Durante la Guerra Fría, Israel fue cómplice de los regímenes centroamericanos
junio 04, 2026
Cuando hablamos de los años más
calientes de la Guerra Fría en Centroamérica, el foco casi siempre apunta a
Washington y a la Unión Soviética. Nos han contado una historia de bloques
enfrentados, de la doctrina Reagan, de los contras financiados por la CIA y de
la Unión Soviética respaldando a los sandinistas. Pero esa narrativa,
convenientemente, deja fuera a un actor que operó en las sombras con una
impunidad y una eficacia escalofriantes. Me refiero a Israel. Y no me refiero a
un Israel ingenuo o presionado por Estados Unidos. No. Hablo de un Israel que
se convirtió en socio principal, arquitecto y verdugo silencioso de las peores
dictaduras centroamericanas. Un Israel que, lejos de limitarse a vender unos
cuantos fusiles, instaló sistemas computarizados para perseguir opositores,
entrenó a los escuadrones de la muerte, suministró napalm para arrasar aldeas y
asesoró en la construcción de campos de concentración camuflados de “aldeas
modelo”. Todo esto no fue un accidente ni un exceso de algunos funcionarios.
Fue una política de Estado, fría, calculada y profundamente siniestra. Y no fue
solo un mandado de Washington: muchas veces Israel actuó por cuenta propia, e
incluso a espaldas de sus propios socios del norte, porque en Centroamérica se
jugaba algo que iba mucho más allá de la simple geopolítica yanqui. Se jugaba
la supervivencia de su propia industria de la muerte y la consolidación de una
red de aliados que le permitieran romper su aislamiento internacional. Hoy, me
propongo desnudar ese pacto de sangre.
Empecemos por el principio, por
esa “relación especial” que tanto les gusta invocar a los diplomáticos
israelíes. La deuda de Israel con las dictaduras centroamericanas no es menor.
En los años previos a la fundación del Estado sionista en 1948, Anastasio
Somoza García, el patriarca de la dinastía nicaragüense, facilitó armas,
pasaportes y cobertura diplomática a la Haganah, la fuerza paramilitar que
expulsó a los palestinos de su tierra. Guatemala, por su parte, fue el segundo
país en reconocer a Israel y uno de los principales impulsores de la partición
de Palestina en la ONU. Esa deuda de sangre, contraída con regímenes brutales
que ya entonces masacraban a sus propios pueblos, se pagaría con creces décadas
después. Israel nunca olvida a quienes le ayudan, y Somoza, los generales
guatemaltecos y los coroneles salvadoreños se convirtieron en acreedores de una
moneda muy particular: la tecnología del control y la muerte.
El caso de Nicaragua bajo Somoza
es paradigmático. A finales de los años setenta, cuando la insurrección
sandinista ponía contra las cuerdas al dictador Anastasio Somoza Debayle, la
administración Carter comenzó a restringir el envío de armas a la Guardia
Nacional, manchada por violaciones masivas de derechos humanos. ¿Quién llenó el
vacío? Israel. Aviones de transporte israelíes aterrizaban de noche en Managua,
descargaban fusiles, municiones y repuestos, y despegaban antes del amanecer.
Esa ayuda permitió a Somoza prolongar la agonía de su régimen por meses,
sembrando más cadáveres en las calles. Cuando Somoza cayó en 1979, la alianza
no se rompió: simplemente cambió de objetivo. Los sandinistas eran ahora el
enemigo. Y la maquinaria propagandística israelí se puso en marcha
inmediatamente para tildarlos de antisemitas. La acusación era falsa, lo
sabían, pero útil. El objetivo era demonizar al gobierno revolucionario y
justificar lo que vendría después.
Lo que vino después fue aún más
turbio. Con la llegada de Reagan a la Casa Blanca, Israel se convirtió en el
brazo armado encubierto de la guerra contra Nicaragua. A partir de 1982, y a
petición expresa de Washington, Israel comenzó a suministrar armas a los
contras, esa fuerza irregular formada en su mayoría por exguardias de Somoza,
torturadores confesos y narcotraficantes. El arsenal era macabro: fusiles de
asalto AK-47 y lanzacohetes capturados a la OLP durante la invasión de Líbano,
misiles antiaéreos SAM-7, toneladas de munición. Todo esto se canalizaba a
través de Honduras, mientras que agentes del Mossad y oficiales israelíes en
situación de retiro entrenaban a los líderes contras en campamentos secretos.
Incluso se llegó a plantear la creación de un fondo especial para que la ayuda
millonaria que Estados Unidos daba a Israel se desviara directamente a la
contra. Era el paraíso de la negación plausible: Estados Unidos mantenía las
manos limpias ante el Congreso y la opinión pública, mientras Israel ensuciaba
las suyas a cambio de favores políticos y económicos. El cinismo era absoluto.
Honduras, la nación más pobre y
estratégica del istmo, se convirtió en el portaaviones inmóvil de esta guerra
sucia. Pero la alianza con Israel venía de antes. En 1977, Israel le vendió
doce cazas Dassault Super Mystere reacondicionados, violando descaradamente las
leyes estadounidenses sobre transferencia de tecnología militar (los motores
eran Pratt & Whitney). El gobierno de Kissinger, en un acto de complicidad
que define la época, aceptó la excusa de un “malentendido involuntario”. Con
esos aviones, Honduras se convirtió en la primera fuerza aérea supersónica de
la región, con capacidad de bombardear a sus vecinos o a su propia población.
El momento más oscuro llegó en diciembre de 1982, cuando el entonces ministro
de Defensa israelí, Ariel Sharon, un hombre con las manos manchadas de sangre
libanesa, visitó Tegucigalpa. Oficialmente, fue a firmar acuerdos agrícolas.
Extraoficialmente, según fuentes militares hondureñas, Sharon selló un pacto
para suministrar tanques, más aviones Kfir y, sobre todo, asesores israelíes
que integrarían el estado mayor de la contra. Un funcionario hondureño lo
resumió con brutal honestidad: “El viaje de Sharon fue más positivo. Él nos
vendió armas. Reagan solo pronunció palabras vacías”. Mientras Estados Unidos
se limitaba a gesticular, Israel accionaba.
El Salvador es otro capítulo
estremecedor. Entre 1975 y 1979, el 83% de las importaciones de armas
salvadoreñas provenían de Israel. Aviones Arava, cazas Dassault Ouragan,
lanzacohetes de 80 mm y los omnipresentes fusiles Galil y subfusiles Uzi
alimentaron una guerra civil que dejaría más de 75.000 muertos. Pero lo más
siniestro no fueron las armas, sino la transferencia de tecnología y doctrina.
Israel instaló en El Salvador un sistema computarizado de inteligencia, similar
al utilizado en Guatemala, que permitía catalogar sospechosos, seguir sus
movimientos y coordinar las operaciones de los escuadrones de la muerte. Y
además, se confirmó que Israel suministró napalm, que la fuerza aérea
salvadoreña utilizó para arrasar comunidades enteras, reduciendo a cenizas a
hombres, mujeres y niños. El rostro más cruel de esta influencia fue el coronel
Sigifredo Ochoa Pérez, un oficial formado por instructores israelíes. Ochoa
despreciaba la experiencia de Estados Unidos en Vietnam (“Ellos perdieron, no
saben nada”), y en cambio abrazaba el modelo israelí: la población civil no es
neutral, es el enemigo. Organizó las llamadas “defensas civiles” inspiradas en
los kibutzim armados, y propuso convertir a Nicaragua en “el Líbano de
Centroamérica”, un estado fracturado, sometido a bombardeos y ocupación
permanente. Su sueño, por desgracia, casi se cumplió.
Costa Rica, la supuesta
democracia sin ejército, tampoco escapó. Siendo el país más estable de la
región, su territorio se utilizó como base de operaciones de la contra en el
frente sur. Israel le suministró a la guardia civil costarricense fusiles Galil,
subfusiles Uzi y, crucialmente, entrenamiento en inteligencia y métodos
antiterroristas. Pero el plan más retorcido fue el llamado “cinturón de
seguridad” en la frontera norte con Nicaragua. Con financiación de USAID y
asesoría israelí, se crearon asentamientos agrícolas de campesinos
anticomunistas. La versión oficial hablaba de desarrollo rural. La realidad,
reconocida por funcionarios de la administración Reagan, era construir una
barrera humana y logística que diera cobertura a los campamentos de la contra y
que sirviera como base para una futura invasión. Se llegó a decir que el
embajador israelí ofreció pasaportes israelíes a los contras para facilitar sus
movimientos. La “Suiza centroamericana” se había convertido en un engranaje más
de la maquinaria de muerte regional.
Pero es en Guatemala donde la
intervención israelí alcanza su clímax de horror. Tras el golpe de la CIA en
1954, Guatemala quedó sumida en una sucesión de dictaduras militares que
desataron una guerra genocida contra la población maya. Cuando Jimmy Carter
cortó la ayuda militar en 1977 por las masivas violaciones de derechos humanos,
Israel no solo llenó el vacío, sino que asumió el control técnico de la
represión. El ejército guatemalteco cambió su fusil estándar por el Galil
israelí. Se compraron aviones Arava, que fueron convertidos en cañoneras para
ametrallar aldeas desde el aire. Se instaló una fábrica de municiones en Alta
Verapaz, construida y asesorada por técnicos israelíes, que empezó a producir
el 70% de las piezas del Galil, así como morteros y el blindaje para un tanque
llamado “Armadillo”. Guatemala se convirtió en el único país centroamericano
con capacidad industrial militar propia, y todo gracias a Israel.
Pero lo más escalofriante fue la
transferencia de tecnología de control social. Israel instaló en Guatemala un
sistema computarizado central, operado por la empresa DEGEM Systems, que se
convirtió en el cerebro de la represión. Conectaba al Estado Mayor del ejército
con el palacio presidencial, monitorizaba los movimientos de las tropas y, lo
más siniestro, permitía rastrear a la población civil. El sistema podía
detectar consumos anómalos de electricidad para localizar imprentas
clandestinas o reuniones de opositores. Alquilar un apartamento era motivo de
una “verificación de subversión” computarizada. El modelo israelí de ocupación
de Cisjordania y Gaza, donde la tecnología sirve para vigilar, controlar y
castigar a una población sometida, fue exportado íntegramente a las tierras
altas de Guatemala. Un general guatemalteco lo confirmó sin rubor: “Israel nos
ayudó a instalar dos centros de computación. Uno era el centro nervioso de las
fuerzas armadas”. Era la guerra de baja intensidad llevada a su máxima expresión
tecnológica.
La doctrina israelí también
permeó la ideología de los militares guatemaltecos. Se les instruyó para
“tratar a los indios como tratamos a los palestinos”. La derecha guatemalteca
hablaba abiertamente de la “palestinización” de la población maya. La consecuencia
fue la implementación de un plan de contrainsurgencia que incluía la creación
de “aldeas modelo” o “polos de desarrollo”. Estas no eran más que campos de
concentración al aire libre. Se reunía a la población campesina, se le
despojaba de sus tierras y se le concentraba en asentamientos enrejados,
vigilados las 24 horas por torres de control y patrullas civiles armadas que
debían reportar cada movimiento. El coronel Eduardo Wohlers, uno de los
ideólogos, declaró con una honestidad escalofriante: “El modelo del kibutz está
firmemente plantado en la mente de mis funcionarios. Creo que sería fascinante
convertir nuestras tierras altas en ese tipo de sistema”. El resultado fue una
catástrofe humanitaria: entre 50.000 y 75.000 guatemaltecos fueron asesinados
entre 1981 y 1984, la gran mayoría civiles indígenas. Un millón de personas se
convirtieron en desplazados internos y otros cien mil huyeron a México. Un
sacerdote estadounidense comparó la situación con un “segundo Holocausto” y
preguntó cómo era posible que Israel, de todos los países, vendiera armas a ese
gobierno. La respuesta es brutal: porque le convenía.
Ahora bien, ¿por qué lo hizo
Israel? No fue por ingenuidad ni por simple codicia. Fue una combinación letal
de factores. En primer lugar, la industria armamentística israelí es el pilar
de su economía. Para ser rentable, necesita mercados constantes. Cuando Europa
y la mayor parte del Tercer Mundo le cerraron las puertas por la ocupación de
los territorios palestinos, América Latina, y en particular sus dictaduras
militares, se convirtió en un mercado ideal, ávido de armas y con escasos
escrúpulos. En segundo lugar, la venta de armas era una moneda de cambio
diplomática. Países como Guatemala y Honduras se convirtieron en defensores
acérrimos de Israel en la ONU. Costa Rica y El Salvador fueron los únicos
países del mundo que mantuvieron sus embajadas en Jerusalén, desafiando el
consenso internacional. El fusil Galil compraba votos. En tercer lugar, y esto
es lo más oscuro, Israel actuó como el proxy sucio de Estados Unidos. Cuando el
Congreso estadounidense prohibía entrenar a policías extranjeros o vender armas
a violadores de derechos humanos, Israel entraba en escena. Podía hacer lo que
Washington no podía hacer abiertamente: entrenar a los escuadrones de la muerte
en El Salvador, vender napalm a Guatemala, armar a los contras en Nicaragua.
Todo con el silencio cómplice y el estímulo secreto de la administración
Reagan. Israel era la carta bajo la manga, el matón a sueldo.
Pero no nos engañemos: el
anglosionismo es lo mismo. La alianza entre el establishment anglosajón y el
proyecto sionista siempre ha sido simbiótica. Washington necesitaba un socio
que pudiera operar en el lodo sin que le salpicara la camisa. Y Israel necesitaba
el respaldo financiero y militar de Estados Unidos para sobrevivir y
expandirse. Centroamérica fue el laboratorio perfecto para ensayar esta
división del trabajo: Estados Unidos ponía la estrategia global y el dinero;
Israel ponía las balas, la tecnología represiva y la mano de obra entrenada.
Cuando un general guatemalteco decía que “los estadounidenses no saben nada,
los israelíes sí saben”, no estaba haciendo una afirmación técnica inocente.
Estaba reconociendo que Israel había perfeccionado el arte de la guerra sucia
contra poblaciones civiles, y que ese arte se estaba exportando con todas sus
consecuencias.
El legado de esta intervención es
inmenso y todavía no ha sido asumido. Los desaparecidos de Centroamérica llevan
la firma de los fusiles Galil. Las fosas comunes de Guatemala contienen restos
de personas asesinadas con munición fabricada en Alta Verapaz bajo supervisión
israelí. Los archivos de inteligencia de El Salvador, que aún hoy se resisten a
abrirse, funcionaban con software diseñado en Tel Aviv. Y la contra
nicaragüense, que sembró de terror a su país durante una década, se entrenó con
manuales y asesores del Mossad. Israel nunca ha pedido perdón por esto. Al
contrario, sus gobiernos han negado sistemáticamente las pruebas, han
calificado las denuncias de antisemitas o propaganda árabe, y han seguido
vendiendo armas a regímenes represivos en todo el mundo. La “relación especial”
con Guatemala, por ejemplo, se mantuvo intacta durante décadas, y solo cuando
la presión internacional se hizo insoportable comenzaron a hacerse algunos
gestos tímidos.
La historia de Israel en Centroamérica es la historia de cómo un país nacido del horror del Holocausto se convirtió en proveedor global de tecnología para el terrorismo de Estado. No fue un desvío ni un error. Fue una elección deliberada, sostenida por sucesivos gobiernos de izquierda y derecha, laboristas y del Likud. La industria de la muerte necesitaba alimentarse, y Centroamérica era un campo de cultivo fértil. Los cadáveres de los campesinos guatemaltecos, de los sindicalistas salvadoreños, de los estudiantes nicaragüenses, todos ellos forman parte del precio que Israel pagó para mantener su propia maquinaria de guerra. Mientras no se reconozca esta verdad incómoda, mientras se siga protegiendo a Israel de cualquier crítica seria por su papel en el sur global, estaremos condenados a repetir la misma historia. La entidad exterminadora ha cruzado ya Centroamérica. Sobre sus alas se aprecia la estrella de Renfán.
Fuente:
- Jamail, Milton, y Margo Gutierrez, It's No Secret: Israel's Military Involvement in Central America (1986)
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