La bidimensionalidad latinoamericana: aislamiento geográfico, hegemonía occidental y Subordinación cultural
junio 07, 2026
Latinoamérica, como el resto del
continente-isla americano, está separada del resto del planeta; es decir,
comparte el aislamiento con los demás países, aunque esta realidad geográfica
debe también ser matizada.
Desde casi sus orígenes como
Estado independiente, Estados Unidos ha sido el destino final de decenas de
millones de emigrantes, situación que se mantiene hasta el presente. Esto se
explica porque esta nación ha funcionado históricamente como el centro de
atracción principal para los movimientos poblacionales del continente,
incluyendo los movimientos masivos de centroamericanos pobres a los que el
presidente Donald Trump les ha declarado la guerra.
Durante los siglos XIX y la
primera mitad del XX, Estados Unidos fue la tierra prometida para unos 50
millones de europeos y, en menor medida, de asiáticos. Los latinoamericanos son
un caso aparte, ya que han construido su propio mundo y sus propios espacios
comerciales, lo que revela que sus dinámicas de desplazamiento y asentamiento
responden a lógicas culturales y sociales distintas a las de otros grupos
migratorios.
Después de la Segunda Guerra
Mundial hubo otro flujo, pero, más importante que esos movimientos, fue el
hecho de que Estados Unidos pasó a capitalizar una nueva modalidad migratoria:
la educativa, proveniente de una parte relevante de las élites del mundo.
Esto se debe a que, tras el
conflicto bélico, el país consolidó su posición como potencia mundial y dotó a
sus instituciones de enseñanza de recursos y prestigio sin precedentes,
atrayendo a estudiantes por el renombre de sus universidades, institutos tecnológicos
y escuelas de economía.
Así, según la afamada agencia
británica de noticias BBC, en los años sesenta había 50 000 estudiantes
extranjeros en universidades y centros superiores de Estados Unidos. Esta cifra
ascendió a medio millón en el año 2000 y a un millón en 2015. Estas cantidades
mareantes dejaban al país beneficios por valor de 42 000 millones de dólares y,
algo muchísimo más importante, aquella marea de estudiantes extranjeros
permitía (y sigue permitiendo) a empresas, gobiernos, centros de investigación
y universidades disponer de una fuente inagotable de cerebros de primer orden
con los que alimentar la condición de Estados Unidos como primera potencia
mundial y país líder en ciencia, tecnologías y un largo etcétera.
Es decir, Estados Unidos, gracias
a la calidad de sus centros de enseñanza, ha vencido el aislamiento geográfico
convirtiéndose en el centro de los estudios superiores a nivel mundial. De esta
forma, al país llegan estudiantes de casi todas las naciones del mundo, con
visiones distintas y novedosas, que impiden el estancamiento y la endogamia,
errores fatales que, en otras partes del mundo, limitan la inteligencia y
aniquilan la creatividad.
Esto sucede porque, al incorporar
perspectivas externas, el sistema académico estadounidense evita el
estancamiento intelectual que se produce cuando solo se reproducen ideas y
modelos propios de un entorno cerrado (como ocurre, por ejemplo, en España, donde
la endogamia académica es endémica).
Además, el sistema permite a
Estados Unidos, como colofón final, el premio de esparcir por el planeta una
pléyade de graduados que dejan el país agradecidos y enamorados de él y que,
luego, están dispuestos a servir a los intereses estadounidenses en sus países
de origen.
Esto se comprende porque la
formación recibida y la experiencia vivida generan vínculos afectivos y de
identificación con la nación que los acogió. Así, Estados Unidos realiza, sin
duda, el mejor negocio del mundo.
No en vano Karl Deutsch, en su
obra El análisis de las relaciones internacionales, afirmaba que, en Estados
Unidos, «las universidades representan hoy una de las industrias más grandes
del país». Además, sirve como fuente de financiamiento para otros fines, ya
que, según recogía el diario Miami Herald, «muchos estudiantes extranjeros
pagan su matrícula completa, lo que permite a las universidades usar parte de
ese dinero para ayudar a subsidiar a estudiantes estadounidenses».
Negocio más que redondo, tanto
que ha sido incluido en la lucha entre China y Estados Unidos por la hegemonía
mundial. El gobierno chino, en julio de 2019, «desaconsejó» a sus ciudadanos
viajar o estudiar en Estados Unidos, medida que ha causado preocupación en las
universidades de este país, toda vez que China aporta el mayor contingente de
estudiantes a las universidades estadounidenses, con un gasto medio de 65 000
dólares anuales por estudiante. Esto demuestra que el flujo educativo se ha
convertido en un activo estratégico que entra en juego en las disputas de poder
global.
Otro hecho contribuye a mitigar
fuertemente el aislamiento geográfico en Estados Unidos: su inmensa red de
bases militares, que le obliga a movilizar a centenares de miles de oficiales y
soldados a lo ancho y largo del mundo.
Según declarara en julio de 2018
el jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos,
general Joe Dunford, «hoy, más de 300 000 estadounidenses están desplegados o
estacionados en 177 países». Dado que las Naciones Unidas está integrada por
198 países, esto dejaría solo a 21 países sin presencia de tropas
estadounidenses. Aunque puede haber una fuerte dosis de exageración en las
cifras del general Dunford, lo cierto es que Estados Unidos posee unas 700
bases militares en el extranjero, con un promedio de 150 000 soldados, de los
cuales 70 000 están en Japón y Corea del Sur.
Este hecho ha permitido que
millones de estadounidenses conozcan gran parte del mundo y que, de una u otra
forma, trasladen sus niveles de conocimientos del extranjero a su país, lo que
mantiene un flujo permanente y rico de información y saberes del «mundo
exterior», pues la presencia militar actúa también como un canal de intercambio
cultural y de captación de datos sobre otras realidades.
No hay nada similar en
Latinoamérica. En lo militar, porque la región, en su condición general de
neocolonia, no envía tropas al exterior, sino que las recibe de Estados Unidos,
lo cual responde a su posición subordinada en el orden internacional. Y en cuanto
a la enseñanza, porque la baja calidad de sus universidades solo atrae a
estudiantes de la propia región y la inexistencia de centros de investigación
de prestigio provoca el fenómeno contrario: las personas más preparadas, como
consecuencia de la falta de perspectivas y oportunidades en sus países de
origen o en otros del área, se ven obligadas a emigrar a Estados Unidos o
Europa en busca de futuro.
De modo que América Latina sufre
una sangría constante de cerebros, que pasan a engrosar las ya nutridas filas
de los centros de investigación de países desarrollados.
Entre los múltiples efectos de
esta diáspora de inteligencia está que los países latinoamericanos nunca han
logrado crear núcleos de pensamiento e innovación que merezcan tal nombre. Por
lo cual, América Latina ha sido, es y seguirá siendo una consumidora neta de
educación y cultura extranjera, esencialmente estadounidense, de la misma forma
que seguirá dependiendo de la ciencia y técnica foránea, ya que la pérdida de
su capital humano le impide generar conocimientos propios y autónomos.
El tema trasciende los aspectos
meramente académicos, puesto que ser educado, total o parcialmente, en Estados
Unidos pasó a convertirse en una opción con connotaciones políticas y sociales
para las clases dominantes. Ellas consideran que, siendo Estados Unidos la
potencia hegemónica en el continente, enviar a sus hijos e hijas a educarse a
universidades estadounidenses les daría no solo mayor estatus social, sino
también ser bien vistos por los gobernantes de Washington al optar a cargos
públicos relevantes en sus respectivos países. Así, la formación en el país
hegemónico se convierte en una credencial de poder y legitimación dentro de las
estructuras de poder locales.
De esta manera, las universidades
estadounidenses llegaron a ser para los civiles latinoamericanos, con las
diferencias del caso, un equivalente de lo que fue la Escuela de las Américas
para los militares. Si ser graduado de esta escuela garantizaba ascensos y
altos cargos a los militares (los dictadores Hugo Banzer, de Bolivia; Efraín
Ríos Montt, de Guatemala; y Leopoldo Galtieri, de Argentina, fueron graduados
de la Escuela de las Américas), ser graduado de una universidad de Estados
Unidos abría completamente las puertas de los gobiernos.
La lista de presidentes y
ministros latinoamericanos graduados de universidades de Estados Unidos es casi
interminable. Cinco de los últimos seis presidentes de México estudiaron en
universidades estadounidenses. También lo hicieron Juan Manuel Santos y Álvaro
Uribe, de Colombia; Jamil Mahuad, de Ecuador; Eduardo Rodríguez, de Bolivia; y
José María Figueres, de Costa Rica, por mencionar unos cuantos, todos ellos
fieles servidores de las políticas que emanaban de Washington. Esto ocurre
porque su formación los ha alineado con los intereses y visiones de esa nación.
Entre los últimos presidentes o expresidentes de la lista figuran el argentino
Mauricio Macri, quien hizo estudios en Columbia; Sebastián Piñera, en Harvard;
e Iván Duque, en Georgetown.
En México, durante el gobierno de
Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), fundamental porque en su mandato se
firmó el tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, que desmanteló
la industria y el campo mexicanos, , 15 de los 36 ministros que tuvo Salinas
eran graduados de universidades estadounidenses (se excluye a los ministros
militares y a los políticos profesionales del Partido Revolucionario
Institucional [PRI] que gobernó México casi seis décadas).
Para situarnos en el presente, el
colapso económico argentino se ha dado bajo la batuta del entonces ministro de
Finanzas, Nicolás Dujovne, graduado de la Universidad de California; Luis
Caputo, exdirectivo de JP Morgan para Latinoamérica; y Marcos Peña, educado en
Maryland.
Por lo tanto, la enseñanza
universitaria, «una de las industrias más grandes del país», como la calificó
Karl Deutsch, es una máquina de fabricar presidentes y ministros
latinoamericanos, al servir como mecanismo de reproducción de las relaciones de
poder entre la potencia y la región.
No hay nada casual en esta
dinámica, ya que, como señala Deutsch, «los miembros de las élites extranjeras
pueden volverse un poco más receptivos a los deseos de otro país si son
educados allí, especialmente en sus escuelas y universidades de prestigio».
El círculo de servidumbre a
través de la educación universitaria (incluso desde la primaria) no ha dejado
de crecer. Según el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos (DHS),
en 2017 había 79 552 estudiantes latinoamericanos en universidades estadounidenses,
preparándose la mayoría de ellos para ser, en sus países de origen, la perfecta
«voz de su amo», en la medida en que interiorizan los valores y prioridades que
luego transmiten en sus entornos nacionales.
¿Por qué son contados con los
dedos de la mano los que buscan Europa para estudios superiores, como ocurría
en el siglo XIX? La razón es simple: en el siglo XIX mandaba Inglaterra y las
oligarquías habían establecido una relación simbiótica con el imperio
británico. Ellas dejaban que los británicos expoliaran sus países a cambio del
apoyo británico a sus intereses de casta, y enviar a estudiar a sus hijos a la
metrópolis imperial garantizaba el fortalecimiento del vínculo entre
oligarquías e imperio. Por otra parte, Francia era vista como la cúspide de la
modernidad y la innovación culturales, lo que hizo de París el centro de
escritores y artistas. Desaparecidas esas visiones, al erigirse Estados Unidos
como poder sustituto del británico, las élites cambian de amo, pero no de
razonamiento de alianza, y cambian las universidades británicas por las
estadounidenses. Graduarse en ellas era una forma de obtener la aprobación del
nuevo imperio para su mantenimiento como casta o clase dominante, así como para
sus aspiraciones políticas.
De esta manera, pasan a
convertirse en portavoces nativos del american way of life. Los pueblos son
sometidos, sin piedad, a la misma y monótona cantinela de Estados Unidos como
poder omnímodo ayer, hoy y siempre. Siempre siervos, peregrinando a Washington
a buscar la bendición del imperio para sus ambiciones políticas, como antaño
los mal llamados «libertadores» peregrinaban a Londres en busca de limosnas del
anglosajón para sus afanes de clase. Esto evidencia que la estructura de
dependencia se mantiene, aunque cambie el centro de poder que la sostiene.
De la geografía y de la hegemonía
política y económica del Imperio se desprende otra, más sutil pero más difícil
de combatir: la hegemonía propagandística, cuyo rostro más visible es el peso
abrumador de las multinacionales de las telecomunicaciones en los programas
televisivos, desde el Río Grande hasta la Patagonia. Las empresas de cable,
aunque el dueño de la empresa sea Carlos Slim, por poner un ejemplo, son
simples vehículos transmisores de canales estadounidenses, que pueden ocupar
hasta el 80 por ciento del total de canales distribuidos por cable. Esto ocurre
con las transmisiones deportivas, que son un virtual monopolio de ESPN y Fox,
que transmiten tanto los partidos de la Champions como el campeonato
universitario estadounidense de softball, o los canales de cine, casi todos
estadounidenses.
A esto debe agregarse la venta de
programas «enlatados», casi todas series de televisión, que dominan la
programación de los países, excepción hecha de las telenovelas
latinoamericanas, que son un fenómeno imbatible, pues constituyen uno de los
pocos espacios donde se expresan realidades y valores propios de la región. En
1970, las empresas de Estados Unidos invirtieron 100 millones de dólares en
canales en español, pero en 2014 solo la cadena Fox invirtió 3600 millones de
dólares. El volumen de inversiones ejerce un peso abrumador y casi sin
competencia.
La presencia de canales de otros
países (Televisión Española Internacional, Russia Today, Deutsche Welle…) es
casi testimonial y con audiencias minoritarias, tanto por ser canales de
programas del país de origen como por no estar dichos canales en el ethos
psicológico-cultural de los latinoamericanos, puesto que son países lejanos,
ajenos, de los que conocen poco o nada y que no forman parte de su imaginario.
Una generalidad de
latinoamericanos es, sencillamente, devoradora insaciable de programas
estadounidenses porque así nacen programados desde la cuna, y esto es así
porque carecen de opciones.
De modo que la geografía impone
duras pruebas y, quizá, una de las más crueles y mortales sea esta, porque los
pueblos viven sometidos a un lavado permanente de cerebro. Se trata de una
trampa sin alternativas a mano, que convierte a los pueblos en carne de
manipulación contra ellos mismos y en sociedades enlatadas en los parámetros
políticos que bajan de Washington, ya que la información que reciben define su
forma de ver el mundo y sus propias posibilidades.
El mundo, tal como lo conocemos,
es tridimensional: alto, largo, ancho. En Flatland (traducida al español como
Planilandia), la singular obra de Edwin A. Abbott, sus habitantes pueden
moverse de izquierda a derecha y hacia adelante y hacia atrás, pero no hacia lo
alto. Siendo su mundo bidimensional (de ancho y largo), no conocen la tercera
dimensión, no pueden mirar por encima de ellos.
Algo así ocurre en Latinoamérica.
Se viaja de norte a sur y de sur a norte, es decir, hacia adelante y hacia
atrás, y de este a oeste, o sea, de izquierda a derecha y viceversa. Esas son
las dimensiones geográficas y mentales en las que se manejan, aunque haya
minorías que entiendan la tercera dimensión e intenten explicarla. No hay
movimiento hacia lo alto, salvo en etapas determinadas, que casi de inmediato
son atacadas por gobiernos de Spaceland, el mundo tridimensional que los
observa y que defiende su posición de ventaja al impedir cualquier cambio en la
estructura de relaciones de poder…
Latinoamérica es bidimensional,
está como en un túnel, dentro del cual es posible el movimiento de izquierda a
derecha o de adelante hacia atrás, pero no es posible mirar ni hacia arriba ni
hacia abajo; por tanto, no es posible imaginar ni pensar que pueda existir algo
por encima, tampoco por debajo.
Por esa razón, el pensamiento
latinoamericano está condicionado, encajonado, sumido en una visión
bidimensional, donde las referencias mentales, como las líneas aéreas, se
dirigen masivamente a Estados Unidos. Cuando se busca algo diferente, se mira a
ciertos países europeos, pero casi siempre desde una visión bidimensional que
lleva a copiar o a trasladar mecánicamente, como se ha hecho desde el siglo
XIX, categorías, esquemas y valores a la región, sin terminar de asumir que,
por más herencia europea que se tenga, Latinoamérica no es Europa y, mucho
menos, podrá ser un equivalente de Estados Unidos; a lo sumo, una mala copia.
Hasta que se termine de entender
esta situación, en América Latina seguirá siendo realidad los versos de Vicente
Huidobro: «Los cuatro puntos cardinales son tres: el sur y el norte», pues la
percepción del espacio y del mundo sigue dominada por la referencia única a la
potencia del norte.
Lo dicho: en Latinoamérica, la
geografía determina una suma de cosas, desde mínimas hasta colosales. Entender
estas singularidades es esencial para entendernos a nosotros mismos y nuestra
visión del mundo, dominada por el peso demoledor de Estados Unidos y el
aislamiento respecto del resto de pueblos y países del planeta.
Desde el aislamiento en el que
viven los países latinoamericanos, una mayoría de sus habitantes cree, con la
fe ciega del fanático, que Estados Unidos es el principio y el fin de todo y
que lo que allí se discute y decide se convierte en ley en el mundo.
Combatir esa deformación
psicológica, política y cultural es tarea primordial en el arduo camino hacia
la liberación de Latinoamérica de su situación de neocolonia. Quizá sea el
mayor reto, puesto que solo al superar esa visión limitada será posible construir
proyectos propios y autónomos.
Fuente:
- Zamora R., Augusto, Malditos libertadores: Historia del subdesarrollo latinoamericano (2020)
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