Reseña de FIFA Mafia, de Thomas Kistner
julio 11, 2026
Con el escalpelo bien afilado y
el hígado a punto de estallar, porque “FIFA Mafia” de Thomas Kistner no es un
libro que se lea con indiferencia. Es una puñalada en la mesa, un documento que
huele a podrido y que deja al lector con la misma sensación que se tiene al
descubrir que el portero de tu equipo favorito lleva años marcando goles en
propia puerta por encargo.
Kistner, un periodista alemán con
más paciencia que un santo, ha pasado veinte años siguiendo el rastro de esta
mafia del balón, y el resultado es un ladrillo de quinientas páginas que se lee
con la ansiedad de una novela negra, pero con la certeza de que no es ficción.
Y es que la realidad, como siempre, supera a la imaginación más retorcida. El
libro arranca con una imagen que es puro cine: Blatter, en Johannesburgo 2010,
entregando la copa a Casillas, con la sonrisa del mesías y la bufanda de seda
cayendo con una blancura “sacerdotal”, como subraya el autor con una ironía que
no es casual. Kistner sabe que está retratando a un sumo sacerdote de un culto
que ha superado a la Iglesia católica en feligreses y en opacidad financiera, y
no deja pasar la oportunidad de recordárnoslo. La pregunta que titula el primer
capítulo, “¿Soy una mala persona?”, es el chiste perfecto que Blatter nunca
entendió. Claro que no, Sepp, no eres mala persona. Eres el jefe de una
organización criminal, que es otra cosa.
El libro, sin embargo, no se
queda en el anecdotario del presidente suizo, sino que excava en los cimientos
de este imperio de la corrupción y encuentra a su verdadero padrino: Horst
Dassler. El creador de Adidas no solo vendió zapatillas; vendió influencias,
creó un servicio de inteligencia paralelo (la “CIA del deporte”), compró
federaciones enteras y colocó a sus hombres en los puestos clave. Kistner lo
describe con una precisión que duele: Dassler fichaba a los directivos
deportivos como si fueran jugadores, registraba sus vicios, sus cuentas
offshore y sus debilidades, y luego los usaba a su antojo. El resultado fue un
deporte mundial que pasó de ser un ideal de entendimiento entre pueblos a un
negocio capturado por una pandilla de vividores que se repartían el mundo como
si fuera una tarta. Y el alumno aventajado de Dassler, Sepp Blatter, resultó
ser el más listo de todos, porque aprendió que no hacía falta vender zapatillas
para controlar el cotarro; bastaba con controlar las reglas del juego y la capacidad
de firmar cheques en solitario.
Y aquí es donde el libro se
vuelve realmente fascinante y repugnante a partes iguales. Kistner nos muestra
cómo Blatter, un pueblerino de los Alpes con ínfulas de James Bond, se
convirtió en el dictador de la FIFA gracias a una red de sobornos, amenazas y
lealtades mafiosas que haría palidecer a Vito Corleone. La elección de 1998, en
la que se impuso a Lennart Johansson, es una obra maestra del cinismo: sobres
de dinero repartidos en los hoteles, delegados africanos que se olvidan los
fajos en las habitaciones, y un Blatter que, ante las acusaciones, responde con
el razonamiento de un niño de cinco años: “Mi grupo no estaba en ese hotel”.
Como si el dinero se entregara en persona y no a través de una red de
testaferros. Pero lo más sorprendente no es la corrupción en sí, sino la
impunidad con la que se ejerce. Suiza, con su derecho de asociación laxo y sus
privilegios fiscales, ofrece el refugio perfecto para que la FIFA opere al
margen de la ley, y Kistner dedica páginas enteras a desmontar el mito de la
neutralidad helvética. El país que presume de relojes y bancos limpios se
convierte en el paraíso del lavado de dinero deportivo, y los políticos suizos,
en lugar de ponerle freno, compiten por atraer a más federaciones a su
territorio. La escena en la que el secretario de la FIFA, Marco Villiger,
explica a los diputados suizos que la federación es un motor económico porque
gasta ocho millones en transporte es de una ridiculez tan sublime que uno no
sabe si reír o llorar. Es como si un ladrón justificara su presencia en tu casa
diciendo que estimula la economía local comprando candados.
Pero el corazón del libro, lo que
lo convierte en una obra imprescindible, es la disección de la ISL, la agencia
de márketing que se convirtió en la bolsa de sobornos de la FIFA. Entre 1989 y
2001, la ISL pagó más de 142 millones de francos suizos en comisiones ilegales,
y Kistner documenta cómo la FIFA, en lugar de colaborar con la justicia, pagó
indemnizaciones millonarias para que los nombres de los sobornados nunca
salieran a la luz. El juez instructor Thomas Hildbrand pasó años investigando,
pero la FIFA se encargó de que el caso se archivara bajo el artículo 53 del
código penal suizo, que permite el sobreseimiento si el acusado reconoce su
culpa y paga una compensación. Es decir, la FIFA admitió su responsabilidad en
el fraude, pagó cinco millones y medio de francos para zanjar el asunto, y
luego declaró triunfalmente que “el presidente ha sido absuelto de toda culpa”.
Una pirueta dialéctica que hubiera hecho palidecer a cualquier abogado de la
mafia siciliana. Kistner no se anda con rodeos: califica esta maniobra como un
“contrato de encubrimiento” y demuestra que Blatter, que en los expedientes
judiciales aparece como P1, el que sabía y no hizo nada, es el responsable
último de que la FIFA acabara en el banquillo de los acusados. Y, sin embargo,
Blatter sigue sonriendo, sigue cobrando su sueldo millonario y sigue
repartiendo discursos sobre el “espíritu del fútbol”.
El libro también tiene capítulos
dedicados a las adjudicaciones de los Mundiales de 2018 y 2022, que son una
obra maestra de la hipocresía. Kistner muestra cómo Catar se impuso en un
proceso plagado de irregularidades, y cómo la FIFA, en lugar de investigar,
contrató a detectives privados para desacreditar a los testigos. La figura de
Michel Platini, el pupilo de Blatter que se convirtió en su adversario, es
analizada con una mezcla de desprecio y compasión. El francés votó por Catar
después de cenar con Sarkozy y el emir en el Elíseo, y luego su hijo fue
contratado por el fondo soberano de Catar. ¿Casualidad? Claro que no. En el
mundo de la FIFA, las casualidades no existen; existen los favores y las
cuentas pendientes. Kistner también destaca el papel de Qatar como nuevo centro
de poder deportivo, con su Centro Internacional de Seguridad Deportiva (ICSS),
dirigido por exagentes del FBI y de Scotland Yard, que financia la seguridad de
los eventos mientras el emirato se prepara para ser juez y parte en su propio
Mundial. Es el sueño de cualquier dictador: controlar la seguridad de tu propio
evento mientras sigues siendo el dueño del negocio.
La farsa de las reformas es otro
de los grandes momentos de humor negro del libro. Tras el escándalo de las
adjudicaciones, Blatter creó una Comisión Independiente de Gobernabilidad (IGC)
y puso al frente a Mark Pieth, un reconocido experto anticorrupción que había
participado en el esclarecimiento del caso Petróleo por Alimentos. Pero Pieth,
que se presentó como el salvador del fútbol, aceptó unas condiciones que
imposibilitaban cualquier cambio real: no se investigaría el pasado, y la
comisión estaría financiada por la propia FIFA. Kistner narra con una ironía
corrosiva cómo Pieth, en sus entrevistas, justifica la falta de transparencia
de Blatter con argumentos paternalistas, y cómo la IGC es ignorada una y otra
vez por el comité ejecutivo. La renuncia de Alexandra Wrage, la única miembro
que trabajó gratis, es la constatación del fracaso: la FIFA sigue siendo una
sociedad cerrada que rechaza cualquier control externo. El autor cita las
palabras de Wrage: “La IGC nunca tuvo los medios para impulsar cambios. La
única institución que puede reclamar mayor transparencia es el gobierno suizo”.
Pero el gobierno suizo, como hemos visto, no tiene interés en tocar el nido de
las federaciones deportivas.
El libro también aborda el papel
de los patrocinadores, esos cómplices silenciosos que financian la corrupción
con su silencio. Kistner cita al vicepresidente de Emirates Airlines, que
admitió que los pasajeros estaban preguntando por qué apoyaban a una organización
corrupta, pero la empresa siguió renovando su contrato. El razonamiento del
mercado es tambien la de la mafia: el que no obedece, el que cuestiona el
sistema, es reemplazado por otro que está dispuesto a callar. Y así, Coca-Cola
sonríe, Adidas aplaude y Visa firma los cheques, mientras el fútbol se pudre
desde dentro.
El desenlace del libro, con las
detenciones de 2015 en Zúrich, es quizás el único momento de justicia poética.
El FBI, que había estado investigando durante años, irrumpió en el hotel Baur
au Lac y se llevó a siete directivos de la FIFA, entre ellos dos vicepresidentes.
Kistner reconstruye aquella madrugada con la tensión de una novela negra,
describiendo cómo los detenidos salieron por la puerta trasera cubiertos con
sábanas, para ser extraditados a Estados Unidos. La confesión de Chuck Blazer,
el directivo de la Concacaf que se convirtió en testigo arrepentido, es la
prueba definitiva de que la FIFA era una organización RICO, es decir, una
organización criminal dedicada al chantaje y la extorsión. Blazer confesó que
él mismo había recibido sobornos por las adjudicaciones de los Mundiales de
1998 y 2010, y que el dinero de Sudáfrica se había desviado a las cuentas de
Jack Warner. La dimisión de Blatter, cuatro días después de ser reelegido, es
presentada no como un gesto de responsabilidad, sino como una maniobra para
controlar su salida y proteger su legado.
Pero el libro no cierra con un
triunfo de la justicia. La conclusión es amarga: la FIFA sigue teniendo
reservas de 1.400 millones de dólares, suficientes para pagar abogados y
estrategas de imagen durante décadas. Kistner advierte que la federación puede
seguir invirtiendo en muros de contención, y que muchas instituciones, desde el
COI hasta las grandes empresas, están conectadas al “suero del dinero”. La cita
final de Blatter “No me destruyáis” resuena como una amenaza y una súplica al
mismo tiempo. Es la frase de un hombre que sabe que su obra no es solo el
saqueo del fútbol, sino la creación de un sistema que ha corrompido a
políticos, patrocinadores, periodistas y aficionados.
En definitiva, yo recomiendo “FIFA Mafia” es un libro que debería ser de lectura obligatoria para cualquier aficionado al fútbol, pero también para cualquier ciudadano que quiera entender cómo funciona el poder en el siglo XXI. Kistner no solo ha escrito una crónica periodística; ha escrito una denuncia, un testimonio y, en cierto modo, un acto de resistencia. Porque, como él mismo dice, la verdadera libertad adquiere un rostro cuando las personas se atreven a emprender algo que no deberían hacer, y sin embargo lo llevan a cabo con la esperanza de que algo ocurra. Y este libro es una prueba de que, a veces, la esperanza no es más que la decisión de no callarse.
Fuente:
- Kistner, Thomas, FIFA Mafia: La historia criminal de la organización deportiva más grande del fútbol (2015).
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