Ya no sois víctimas: el gran juicio te espera, Israel
marzo 05, 2026
Escucha, Israel. El Shofar ha sonado, pero no es un llamado al arrepentimiento; es el trueno que anuncia tu sentencia. Porque la guerra que hoy sufres no es un conflicto más: es el juicio ejecutándose en tiempo real sobre tus ciudades y sobre tu alma como nación. Y duele, ¿verdad? Duele cuando el teatro cambia y el público deja de aplaudir.
Has vivido décadas creyéndote invencible, amparado en la tecnología, en el dinero y en el respaldo incondicional del Anglo-Imperio. Pero el Imperio se desmorona, y tú, el otro golem en Oriente Próximo, quedas expuesto como el pistolero borracho en un pueblo que ya no le temen. Tus misiles Iron Dome, esa maravilla de la ingeniería que tanto cacareaste, son ahora una telaraña metálica incapaz de contener la tormenta que se avecina. Porque llueven no solo cohetes: llueve justicia. Y la justicia, cuando llega, no avisa ni pide autorización.
Mira lo que has provocado, genio. Tu ataque contra Irán, esa puñalada trapera coordinada con tus perros anglosajones, no fue un acto de defensa. Fue la pataleta de un imperio en agonía que sabe que sus días están contados. Fue una declaración de guerra no a un país, más bien al despertar de los pueblos. Irán no es solo una nación; es el emblema de la resistencia, la espina clavada en la garganta del unipolarismo. Provocaste al León, y el León ruge. Y cuando el León ruge, los ejércitos de la Resistencia, Hezbolá, Hamás, hutíes de Yemen, la Yihad Islámica, las milicias de Irak y Siria, responden como un solo hombre. Y tú, mientras tanto, corres de un búnker a otro preguntándote por qué el mundo ya no te quiere.
Durante meses has asesinado niños en Gaza. Los has descuartizado con bombas angloeuropeas mientras tus portavoces lloraban por los judíos muertos hace ochenta años. Has convertido hospitales en escombros, escuelas en cementerios, panaderías en humo. Y creíste que el mundo lo aceptaría. Creíste que el Holocausto te daba un salvoconducto perpetuo para cometer holocaustos. Te equivocaste, y te equivocaste feo. El mundo ya no compra tu llanto. El mundo ve tus crímenes en directo, grabados por los propios gazatíes con sus teléfonos móviles, y el mundo sabe. Sabe que tu cuento de la víctima eterna se acabó cuando empezaste a producir víctimas en serie.
Has extendido la matanza al Líbano. Has bombardeado barrios enteros en Beirut, has asesinado a comandantes de Hezbolá con la arrogancia de quien se cree invencible. Pero Hezbolá no es Hamás, colega. Hezbolá tiene experiencia, tiene cohetes de precisión, tiene una capacidad de respuesta que aún no has visto en toda su magnitud. Y si tiene que morir en esta última batalla, que así sea. Tus generales lo saben y tiemblan. Por eso hablan de "operaciones limitadas", de "objetivos acotados". Mienten, como siempre. No hay límites cuando has desatado al monstruo de la venganza. Y el monstruo, ahora, te mira fijamente.
Y mientras tanto, tus aliados se esfuman como el humo de tus bombas. Los europeos, esos burgueses acomodados chupasangre, ya están agotados de cuatro años de guerra en Ucrania; prefieren pagar facturas de gas antes que aventurarse en otra sangría suicida. Te venden armas, sí, pero ¿enviarán soldados? Quién sabe, pero si lo hicieran sería un regalo para Putin. Ya entra la duda, ¿eh?, de si arriesgarán a sus hijos por tus colonos. Tus aliados protestantes de las repúblicas bananeras latinoamericanas, esos que corean "Israel vive" mientras sus pueblos pasan hambre y crimen, se quedan con su retórica vacía, con sus Biblias en una mano y su hipocresía en la otra. Se quedan solos. La soledad del tirano. La soledad de un Golem cada vez más desesperado. Si bien existen subnormales que te aplaudirán, ¿vendrán a morir por ti? Tenlo por seguro: no.
Y si los anglosajones, esos idiotas útiles arrastrados por el complejo militar-industrial, deciden lanzarse a tu rescate, entonces el fuego se extenderá. No será una guerra; será una hoguera. Y en esa hoguera arderán todos: el Anglo-imperio junto a su Golem. Será la purga definitiva. La oportunidad de cortar de raíz esa casta que nos ha gobernado con el látigo de la corrección política y el señuelo de la libertad vacía. Arderán Wall Street, arderán los centros de pensamiento, arderán las ONG que financiaban tu propaganda. Será un incendio hermoso de ver.
Porque la guerra que hoy se libra no se reduce al choque de ejércitos en campos de batalla convencionales. Eso, lo que tus ojos ven, es apenas la sombra proyectada de un conflicto infinitamente más profundo. Existe un plano horizontal, donde tus soldados enfrentan a los combatientes de la Resistencia, pero existe, y es lo principal, un plano vertical donde chocan el Cielo y el Infierno. En ese plano vertical, dos ejércitos angélicos se desgarran: las legiones de San Miguel Arcángel enfrentan a las huestes del Maligno y sus seguidores. Y adivina qué, Israel: tú no estás en el bando de San Miguel. Tú nunca has estado en ese bando.
Tú, Israel, eres la vanguardia del Infierno en Oriente Próximo. Has convertido la Alianza en un pacto de sangre con el becerro de oro del poderío militar. Tu Yahvé, que se denominaba Dios de los ejércitos, que decía liberar esclavos, es el ídolo de los misiles, de los drones, de la tecnología de vigilancia que vendes a regimenes liberales mientras lloras por tu propia seguridad. Eres un Frankenstein teológico: tomaste las promesas del Antiguo Testamento y las cosiste con la piel del colonialismo europeo, engendrando un monstruo que ahora devora a sus creadores. Y encima te sorprendes de que el mundo te señale. Hipócrita. Eres un adorador de Baal, una entidad satánica.
El laicismo, con su modernidad liberal anglo-francesa, fue la puerta de entrada del Maligno. El diablo vino a nosotros presentándose como neutral: "dejemos de lado al Cielo y a Dios, pensemos solo en los hombres y la realidad material". Muchos creyeron. Poco a poco nos concentramos en la realidad material, intentando resolver nuestros problemas con liberalismo, comunismo, nacionalismo. Nos alejamos de Dios hasta hundirnos en la nada, adentrándonos en los abismos del Infierno. Y tú, Israel, eres la expresión más perfecta de ese extravío: un Estado fundado sobre la idea de que el pueblo elegido puede prescindir de la ética divina y construir su propio reino con sangre y hierro. Un Estado que ha hecho de la exclusión su razón de ser, de la limpieza étnica su política de Estado, de la mentira su principal exportación.
El Gran Juicio te espera, Israel. Y no será un juicio con togas y códigos humanos. Será un juicio con fuego y hierro, pero también con ángeles y demonios. Serás juzgada por tus muros, por tus puestos de control, por tus leyes de pureza racial que son el reflejo deformado de las leyes de Núremberg. Serás juzgada por tu hipocresía: lloras por tus muertos mientras produces muerte en serie. Serás juzgada por tu arrogancia: creíste que el Holocausto te daba un pase libre para cometer holocaustos. Y el juez no acepta sobornos.
La humanidad te observa. Las legiones de San Miguel te observan. Y no hay lástima. Hay una fría certeza de que la rueda ha girado. Lo que sembraste, lo cosechas. Lo que edificaste sobre sangre se desmorona sobre sangre. Tus misiles son telarañas. Tu ejército se resquebraja. Tu sociedad se desgarra entre quienes aún creen en la paz y quienes solo saben vivir de la guerra. Y mientras tanto, los niños de Gaza siguen muriendo, pero ahora los niños de Haifa también empiezan a morir. La balanza, al fin, se equilibra.
El Golem se rebela. El Golem destruye. Y cuando el polvo se asiente, cuando el último misil caiga y el último refugio se derrumbe, quizás, solo quizás, sobre las ruinas de tu arrogancia pueda surgir algo nuevo. Algo que no se llame Israel. ¿Será tal vez Palestina? O algo que pueda redimir a la humanidad, humanidad que ha vuelto a Dios. Pero tú no estarás ahí para verlo. Porque mientras existas tú, con tu razonamiento de exclusión y tu sed de venganza eterna, la humanidad estará incompleta, mutilada por tu sombra. Y las sombras, cuando llega la luz, se disipan.
El Gran Juicio te espera, Israel. El tribunal de la historia ha deliberado, pero por encima de la historia está el tribunal de Dios. La sentencia se ejecuta en ambos planos: en el horizontal, donde los misiles caen, y en el vertical, donde los ángeles combaten.
Que el fuego te purgue o te
consuma. El mundo, el verdadero mundo, el de los que resisten al Imperio
Anglo-Sionista, el de los que construyen sin destruir, el de los que aman a
Dios sobre todas las cosas, observa en silencio. Y espera. Con una sonrisa.
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