Lindsey Graham, la mentalidad del anglo que te vengo hablando desde hace años

julio 14, 2026

 



El buen Lindsey. Qué pérdida tan enorme... para el planeta, quiero decir, porque para el infierno ha sido un fichaje de lujo. Este espécimen no fue un lapsus de la naturaleza ni una rara avis de la política yanqui. No, señor. Lindsey Graham fue el producto más genuino, más orgánico, más descarado de esa fábrica de depredadores que llamamos "mentalidad anglosajona". Mientras otros hipócritas se esconden detrás de discursos sobre "derechos humanos" y "orden internacional", este cabrón tuvo la decencia, o la estupidez, que a veces es lo mismo, de escupir la verdad cruda: para el anglo, el mundo es un supermercado y el resto de pueblos somos productos en oferta. ¿Que mueren rusos? "Mejor inversión", decía el genio, como si estuviera calculando el retorno de un bono basura. ¿Que se reduce Gaza a escombros con una bomba atómica? "Decisión correcta", sentenciaba, con la misma naturalidad con la que sus ancestros anglos sentenciaban a los cheroquis al camino de las lágrimas. Qué bonito ver a un senador hacer aritmética con cadáveres, ¿verdad? ¿Cuánto vale un ruso? ¿Y un palestino? ¿Se factura por cabeza o por kilo? Porque Graham, el genio de las finanzas macabras, tenía el precio justo para cada pueblo: para los rusos, muerte barata; para los indios, aranceles del 500% por atreverse a comprar petróleo ruso, como si la India fuera su colonia privada y no una nación milenaria.

 

Pero no nos engañemos. Graham no fue un loco suelto; fue el espejo perfecto del anglo que robó Texas, que masacró a los sioux, que repartió África en un mapa con regla y compás, que lanzó bombas atómicas sobre civiles y luego se tomó fotos prentendiendo una victoria. Él solo actualizó el manual. Cuando habló de "aniquilar" a Irán, estaba repitiendo la misma cantinela que sus bisabuelos usaron contra los apaches. Cuando amenazó con "destrozar la economía" de India, estaba aplicando el razonamiento del saqueador que vio en las especias y el oro ajenos un derecho divino. Cuando llamó "problemático" a Pakistán, estaba diciendo: "¿Cómo se atreven estos morenos a tener opinión propia?". Cuando dijo que en Venezuela "estamos a cargo", ni siquiera se tomó la molestia de fingir que había soberanía. ¿Y Groenlandia? Pobrecito Graham, tan confundido, preguntándose "¿a quién le importa un carajo quién es dueño?". Claro, a ti no te importa, Lindsey, porque el concepto de "dueño" para el anglo siempre fue efímero: si lo quieres, lo tomas, y si no, lo bombardeas hasta que parezca tuyo. Eso es la tradición anglosajona en estado puro: el derecho de conquista envuelto en un traje de Armani y una sonrisa de domingo.

 

Y qué decir de su hipocresía, esa otra joya de la corona anglo. Llamó a Trump "xenófobo", "peligroso", "payaso incapaz de gobernar", un "provocador racial" y "fanático religioso". Palabras mayores, ¿no? Pues al minuto siguiente, cuando vio que el poder se movía hacia allá, se arrastró como un perro pulgoso a lamerle las botas. Eso no es política; es parasitismo. No es una cuestión de convicciones ni de principios, sino la expresión más cruda de la supervivencia del más miserable, donde el oportunismo sustituye cualquier atisbo de dignidad y la conveniencia se impone sobre toda ética. Graham no tuvo dignidad ni para morir con coherencia; fue un camaleón en un pantano de intereses, un lacayo de la industria armamentista que cambiaba de discurso según quién le llenara los bolsillos. Porque no lo olvidemos: este sujeto vivió décadas en el Congreso no por su inteligencia, que era la justa para no morderse la lengua, sino por su habilidad para ser el parásito perfecto, alimentándose de comités, de donaciones de contratistas de guerra, de almuerzos con lobistas que ven los conflictos como mercados emergentes. ¿Estadista él? Por favor, era un agente de ventas de misiles con mejor prensa que ética.

 

Pero lo más divertido de todo, si es que la palabra "divertido" cabe en este aquelarre de desgracias, es que Graham se atrevió a decir en voz alta lo que sus colegas anglosajones solo susurran en los pasillos del Pentágono. Él tuvo la osadía de confesar que la guerra en Ucrania no era por libertad, sino por desgastar a un enemigo genético. Tuvo la desvergüenza de sugerir que Hiroshima fue un éxito, no una tragedia. Tuvo el cinismo de llamar "inversión" a la matanza. Y por eso, porque al menos no se ocultó detrás de eufemismos de "estabilidad regional" o "promoción de la democracia", merece nuestro desprecio más profundo, pero también nuestra atención: él fue el anglo sin máscara, el colonizador sin guantes, el depredador que se presenta como tal y no como un "defensor de los valores occidentales".

 

Por eso, Lindsey Graham, ahora que estás tieso y criando malvas, me alegro de que te hayas ido. Y no es por placer mezquino (bueno, sí, un poco), sino porque tu existencia fue un recordatorio constante de que el imperialismo no es cosa del pasado, sino que respira, legisla y vota en el Capitolio. Tu voz se apagó, pero tu legado sigue en cada misil, en cada veto, en cada golpe de Estado que se cocina con tu receta. Pero que tu muerte sirva de epitafio para esa mentalidad podrida: el mundo ya no quiere a tus amos, ni tus bombas, ni tus sanciones, ni tus lecciones de "civilización". Los pueblos que despreciaste, rusos, iraníes, cubanos, venezolanos, indios, palestinos, siguen en pie y no te lloran. Te celebran, porque tu partida es un respiro en medio de tanta prepotencia.

 

Que te pudras en el infierno, demonio anglosajón. Y cuando llegues allá, no olvides tu libreto: seguro ya le estás diciendo a Satanás que bombardee el averno porque "es la mejor inversión que ha hecho el diablo". Pero no te preocupes, Lindsey, que en el infierno no hay comités de defensa ni contratistas que te paguen el viaje. Allí estarás solo, con tu conciencia, si es que alguna vez tuviste una, que lo dudo, y con el eco de tus propias palabras. Que el olvido te borre, que la historia te juzgue, y que tu nombre sea sinónimo de todo lo que el mundo, por fin, está aprendiendo a rechazar: la arrogancia del anglo, su codicia, su desprecio por la vida y su falsa superioridad. Buen viaje, Lindsey. Y que la puerta del infierno te golpee con fuerza en el trasero al entrar, que bien merecido lo tienes.


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