mantener sus privilegios. De esta manera nacieron los portavoces nativos del american way of life, los pueblos sometidos sin piedad a la cantinela monótona del poder omnímodo, siempre siervos peregrinando a Washington como antes lo hacían los mal llamados libertadores hacia Londres en busca de limosnas anglosajonas para sus afanes de clase.

 

De la hegemonía política y económica se desprende otra más sutil y difícil de combatir: la hegemonía propagandística. Las multinacionales de telecomunicaciones, aunque los dueños sean como Carlos Slim, son simples vehículos transmisores de canales estadounidenses que pueden ocupar el ochenta por ciento de la parrilla de cable, desde ESPN y Fox monopolizando el deporte hasta los canales de cine casi todos norteamericanos. Solo las telenovelas latinoamericanas resisten como fenómeno imbatible, uno de los pocos espacios donde aún se expresan realidades propias. En 1970 las empresas estadounidenses invertían cien millones de dólares en canales en español; en 2014 solo Fox invirtió tres mil seiscientos millones. El peso es abrumador y la competencia casi inexistente. La presencia de canales de otros países es testimonial, con audiencias minoritarias porque no están en el ethos psicológico-cultural de latinoamericanos programados desde la cuna para consumir insaciablemente productos estadounidenses por simple falta de opciones.

 

Es quizá esta la prueba más cruel y mortal de la geografía: un lavado permanente de cerebro sin alternativas a la mano, que convierte a los pueblos en carne de manipulación contra ellos mismos, sociedades enlatadas en los parámetros políticos que bajan de Washington, incapaces de imaginar algo por encima de ellos. Aquí se evoca con lucidez esa obra maestra de Edwin A. Abbott, Planilandia, donde los habitantes se mueven en dos dimensiones sin poder mirar hacia lo alto. Latinoamérica vive en un túnel bidimensional, moviéndose de norte a sur y de este a oeste, pero sin movimiento ascendente posible excepto en etapas fugaces que inmediatamente son atacadas por gobiernos del mundo tridimensional que defienden su ventaja. El pensamiento latinoamericano está condicionado, encajonado, con referencias mentales que como las líneas aéreas se dirigen masivamente a Estados Unidos, y cuando se busca algo diferente se mira a Europa, pero desde la misma visión bidimensional que copia mecánicamente categorías y valores del siglo XIX sin asumir que, por más herencia europea que se tenga, esta región no es Europa ni será un equivalente de Estados Unidos, a lo sumo una mala copia. Hasta no entender esta condición seguirán vigentes los versos de Huidobro, porque los cuatro puntos cardinales siguen siendo tres: el sur y el norte.

 

La geografía determina en Latinoamérica una suma de cosas, desde las más mínimas hasta las más colosales, y entender estas singularidades es esencial para entendernos a nosotros mismos y esa visión del mundo dominada por el peso demoledor del norte. Desde el aislamiento, una mayoría cree con fe ciega de fanático que Estados Unidos es el principio y el fin de todo, que lo que allí se discute y decide se convierte en ley universal. Combatir esa deformación psicológica, política y cultural es quizá el mayor reto en el arduo camino hacia la liberación neocolonial, porque solo al superar esa visión limitada será posible construir finalmente proyectos propios y autónomos.


Fuente:

  • Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)

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