Mis Reflexiones Sobre el Manifiesto de Palantir

abril 22, 2026

 



He tenido que leer dos veces el documento que Palantir decidió publicar como su manifiesto político, y todavía me cuesta creer que alguien pueda escribir semejantes barbaridades con la solemnidad de quien cree estar salvando el mundo. No es un ensayo filosófico ni una propuesta tecnológica. Es la carta de presentación de una secta que ha decidido que el futuro de la humanidad debe ser gobernado por algoritmos, contratos militares y una élite de ingenieros que se creen con derecho a decidir qué culturas son dignas de sobrevivir y cuáles merecen desaparecer. Voy a ordenar mis ideas, porque esto es demasiado grave como para dejarlo pasar.

 

Lo primero que me golpeó fue ese punto sobre Alemania y Japón. Dice el manifiesto que fue una exageración desmilitarizarlos después de la Segunda Guerra Mundial. Habla de una “reacción exagerada” por la que Europa ahora paga un alto precio. ¿Perdón? ¿Veinte millones de muertos en Europa oriental fueron una exageración? ¿Los campos de exterminio, las SS, la maquinaria industrial del asesinato planificado desde las más altas esferas del Tercer Reich, todo eso fue una pequeña corrección de la historia que ahora debemos revertir? Palantir sugiere que Alemania debería recuperar su poderío militar porque, según ellos, el mundo necesita más potencia de fuego germánica. No mencionan a los millones de eslavos exterminados como subhumanos. Para ellos, todo eso es agua pasada, un detalle incómodo que no debe estorbar el negocio de construir más armas.

 

Y qué decir de Japón. El manifiesto califica de “teatral” el pacifismo japonés y advierte que, si se mantiene, el equilibrio de poder en Asia se alterará. Parece que Palantir ha decidido olvidar la Masacre de Nankín, donde el ejército imperial japonés asesinó a cientos de miles de civiles chinos con una crueldad que aún hoy hiela la sangre. Parece que han olvidado la Unidad 731, donde médicos japoneses realizaban vivisecciones en prisioneros vivos sin anestesia. Parece que han olvidado la esclavitud sexual de las “mujeres de consuelo”, un crimen que el gobierno japonés sigue negando parcialmente. Pero no, para Palantir el problema es que Japón fue sometido a una “devoción exagerada por el pacifismo”. Es decir, que, según ellos, desarmar a un país que cometió atrocidades masivas fue un error. ¿Qué sigue? ¿Qué Argentina rearme a los militares que desaparecieron treinta mil personas? ¿Qué Alemania vuelva a tener una Gestapo? El odio de Palantir hacia China es evidente en cada línea, porque ven a China como el adversario a vencer, y por eso quieren rearmar a Japón como ficha en su tablero geopolítico. Pero lo que no entienden es que alentar el rearme japonés no es una estrategia contra China, es una provocación a la historia misma.

 

Luego está ese punto sobre las armas de inteligencia artificial. Dicen que la era atómica está terminando y que viene una nueva era de disuasión basada en IA. Dicen que la cuestión no es si se construirán estas armas, sino quién las construirá y con qué propósito. Esta es la justificación clásica de los fabricantes de armas: “si no lo hacemos nosotros, lo harán ellos”. Es el mismo argumento que usaron los nazis para construir sus cohetes V-2, los mismos que usaron los gringos en el siglo pasado para acumular arsenales nucleares capaces de destruir el planeta varias veces. Es un argumento vacío, porque parte de la premisa de que la guerra es inevitable y que lo único que podemos hacer es asegurarnos de tener las mejores herramientas para matar. Pero ¿y si en lugar de construir robots asesinos autónomos nos dedicamos a construir sistemas que eviten las guerras? ¿Y si en lugar de competir por quién tiene el dron más letal, competimos por quién tiene la sociedad más justa? No, para Palantir eso es ingenuo. Para ellos el poder duro lo es todo, y el poder blando, la retórica, la diplomacia, los acuerdos internacionales, todo eso es “teatral” y debe ser despreciado.

 

Me preocupa profundamente ese punto donde dicen que deberíamos aplaudir a quienes construyen donde el mercado no ha actuado, y que la cultura se burla del interés de los multimillonarios por las grandes narrativas. Esto es una defensa abierta de la plutocracia tecnológica. Palantir está diciendo que los Elon Musk de este mundo no deberían ser criticados por sus delirios de grandeza, sino aplaudidos. Que los multimillonarios tienen derecho a imponer su visión del mundo porque, total, ellos construyen cosas. Es el argumento del tecnócrata autoritario: “nosotros sabemos lo que hay que hacer, ustedes solo estorban con sus derechos y sus controles democráticos”. Y mientras tanto, estos señores se enriquecen con contratos militares, con sistemas de vigilancia masiva, con bases de datos que almacenan la vida entera de ciudadanos que no han dado su consentimiento.

 

El manifiesto también defiende el servicio militar obligatorio, argumentando que todos deberíamos compartir el riesgo y el costo de la próxima guerra. Esto es terrorífico porque parte de la premisa de que la próxima guerra es inevitable, y que lo mejor que podemos hacer es asegurarnos de que todos mandemos a nuestros hijos al matadero. Pero lo curioso es que quienes firman este manifiesto no van a mandar a sus hijos al frente. Los hijos de los multimillonarios de Silicon Valley estudian en las mejores universidades, heredan empresas y nunca pisan un campo de batalla. Ellos quieren el servicio militar obligatorio para los hijos de los demás, para la clase trabajadora, para los que no tienen para pagar una exención. Es la vieja lógica de la guerra: los pobres pelean, los ricos deciden. Solo que ahora los ricos se disfrazan de filántropos tecnológicos.

 

Hay un punto donde atacan el pluralismo y defienden que algunas culturas han producido avances vitales mientras otras son disfuncionales y regresivas. No hace falta ser un genio para entender a qué culturas se refieren. La cultura occidental, la judeocristiana (Sionista exclusivamente), la blanca, la del capitalismo tecnológico, esa es la que ellos consideran superior. Las demás, especialmente aquellas que se resisten a ser colonizadas por sus algoritmos y sus drones, son “disfuncionales” y merecen ser corregidas o eliminadas. Esto no es política, es racismo científico del siglo XIX actualizado para la era digital. Es la misma vieja doctrina imperialista de que el gringo eterno tiene la misión de civilizar al mundo, solo que ahora en lugar de cañones y biblias usan servidores en la nube y contratos del Pentágono. El nombre cambia, la arrogancia es la misma.

 

Y qué decir de esa defensa de la “tolerancia hacia las complejidades de la psique humana” para las figuras públicas. Suenan progresistas cuando dicen que deberíamos mostrar más compasión hacia quienes se exponen a la vida pública. Pero lo que realmente están defendiendo es la impunidad para los suyos. Quieren que no se investigue a los políticos corruptos, que no se escudriñe a los empresarios depredadores, que no se critique a los generales que mandan a matar. Porque según ellos, esa “exposición implacable” aleja a los talentos del servicio público. Traducción: dejen de preguntar incómodamente sobre los contratos millonarios, los conflictos de interés y las atrocidades cometidas en nombre de la seguridad nacional.

 

No puedo dejar de pensar en el símbolo que estos tipos representan. Son los adoradores de un nuevo Baal, un Baal tecnológico hecho de servidores, inteligencia artificial y algoritmos de vigilancia. Han construido un ídolo con forma de ojo que todo lo ve, un Gran Hermano digital que no descansa nunca, que registra cada movimiento, cada compra, cada mensaje, cada pensamiento que osa ser expresado en una plataforma digital. Y ese ojo no está al servicio de los pueblos, está al servicio de una élite que se cree con derecho a decidir quién vive y quién muere, qué culturas son dignas de sobrevivir y cuáles deben ser aplastadas, qué guerras son justas y qué víctimas son aceptables.

 

Lo más aterrador de todo es que no bromean. No es una sátira. No es una distopía literaria. Es el programa político de una empresa que factura miles de millones de dólares, que tiene contratos con agencias de inteligencia de medio mundo, que suministra software a ejércitos y policías. Ellos realmente creen que el mundo sería mejor si les entregamos las riendas. Ellos realmente creen que la solución a los problemas de la humanidad es más vigilancia, más armas de IA, más servicio militar obligatorio, más rearme de potencias derrotadas en la Segunda Guerra Mundial. Ellos realmente creen que el pluralismo es un error y que algunas culturas merecen desaparecer.

 

Pues yo no lo creo. La historia ha sido bastante clara: cada vez que una élite se ha arrogado el derecho de gobernar sin control, el resultado ha sido el desastre; cuando se ha legitimado el rearme de potencias militaristas, lo que ha seguido es la guerra; y cuando se ha negado el pluralismo y se han jerarquizado las culturas, lo que ha emergido ha sido la violencia extrema, incluso el genocidio.

 

Por eso, aunque Palantir intente disfrazar su proyecto como una “república tecnológica”, para mí tiene otro nombre: tecnofascismo. Y como toda forma de fascismo, no se enfrenta imitando su lógica, ni con más armas, ni con más vigilancia, ni con algoritmos convertidos en instrumentos de control, sino acotando el poder que lo sostiene: mediante controles institucionales efectivos, regulación vinculante, supervisión independiente y mecanismos reales de rendición de cuentas y sanción. No es una cuestión de principios abstractos, sino de estructuras concretas que impidan que estos sistemas operen sin límites.

 

No necesitamos una élite tecnológica que pretenda rediseñar la sociedad como si fuera un experimento. Lo que hace falta es someter ese poder a reglas claras: transparencia obligatoria, escrutinio público y control ciudadano sobre el desarrollo y uso de la tecnología.

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