Hoy en día, cuando se habla de
Groenlandia no se alude solo a un bloque de hielo que se derrite: se está
nombrando la pieza que falta para que el proyecto de poder de Trump, y, más
profundamente, de la élite right-tech que lo sostiene, deje de ser una fantasía
y se convierta en un nuevo mapa. Vale la pena mencionar que la insistencia de
Washington no nace de un capricho presidencial ni de un simple cálculo de
recursos; es la expresión más visible de una lógica que busca reemplazar el
Estado clásico por una plataforma donde la soberanía se ejerce mediante
contratos, algoritmos y suscripciones. En esta situación, Groenlandia aparece
como el territorio ideal: escasa población, autonomía política frágil,
dependencia económica y, sobre todo, una ubicación que controla las rutas
árticas del futuro.
Es importante entender que la
“compra” que Trump planteó en 2019 fue leída entonces como una boutade; hoy,
tras el secuestro de Maduro, la guerra comercial desatada y la consolidación de
un ala tecnocrática dentro del gobierno, la propuesta se ha vuelto operativa.
El objetivo no es solo incorporar una isla rica en minerales, sino instalar
allí el experimento pos-estatal diseñado por Peter Thiel: un enclave donde el
derecho se resuelva en tribunales privados, la identidad sea un token digital y
la ley se reduzca a términos de servicio. En otras palabras, Estados Unidos no
quiere anexionar un territorio tradicional; quiere alquilar un espacio vacío de
instituciones para llenarlo de arquitectura digital.
En esta coyuntura, la resistencia
groenlandesa, el 85 % rechaza la anexión, y la indignación europea funcionan
como ruido de fondo: útil para la diplomacia, irrelevante para el plan. La Casa
Blanca sabe que Dinamarca, “aliada” dentro de la OTAN, no disparará un solo
tiro; sabe también que la UE carece de fuerza militar para defender un trozo de
hielo que ni siquiera puede ubicar en el mapa sin ayuda. El mensaje que se
desprende es claro: si la regla existe solo mientras el más fuerte decide
respetarla, Groenlandia se convierte en el laboratorio donde se prueba la ley
del más fuerte que ahora se impone.
Así, la secuencia prevista se
revela casi mecánica: primero, aumentar la presencia militar bajo pretextos de
seguridad ártica; luego, inyectar fondos a partidos locales que promuevan un
referéndum de secesión; finalmente, si Copenhague no cede, ejecutar la opción
militar que ya se ensayó en Caracas. Una vez lograda la anexión formal, el
territorio no será gobernado como un estado más del Unión, sino transferido en
régimen de concesión a la órbita Thiel: un “Estado-suscripción” donde los 56
000 habitantes pasarán a ser usuarios de una plataforma que gestiona identidad,
justicia y dinero sin pasar por filtros democráticos.
En esta situación, Europa se
halla ante un espejo que devuelve su propia impotencia: condenar la acción, sí,
pero sin romper el vínculo transatlántico que le provee gas, armas y protección
nuclear. El resultado es una parálisis que alimenta la multipolaridad anhelada
por Moscú y que, paradójicamente, Trump celebra: cuanto más débil se muestre la
alianza, más justificado resulta construir un gran espacio continental
americano que ya no necesite justificarse ante nadie.
En esta línea, Groenlandia deja
de ser un trozo de tierra para transformarse en símbolo: el lugar donde se
demuestra que el orden internacional basado en reglas fue un paréntesis
histórico y que, en su lugar, ha regresado el imperio que se anexiona lo que
puede y convierte lo anexado en una zona de libre experimento para la élite
tecnofinanciera. El mensaje que se escapa hacia América Latina, Canadá y el
Caribe es demoledor: si Washington puede hacer esto con una “aliada” europea,
¿qué impedirá mañana repetir la fórmula en cualquier otro punto que considere
estratégico?
Por eso, cuando se pregunta qué
busca el “anglo eterno” en Groenlandia, la respuesta no puede reducirse a
minerales ni a rutas marítimas: allí se está gestando la plantilla del mundo
que viene, un mundo donde la soberanía no se ejerce desde un parlamento sino
desde un dashboard, donde el ciudadano pasa a ser “suscriptor” y donde el
poder, invisible e impersonal, se vuelve prácticamente invulnerable.
Groenlandia es, en definitiva, el primer bloque de un rompecabezas que, una vez
ensamblado, dejará al Estado clásico como una interfaz obsoleta y a las
sociedades enteras bajo el algoritmo de quienes controlan la suscripción.
Fuente:
- Trump reitera que EE.UU. debe tomar control de Groenlandia – Reuters
- Groenlandia no se vende: 55 % rechaza anexión, según sondeo – The Hill
- Dinamarca convoca a embajador tras amenaza militar de Trump – Bloomberg
- Space Force ve Groenlandia como “clave” para defensa ártica – Air & Space Forces Magazine
- Truman ya intentó comprar Groenlandia en 1946 – The Washington Post
- Tierras raras convierten a Groenlandia en “negocio del siglo” – The Economist
- Partidos groenlandeses usan oferta de EE.UU. como palanca – Berlingske
- Anexión rompería artículo 5 de la OTAN – POLITICO Europe