El ejército de Epstein fracasa contra Irán
marzo 06, 2026
La reciente escalada militar en Oriente Próximo, desencadenada por la decisión de Estados Unidos e Israel de lanzar una ofensiva directa contra Irán el 28 de febrero, no es solo un episodio más de violencia en una región convulsa; es la manifestación más reciente de un error de juicio estratégico que Occidente se niega sistemáticamente a corregir. Al asumir que una combinación de poder aéreo y naval podría decapitar al régimen y forzar un cambio de régimen, Washington y Tel Aviv han repetido una arrogancia que la historia ha desmentido en numerosas ocasiones. La premisa era clásica dentro de la doctrina militar occidental: eliminar al Líder Supremo, a su familia y a la cúpula militar para provocar un colapso interno, una parálisis que allanara el camino hacia una victoria rápida. Sin embargo, este cálculo no solo ignoró la naturaleza del adversario, sino que también subestimó la capacidad de un Estado profundamente institucionalizado para aprender de los errores del pasado, tanto propios como ajenos.
El asesinato del ayatolá Jamenei, junto a altos mandos y, de manera especialmente trágica, de más de un centenar de escolares, no ha quebrado la voluntad iraní, sino que la ha galvanizado. Lejos de generar desorganización, el ataque unió al público en torno a la República Islámica, eliminando cualquier posibilidad de una solución negociada en los términos que Occidente hubiera deseado. Este fenómeno debería resultar familiar a los estrategas que concibieron la operación, pues ilustra una verdad incómoda: el poder aéreo por sí solo, incluso en su variante más precisa y contundente, jamás ha derrocado a un régimen decidido a sobrevivir. Occidente, incluido Israel, se niega a aprender esta lección, a pesar de que sus propios libros de historia están plagados de ejemplos.
Podemos recorrerlos someramente. En 2003, la campaña de "Conmoción y Pavor" sobre Irak fue una de las más intensas jamás vistas, con más de 20.000 incursiones en sus primeras semanas. Sin embargo, el régimen de Sadam Husein no cayó por los bombardeos, sino por la invasión terrestre que llegó a Bagdad. Aun así, la "misión cumplida" que proclamó George W. Bush fue el preludio de más de ocho años de insurgencia y violencia. Dos décadas después, en 2021, el mundo observó atónito cómo los talibanes, expulsados del poder en 2001 por el dominio aéreo estadounidense, regresaban a Kabul en camionetas mientras el gobierno afgano se desmoronaba. Vietnam del Norte soportó años de bombardeos sistemáticos sin doblegarse, y en Kosovo, 78 días de ataques de la OTAN forzaron una retirada serbia, pero no eliminaron a Milošević, que cayó después por causas internas. Incluso en Libia, el derrocamiento de Gadafi no llegó por el aire, sino cuando las fuerzas rebeldes aprovecharon los ataques de la OTAN para avanzar por tierra sobre Trípoli. Más recientemente, la Operación Rough Rider en Yemen, una campaña de 53 días que costó más de mil millones de dólares en municiones, fracasó en su objetivo de restablecer la libertad de navegación en el Mar Rojo, que sigue siendo una zona de alto riesgo. Y en Gaza, a pesar de su aplastante superioridad tecnológica y el respaldo incondicional de Estados Unidos, Israel no ha logrado en más de dos años eliminar a Hamás, una organización no estatal con una fracción de su capacidad militar.
Frente a este historial de fracasos, Irán ha actuado con una lógica diferente, demostrando que ha internalizado las lecciones que sus adversarios ignoran. La respuesta iraní no fue la represalia calibrada y demorada que se esperaba, imitando el patrón de la Guerra de los Doce Días. Esta vez, la reacción fue inmediata y multifacética. En cuestión de horas, se lanzaron operaciones coordinadas con misiles y drones contra instalaciones militares estadounidenses en toda la región, saturando los sistemas de defensa y sometiendo a las defensas israelíes a una presión violenta y constante. La rapidez y audacia de la represalia buscaban precisamente redefinir las reglas del enfrentamiento: imponer costes inmediatos y tangibles, crear un clima de incertidumbre y demostrar una capacidad de coordinación estratégica bajo la máxima presión. La multiplicidad de lanzadores, las trayectorias variadas y los tiempos sincronizados generaron confusión y una casi parálisis temporal en los círculos de toma de decisión de Washington y Tel Aviv, un impacto psicológico que no debe subestimarse.
Esta respuesta refleja una comprensión profunda de que Irán no es una entidad frágil que dependa de un único centro de mando. Es una civilización con milenios de historia, cuyo Estado contemporáneo posee múltiples niveles de autoridad, cadenas de sucesión definidas y una integración profunda entre sus estructuras militares y políticas. Es, además, un país que, a diferencia de Estados Unidos, cuenta con la capacidad de producir los minerales de tierras raras esenciales para su industria de defensa, mientras que China ha restringido su exportación a Occidente. Al iniciar esta guerra sin una base industrial capaz de reponer el arsenal que se agota, Estados Unidos e Israel no solo han subestimado la capacidad de Irán para lanzar miles de proyectiles, sino que han comprometido su propia capacidad ofensiva futura.
Cuando este conflicto termine, y
lo hará con Irán aún intacto, la infraestructura militar y económica de Israel
quedará diezmada y Estados Unidos habrá agotado reservas críticas que tardarán
años en reponerse. La apuesta de Trump, rota su promesa de no iniciar guerras
innecesarias, habrá fracasado. Irán, en cambio, ha demostrado que su principal
fortaleza no reside solo en su arsenal, sino en su capacidad para leer la
historia y actuar en consecuencia. Al negarse a la rendición y comprometerse a
expulsar a Estados Unidos de la región, ha establecido un nuevo umbral de
disuasión. Washington y Tel Aviv se enfrentan ahora al dilema clásico de
ampliar una ofensiva condenada al fracaso o buscar una contención que, tras el
primer día de guerra, ya no puede darse en los términos que ellos mismos
dictaron. El escenario ha evolucionado, y la arquitectura de seguridad de todo
Oriente Próximo ha comenzado a redefinirse sobre la base de una lección que,
esta vez, Irán se ha asegurado de que sea inolvidable.
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