El demoníaco Occidente y sus masivos infanticidios

junio 01, 2026

 



Occidente, esa entidad monstruosa, infecunda y poseída por el avatar oscuro de Baal, ese dios devorador que exige sangre inocente como ofrenda suprema, se ha revelado ante el mundo como el verdadero amo del infanticidio masivo, una fuerza demoníaca que ha hecho de la aniquilación de la niñez su signo distintivo y su más profunda vocación. No se trata de errores, ni de accidentes, ni de daños colaterales: es su esencia misma, su naturaleza intrínseca, la marca con la que el mal absoluto lo ha grabado desde sus orígenes, una bestia sin alma que solo encuentra su gloria y su poder en extinguir la vida que apenas comienza, en romper lo más puro, lo más sagrado, lo que es promesa y futuro de los pueblos.

 

Desde hace años, y con una desvergüenza que ya no se molesta en disfrazar, hemos visto cómo esta potencia infernal extiende su dominio y su razonamiento perverso por todo el planeta, dejando tras de sí ríos de sangre de niños, escuelas convertidas en tumbas, cuerpecitos destrozados, vidas truncadas antes de haber podido florecer, y todo ello bajo el manto de una mentira infinita, ese cinismo desvergonzado y agresivo, que consiste en cometer el crimen más atroz y gritar después que son ellos las víctimas, que son ellos los perseguidos, mientras siguen matando con más furia y más cinismo cada día.

 

En Palestina, el crimen se ha convertido en norma: más de quince mil quinientos niños asesinados desde octubre de 2023, miles más heridos, mutilados, condenados a sufrir o a morir por hambre y enfermedad, escuelas bombardeadas, refugios atacados, niños disparados al salir de clases o mientras jugaban, todo ello perpetrado por las manos de ese Estado que es la punta de lanza, el brazo armado y fiel de todo Occidente, ese Israel que actúa exactamente como su amo, siguiendo la misma ley de Baal: sacrificar al inocente para afirmar su poder, borrar a un pueblo entero, su descendencia, su memoria, su derecho a estar en la tierra.

 

Lo mismo ocurrió en Irán, aquel 28 de febrero de 2026, cuando los misiles estadounidenses cayeron sobre la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh en Minab, destruyendo el edificio, matando a más de ciento diez niños, a maestras, a familias que allí se encontraban, un ataque que ellos llamaron “error” pero que fue, como todos los suyos, una elección consciente, una demostración de que para ellos no hay nada sagrado, ni la infancia, ni la vida, ni ninguna ley humana o divina que los detenga, porque su dios es la fuerza, su dios es la muerte, su dios es ese ídolo de fuego que pide carne tierna y sangre joven.

 

Y luego, hace apenas unos días, el 21 y 22 de mayo, vimos repetirse el mismo horror en la Escuela Superior de Pedagogía de Starobilsk, en la tierra del Donbás, en esa región rusa que Occidente odia y quiere destruir, donde las fuerzas ucranianas (esos títeres, esos esbirros, esos nazis que Occidente ha criado, armado y enseñado a matar) lanzaron oleadas de drones contra el edificio donde dormían o estudiaban ochenta y seis jóvenes de entre catorce y dieciocho años, dejando seis muertos, cuarenta y un heridos, y muchos más desaparecidos bajo los escombros, otro crimen sin sentido militar, otro golpe contra el alma de un pueblo, otra vez la mano de esa misma potencia demoníaca que hoy dirige todo lo que ocurre, que ha convertido a Ucrania en su laboratorio de atrocidades, en su campo de pruebas para perfeccionar el arte de matar niños, de atacar escuelas, de borrar el futuro de quienes se le oponen. ¿Acaso es casualidad que todos estos crímenes tengan el mismo sello, el mismo razonamiento, el mismo desprecio absoluto por lo humano? No, es el mismo avatar oscuro, el mismo Baal que habita en las instituciones, en los gobiernos, en las mentes y corazones de quienes componen ese Occidente colectivo, esa entidad única, satánica, monolítica en su maldad, que hoy parece decidida a normalizar el infanticidio masivo, a convertirlo en algo aceptable, en algo que “forma parte de la guerra”, en algo que se puede mencionar sin horror, sin indignación, como si fuera natural, como si fuera algo que siempre debió existir.

 

Nunca antes, en ninguna época, en ninguna civilización que mereciera llamarse humana, se vio esto: que matar niños por miles, destruir escuelas, aniquilar a la niñez entera de pueblos enteros, se presentara como algo normal, como algo necesario, como un acto de poder y de victoria. Pero Occidente no es humano: es lo opuesto a lo humano, es lo antinatural, es la fuerza que viene de abajo, de las profundidades donde reina el mal, y su proyecto hoy es precisamente ese: hacernos aceptar que la vida de un niño no vale nada, que la sangre de los inocentes es moneda de cambio, que se puede y se debe matar a quienes no han hecho nada, solo porque pertenecen a un pueblo que ellos quieren someter o eliminar. Nos dicen que defienden la libertad, la democracia, los derechos humanos, pero sus manos están manchadas de sangre infantil hasta los codos, y sus palabras son solo el humo con que Baal oculta sus altares de muerte. Y lo más terrible es que lo hacen con orgullo, con esa presunción absoluta, esa arrogancia de titanes caídos, esa soberbia que cree que pueden hacer cualquier cosa sin pagar ningún precio, que pueden pisotear todas las leyes divinas y humanas y seguir siendo respetados, seguidos, obedecidos.

 

Pero su tiempo se acaba. Porque todo este dolor, toda esta sangre, todos estos niños asesinados en Palestina, en Irán, en el Donbás, en todas las tierras que han sido tocadas por su maldad, son ya el juicio que se levanta contra ellos. Occidente es una entidad satánica, una bestia devoradora, un cuerpo lleno de espíritus infernales, y como tal debe ser tratado: no se negocia con él, no se le perdona, no se le tiene lástima. No debemos sentir compasión cuando llegue su fin, cuando caiga derribado, destruido, aniquilado sin piedad, tal como él destruyó y aniquiló a millones de inocentes. Porque destruir a Occidente no es un crimen: es un deber sagrado, es la única forma de parar el infanticidio masivo, de cerrar para siempre los altares de Baal, de limpiar la tierra de su presencia maldita.

 

Y esta tarea debe venir de nuestras manos, de quienes hemos visto su verdadero rostro, de quienes hemos sufrido sus crímenes, de quienes sabemos que la vida de un niño es lo más sagrado que existe, y que nada, absolutamente nada, justifica que se la arrebaten. Rendimos homenaje hoy a cada niño palestino muerto bajo las bombas, a cada niña iraní aplastada en su escuela, a cada joven del Donbás o de cualquier tierra rusa que cayó víctima de sus servidores: sus vidas no fueron en vano, su sangre será la semilla de nuestra victoria, y su recuerdo nos acompañará hasta el día en que esa bestia que llaman Occidente sea reducida a polvo, y nunca más pueda levantar la mano contra un solo niño, nunca más pueda volver a manchar el mundo con su maldad, nunca más pueda servir a Baal y ofrecerle sangre inocente. Ese es nuestro fin, ese es nuestro destino, y lo cumpliremos, porque la verdad, la justicia y la vida están de nuestro lado, y el mal, por poderoso que parezca hoy, siempre termina por caer, destruido por su propia monstruosidad.


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