La bidimensionalidad latinoamericana: aislamiento geográfico, hegemonía occidental y Subordinación cultural
junio 07, 2026
Siéntense, que esto no es una conferencia. Es más bien esa conversación que se alarga después de la tercera copa, cuando las máscaras se caen y alguien se atreve a decir lo que todos susurran en los pasillos de la facultad. Ustedes saben, esa verdad incómoda que prefiere no mencionarse en las cenas de Navidad para no amargar el pavo.
La geografía, amigos míos, es una puta madrastra. No me vengan con el romanticismo de la madre tierra, que eso es para los poetas y los turistas. La geografía es esa señora que te asigna el asiento en el vagón del tren de la historia, y si te toca al lado del baño, pues te jodes y aprendes a convivir con el olor. Latinoamérica y Estados Unidos comparten el mismo vagón, pero mientras unos viajan en primera clase con champán y caviar, nosotros vamos en el vagón de cola, pegados a la ventanilla empañada, mirando pasar el paisaje sin poder bajarnos.
¿Aislamiento continental? Claro que sí. Pero el aislamiento, como todo en esta vida, admite matices. Es como decir que el desierto del Sahara está aislado: verdad, pero luego te enteras de que por ahí pasan caravanas, cables de fibra óptica y hasta bases militares si el petróleo lo pide. El aislamiento de América no fue tal para quienes supieron usarlo como coartada. Y aquí aparece nuestro querido vecino, ese que empezó siendo una colonia rebelde y acabó convertido en el sheriff del pueblo, con la estrella brillante y el revólver cargado de dólares.
Pero vayamos por partes, que el café se enfría.
Cuando los europeos y asiáticos cruzaban océanos enteros hacia la tierra prometida, los latinoamericanos hacíamos lo que podíamos: movimientos internos, migraciones de campesinos a ciudades, de países vecinos a países vecinos. Nada de cruzar el charco. ¿Por qué? Porque para la élite criolla, el viaje a Europa era un lujo de casta, y para el pobre, emigrar era sobrevivir, no un destino de ensueño.
Pero hete aquí que después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos descubre que la migración, además de mano de obra barata, podía ser un negocio redondo y una fábrica de lealtades. Y no me refiero solo a los brazos, sino a las cabezas. Porque si algo entienden los anglosajones, es el arte de convertir cualquier cosa en mercancía, incluso el conocimiento. Y vaya que lo hicieron bien.
Cincuenta mil estudiantes extranjeros en los sesenta. Parece una cifra modesta, ¿verdad? Pues en el 2000 ya eran medio millón, y para el 2015, ¡un millón! Es como si una ciudad entera decidiera mudarse a estudiar a Estados Unidos. Y no era por amor al arte, precisamente. El negocio redondea cuarenta y dos mil millones de dólares al año. Eso es más que el PIB de media docena de países latinoamericanos juntos. Y encima, se llevan los cerebros más brillantes, esos que podrían haber descubierto la cura del cáncer en su tierra, pero que terminan diseñando algoritmos para que Amazon te venda más cosas que no necesitas.
¿Y qué hace el buen latinoamericano con esto? Pues aplaudir, como el que ve pasar la procesión y se santigua. Porque mientras el sistema estadounidense se llena de mentes frescas y perspectivas diversas que impiden el estancamiento intelectual, ese mal endémico que en España llaman “endogamia académica” y que no es más que el primo del nepotismo, nosotros seguimos mirando hacia el norte como el perro que espera la miga de pan.
“Las universidades se han convertido en una de las industrias más grandes del país”, decía Karl Deutsch, y no le faltaba razón. Pero es que además, como señalaba el Miami Herald, las matrículas completas de los extranjeros permiten subsidiar a los estudiantes nacionales. ¿Lo entienden? Los latinoamericanos, los asiáticos, los europeos, todos pagando la fiesta de los americanos de a pie. Es como invitar a todo el vecindario a tu cumpleaños y que los invitados pongan la comida, los regalos y limpien después.
Y entonces llega China, el nuevo competidor en el patio de juegos, y desde 2019 desaconseja a sus jóvenes estudiar en Estados Unidos. ¡Pánico en las universidades! Porque perder a los estudiantes chinos, que gastan de media sesenta y cinco mil dólares al año, es como si a un restaurante de lujo se le fueran todos los clientes que piden el menú degustación. Pero no se preocupen, que América Latina sigue ahí, fiel, enviando a sus hijos a pagar esa matrícula con la ilusión de que el título les abrirá las puertas del cielo. O, al menos, las de una oficina con aire acondicionado.
Pero no solo de libros vive el imperio. Hay otra forma de superar el aislamiento, y esa es más antigua que la universidad: las bases militares. El general Joe Dunford declaró en 2018 que Estados Unidos tiene presencia en ciento setenta y siete países de los ciento noventa y ocho que integran la ONU. Es decir, solo veintiuno se libran del abrazo del oso. Claro, siempre hay que tomar estas cifras con un granito de sal, porque los generales, como los vendedores de coches usados, tienden a exagerar. Pero incluso si reducimos la cifra a la mitad, sigue siendo impresionante: setecientas bases militares repartidas por el mundo, con ciento cincuenta mil soldados de media, setenta mil de ellos acampados en Japón y Corea del Sur, como si fueran turistas con armas.
Millones de estadounidenses han conocido el mundo a través del fusil. Han visto Oriente Medio, Europa, Asia, y han vuelto con un montón de historias que contar en los bares de Ohio. Eso, queridos amigos, es inteligencia de la buena. No solo la que recogen los satélites, sino la que se cuece en los cuarteles, la que se escucha en las cantinas, la que se filtra a través de las cartas a casa.
Nada de esto tiene paralelo en Latinoamérica. Porque nosotros no enviamos tropas, las recibimos. Como el colonizado que no puede quejarse del casero porque él le alquila el piso. Y en lo académico, la historia se repite: nuestras universidades de calidad atraen a estudiantes de la propia región, pero no podemos retener a los nuestros. La fuga de cerebros no es un fenómeno meteorológico, es una sangría constante. Los mejores se van a Estados Unidos o a Europa, y nosotros nos quedamos mirando el cielo raso, preguntándonos por qué no podemos tener un premio Nobel o un centro de investigación que no dependa de una beca extranjera.
¿Acaso alguien cree que esto es casualidad? No, es la lógica del sistema: el centro consume, la periferia produce. Y produce barato. Un ingeniero latinoamericano cuesta menos en su país que en Silicon Valley, pero si se va a Silicon Valley, produce diez veces más para la economía estadounidense. Es como si tu vecino te pidiera prestado tu mejor martillo, y luego lo usara para construir su casa mientras la tuya se cae a pedazos.
Pero el fenómeno trasciende lo económico y se vuelve político, y aquí es donde la cosa se pone realmente divertida (si no fuera tan trágica). Educarse en Estados Unidos se convirtió para las élites latinoamericanas en una opción de estatus y alineamiento. Una credencial que garantiza ser bien vistos en Washington, como quien lleva un pase VIP para la fiesta de los poderosos.
Esto no es nuevo. En el siglo XIX, la Escuela de las Américas era para los militares lo que hoy son Harvard, Columbia o Georgetown para los civiles. ¿Recuerdan a Banzer, Ríos Montt o Galtieri? Todos pasaron por esa escuela que les enseñó a dar golpes de Estado con manual bajo el brazo. Hoy, los manuales son diferentes, pero el objetivo es el mismo: crear una élite alineada con los intereses del imperio.
Cinco de los últimos seis presidentes de México estudiaron en Estados Unidos. La lista de graduados es interminable: Santos, Uribe, Mahuad, Rodríguez, Figueres, Macri, Piñera, Duque... Es como si el poder latinoamericano estuviera colegiado en el norte. Durante el gobierno de Salinas de Gortari (ese que vendió el TLC como si fuera el maná del cielo), quince de treinta y seis ministros eran graduados de universidades estadounidenses. Y el colapso argentino actual, queridos amigos, se gestó con Nicolás Dujovne de la Universidad de California, Luis Caputo de JP Morgan, y Marcos Peña educado en Maryland. ¿Casualidad? No, geometría.
Como decía Deutsch, los miembros de las élites extranjeras se vuelven más receptivos a los deseos del país que los educa. Y las cifras del Departamento de Seguridad Nacional hablan de casi ochenta mil estudiantes latinoamericanos en 2017, preparándose para ser la perfecta voz de su amo en sus países de origen. Perdón, la “voz de su mentor”. Que suene mejor.
La pregunta obligada es por qué ya no se busca Europa como en el siglo XIX, cuando Inglaterra mandaba y las oligarquías establecían relaciones simbióticas con el imperio británico a cambio de apoyo a sus intereses de casta. O cuando Francia representaba la cúspide cultural que atraía a escritores y artistas hacia París, como polillas a una luz que luego las chamuscaba.
La respuesta es tan sencilla como desoladora: cambió el amo, pero no el razonamiento de la sumisión. Al erigirse Estados Unidos como potencia sustituta del británico, las élites cambiaron las universidades británicas por las estadounidenses, buscando la bendición del nuevo imperio para mantener sus privilegios. Es como cambiar de proveedor de internet: la velocidad es mayor, pero sigues pagando religiosamente y aceptando las condiciones del contrato.
De esta manera nacieron los portavoces nativos del american way of life, los pueblos sometidos sin piedad a la cantinela monótona del poder omnímodo. Siempre siervos peregrinando a Washington, como antes lo hacían los mal llamados libertadores hacia Londres en busca de limosnas anglosajonas para sus afanes de clase. Porque los libertadores también tenían su factura que pagar, y la pagaron con el alma de sus pueblos.
De la hegemonía política y económica se desprende otra más sutil y difícil de combatir: la hegemonía propagandística. Aquí entramos en el terreno de lo etéreo, de lo que se cuela por las rendijas de la mente sin que uno se dé cuenta.
Las multinacionales de telecomunicaciones, aunque los dueños sean como Carlos Slim (que no es precisamente un antiimperialista, por cierto), son simples vehículos transmisores de canales estadounidenses. Ocupan el ochenta por ciento de la parrilla de cable. Desde ESPN y Fox monopolizando el deporte, porque no hay nada más neutral que ver cómo un equipo de Nueva York le gana a otro de Los Ángeles mientras tú estás en Quito o en Buenos Aires, hasta los canales de cine, casi todos norteamericanos. ¿Alguna vez han visto una película china en la tele abierta? Ni en sueños.
Solo las telenovelas latinoamericanas resisten como fenómeno imbatible. Son uno de los pocos espacios donde aún se expresan realidades propias. Pero hasta ahí, porque las telenovelas también son un producto de exportación, y su formato está tan estandarizado como las hamburguesas de McDonald’s. ¿Dónde quedaron las historias de nuestros pueblos? Ah, las cuentan los noticieros, pero entre noticia y noticia, un bloque de publicidad de productos gringos.
En 1970 las empresas estadounidenses invertían cien millones de dólares en canales en español; en 2014 solo Fox invirtió tres mil seiscientos millones. Es como si una tormenta de dinero cayera sobre el continente, pero en lugar de agua, llovieran series de The Walking Dead y Game of Thrones (que, por cierto, son excelentes, pero eso no es el punto). El peso es abrumador y la competencia casi inexistente. Los canales de otros países son testimoniales, con audiencias minoritarias porque no están en el ethos psicológico-cultural de latinoamericanos programados desde la cuna para consumir insaciablemente productos estadounidenses por simple falta de opciones.
Y es quizá esta la prueba más cruel y mortal de la geografía: un lavado permanente de cerebro sin alternativas a la mano, que convierte a los pueblos en carne de manipulación contra ellos mismos. Sociedades enlatadas en los parámetros políticos que bajan de Washington, incapaces de imaginar algo por encima de ellos.
Aquí evoco esa obra maestra de Edwin A. Abbott, Planilandia, donde los habitantes se mueven en dos dimensiones sin poder mirar hacia lo alto. Son figuras geométricas que viven en un plano, y cuando un ser tridimensional intenta explicarles que hay un mundo más allá, lo toman por loco o por hereje. Latinoamérica vive en un túnel bidimensional, moviéndose de norte a sur y de este a oeste, pero sin movimiento ascendente posible, excepto en etapas fugaces que inmediatamente son atacadas por gobiernos del mundo tridimensional que defienden su ventaja.
El pensamiento latinoamericano está condicionado, encajonado, con referencias mentales que, como las líneas aéreas, se dirigen masivamente a Estados Unidos. Y cuando se busca algo diferente, se mira a Europa, pero desde la misma visión bidimensional que copia mecánicamente categorías y valores del siglo XIX, sin asumir que, por más herencia europea que se tenga, esta región no es Europa ni será un equivalente de Estados Unidos. A lo sumo, una mala copia. Como esas películas de segunda que adaptan un éxito de Hollywood con actores locales y presupuesto de serie B.
Hasta no entender esta condición, seguirán vigentes los versos de Huidobro: “Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte.” Porque el este y el oeste se han diluido en la gran corriente del norte, y el sur es solo el reverso del norte, el otro lado del espejo.
La geografía determina en Latinoamérica una suma de cosas, desde las más mínimas hasta las más colosales. Determina qué cultivos crecen, qué rutas comerciales se abren, qué climas nos golpean. Pero también determina, y esto es lo que nos duele, qué ideas nos llegan y cuáles no. Determina qué canciones escuchamos, qué películas vemos, qué libros leemos (si es que leemos).
Combatir esa deformación psicológica, política y cultural es quizá el mayor reto en el arduo camino hacia la liberación neocolonial. Porque solo al superar esa visión limitada será posible construir finalmente proyectos propios y autónomos. Y no me refiero a proyectos que imiten a los de otros, sino a proyectos que nazcan de nuestras necesidades, de nuestras contradicciones, de nuestras miserias y nuestras grandezas.
Pero, ¿cómo se combate algo que no se ve? ¿Cómo se lucha contra un enemigo que vive en tu cabeza y te dice que todo lo que viene de fuera es mejor, que tus propias creaciones son inferiores, que tu idioma no es más que un dialecto de la lengua universal, que tu historia no es más que un capítulo olvidado de la historia grande?
Pues bien, dirá el lector impaciente, ¿y cuál es la receta?
La receta, amigos, no la tengo. Si la tuviera, estaría vendiéndola en Amazon por 19.95 dólares y no estaría aquí, en esta tertulia de bar, compartiendo vino barato con ustedes. Pero lo que sí sé es que el primer paso es tomar conciencia de la prisión. Reconocer que vivimos en Planilandia, que nos han puesto límites que no son naturales, que nuestra mente ha sido colonizada mucho más eficazmente que nuestro territorio.
Y luego, tal vez, empezar a construir desde la periferia, desde el margen, desde el lugar incómodo que nos ha tocado. Porque si algo hemos aprendido en estos doscientos años de independencia formal y dependencia real, es que el amo no cambia porque sí, cambia porque el siervo se cansa y deja de servir.
Así que ya saben: la próxima vez que vean a un presidente latinoamericano con título de Harvard, no le aplaudan. Pregúntense qué precio pagó por ese título, y quién le puso el precio.
Porque en esta vida, como en el
póker, todos ven las cartas, pero pocos ven quién baraja.
Fuente:
- Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)
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